THE THEOLOGICAL VERITAT 

 

Los siete pecados capitales, Otto Dix, 1933, retocados por La Veritat, 2010

 

Gaceta neorenacentista de Castelldefels  

fundada en 2001

Una subdivisión de amics21.com

5 de julio de 2010

Nº 431

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El triunfo del pecado

Los siete pecados capitales en los tiempos postmodernos  

(o los siete pecados capitales en tiempos del capitalismo galopante)

Traducción (bastante) libre del ensayo de Matthias Matussek titulado "Auf Teufel komm raus" (Nota del mismo traductor: expresión alemana intraducible hasta la fecha), publicado en el semanario alemán Der Spiegel Nº 7/2010, páginas 60 a 71

 

La Biblia los inventó, la iglesia hizo de ellos un catálogo de vicios dignos de una condena, pero en nuestro mundo de la codicia, la lujuria y la gula el pecado ha dejado de tener relevancia. Un sermón histórico-cultural de reprimenda dedicado al Miércoles de Ceniza, teniendo especialmente cura de Satanás y sus ejércitos. Por Matthias Matussek

"No preciso comodidad. Quiero Dios, quiero poesía, quiero auténticos peligros y libertad y virtud. ¡Quiero pecado!"

ALDOUS HUXLEY, "UN MUNDO FELIZ" 

Una muerte que lamentar. El difunto falleció después de una larga enfermedad, en el anonimato, en un rincón olvidado de la sociedad.

Tuvo sus grandes días. Pronunció discursos apasionados, obligó a muchas personas a morder el polvo y a pedir perdón, permitió que existieran reinos e inmensas propiedades, dejó tras de sí un reguero de cadáveres y fue el instigador de novedosos y espectaculares cambios de vida.

Inspiró a pintores como Jerónimo Bosch "el Bosco" y fue alabado por poetas como Dante. Las novelas de misterio y toda la literatura dramática occidental no serían nada sin él. 

Estamos hablando del pecado. 

El pecado ha desaparecido de los discursos oficiales.

El pecado ha cambiado de papeles y adquirido nuevas identidades. 

Actualmente, nadie habla del "pecado". Nadie lo utiliza para amenazar a sus seguidores con una condena eterna, ni siquiera a aquellos que practican los "Pecados Capitales".

El pecado ha dejado de tener peso metafísico. Nadie se lo toma en serio. En otras palabras: el pecado tiene un problema de imagen. 

Con el pecado ha desaparecido la aventura existencial. Una macabra ilusión de inocencia se ha apoderado de nuestra sociedad informatizada, exenta de sorpresas. El héroe de Huxley insiste en Dios y el pecado precisamente porque defiende su libertad en su nuevo "mundo feliz". La conciencia de pecar es precisamente lo que nos diferencia de los animales, tan astutos a la hora de adaptarse.

Según la definición judía, cristiana e islámica, pecador es quien se ha alejado de Dios. El pecado es un abuso de confianza. Dios no se toma las cosas a broma. El pecador se encuentra al borde de un abismo metafísico. Sin embargo, donde Dios ha dejado de existir tampoco puede haber pecado. ¿O tal vez sí?

En todo caso, actualmente el pecado no es más que una especie de contravención del código de circulación y, en la medida que los sentimientos de culpa, tormentos del alma y ataques de mala conciencia están vinculados a él, un caso para el terapeuta, en todo momento negociable.  

En efecto, nuestra sociedad apenas añora el adiós al pecado. El comportamiento pecaminoso durante la semana de carnaval - la quinta estación del año - apenas se diferencia del de las otras cuatro estaciones. 

El intercambio de parejas y el adulterio aparecen en cualquier culebrón de calidad, la palabra soez o los niños maleducados se han convertido en banalidades, y la avaricia ha dejado de ser un pecado capital para convertirse en algo "cachondo" (nota del traductor: hace unos años, en Alemania una cadena lanzó una campaña publicitaria bajo el lema "la avaricia es cachonda" ("Geiz ist geil"). ¿Queda algo por experimentar en el carnaval, si éste dura todo el año? Antes, el carnaval celebraba un estado de excepción. Ahora se ha convertido en la regla.

En su última obra, la autora austriaca Eva Menasse escribe sobre la decadencia del pecado. Su libro se titula "Pecados mortales veniales", una inexactitud teológica, ya que la iglesia diferencia exactamente entre el pecado venial y el mortal. Y, sin embargo, el título del libro de Menasse es exacto, porque en nuestra sociedad los límites se han difuminado. Todas las profesoras, directores y meseros de clase media superior que aparecen en la obra de Menasse viven inconscientemente sus respectivas cotidianidades pecaminosas, además de practicar la gula, la envidia, la pereza, la lujuria y la soberbia.  

La flexibilidad con la que evaluamos el pecado también es responsable de la paralizante falta de comunicación entre el severo Islam y el más bien frívolo mundo occidental. De modo que el pecado no  es sólo un problema teológico, sino político. El objetivo de los suicidas 20 añeros que atentan con un cinturón cargado de explosivos es nuestro mundo occidental "ateo" y "pecador".

Para los fundamentalistas, la vida sobre la tierra sólo es una "sala de tránsito" en el camino a la vida eterna (Rüdiger Safranki). También el cristianismo conoce estas fases "calientes" mientras espera el fin de los tiempos (...).

Para comprender que en otros tiempos el pecado fue algo más que una contravención golosa de una dieta de adelgazamiento, tenemos que retroceder a las ruinas de los fundamentos de nuestra civilización, al libro de los libros, a los orígenes de la historia de la creación, cuando Dios todavía se comunicaba personalmente con los hombres.

En el Libro del Génesis se remueve el cielo y la tierra para traer el pecado al mundo. En el Jardín de Edén, Adán y Eva se sublevan contra la prohibición de Dios de comer el fruto del árbol de la sabiduría. Desobedecieron y fueron expulsados del paraíso, marcados por el pecado original.

Desde entonces el pecado forma parte del mundo, y con él la serpiente, la eterna tentadora, que hizo de madrina durante la consumación del pecado original. Hay que imaginarse el Jardín de Edén como un estado lleno de inocencia y armonía. No hay desnudez más delicada y bella en la historia de la pintura que la Eva de Durero. 

El pecado original, que puede ser interpretado como el primer despertar de la conciencia humana y primer gran alejamiento de la naturaleza, nos ha corrompido a todos. Desde entonces la desnudez está unida al pudor, y pronto le siguieron el asesinato y el homicidio: Caín mata a Abel en un ataque de celos.

La historia bíblica de Israel es una historia de continuos pecados y redenciones, de desinhibiciones del pueblo y de un Dios domador, que incendió ciudades inmorales e inundó toda su creación. Pocos justos moraban entre la especie pecadora creada por el Señor. 

Pero en esta carnicería hay un punto que no podemos ignorar: en su ansia de exclusividad, el mismo Dios se vuelve iracundo, celoso y desmesurado. En los salmos de venganza del viejo testamento se le utiliza para fomentar el  más extremo fervor del pueblo.  

Al final, el contrato, la gran codificación, el decálogo, que hasta hoy sigue vigente en todas las grandes religiones y libros de leyes, sobre todo por su argumentación teológica "de última instancia". No robarás, no matarás, no desearás la mujer de tu prójimo, ni su ganado ni sus bienes. Todo esto no sólo representan crímenes contra el prójimo, sino contra Dios. 

Es decir: quien mata impunemente, tiene que saber que será juzgado por ello en el más allá. Raskolnikow, en "Crimen y castigo" de Dostojewski, no puede vivir con el sentimiento de culpa. Tendrá que arrepentirse, confesar y ser castigado para liberarse interiormente.

La ley moral funciona sobre todo a través de la conciencia del pecar, que es la que decide entre el bien y el mal. Sin el pensamiento en Dios, un comportamiento moral a largo plazo es imposible. Esto ya lo sabía el ilustrador Immanuel Kant, cuyo salmo de consolación preferido fue "El Señor es mi pastor, nada me faltará".

En el transcurso de la historia de la Iglesia, sobre todo bajo el pontificado de Gregorio I (aprox. de 540 a 604), especialmente como advertencia a los monjes en los monasterios se formularon siete pecados especialmente graves que podían desembocar en pecados mortales. A estos pecados se le asignaron diferentes demonios, miembros del ejército del Diablo. Satanás era el responsable de la ira, Mammón de la codicia, Leviatán de la envidia, Belcebú de la gula. 

El hecho de que haya sido precisamente la Iglesia la que a lo largo de su historia ha demostrado tener una especial predisposición hacia el pecado, matando y enfilando impetuosamente y ruidosamente el camino de la aberración, es parte de su propia tragedia.  

Las contravenciones conocidas como pecados capitales tienen una propiedad muy curiosa. Los que han sucumbido a ellos no serán tan severamente castigados como las víctimas bestialmente asesinadas por un psicópata en la película hollywoodense "Seven" (pecados capitales) de David Fincher. Quien sucumbe a los pecados capitales, al final se castiga a sí mismo y convierte su vida en un infierno. 

Sin embargo, observando más de cerca el tema, resulta que con la enseñanza de los pecados capitales la Iglesia se comporta como una psicóloga astuta. El llamamiento a evitar los pecados capitales también puede interpretarse como instrucciones de una buena vida, como moderación aristotélica, que incluso los budistas firmarían -¡sonriendo!

La humanidad sigue bailando al ritmo del pecado: la soberbia va primera, seguida por la avaricia, la codicia, la lujuria, la ira (la venganza), la gula (el egoísmo), la envidia (los celos) y la pereza (la inercia del corazón).

Todas ellas viejas conocidas, tan familiares que ya no destacan en el baile de máscaras de nuestro tiempo porque se han vuelto omnipresentes.

 

La Soberbia

Hay una cosa que el pecado capital de la soberbia puede garantizar con certeza: altos índices de audiencia. Espectáculos televisivos como "Germany's Next Topmodel" (Alemania busca su próxima topmodel), en el que todas las concursantes son guapas y parecidas, muestran la soberbia luchando a navajazos de modo espectacular, porque para muchas se trata de un asunto de vida o muerte. Unos cuatro millones de espectadores siguieron esta lucha durante la última temporada. Semanalmente. 

Las candidatas tienen que colocarse serpientes alrededor del cuello, pasear con tacones altos y minifalda a temperaturas bajo cero. Y lloran desenfrenadamente en público cuando pierden. Tienen que pasar por el fuego, espoleadas por una presentadora rubia penetrantemente bienhumorada, cuyo negocio es la belleza y su destinataria, la soberbia.

Un negocio criminal, capaz de doblegar incluso a los más profesionales. La permanente autodeificación tiene que ser un ejercicio extremadamente fatigante, como actualmente están demostrando Brad Pitt y Angelina Jolie. Él es Aquiles, y ella, inmaculadamente perfecta, con sus labios, su pecho y su cintura. Pero no sólo esto. Ella también es una súper madre, con tres hijos carnales y tres adoptivos.

Cuando ambos hacen el bien, éste tiene que ser superlativo. Una pareja como una empresa, con numerosos empleados. Su fortuna común se estima en 235 millones de euros. 

Una pareja de funambulistas, admirada por un público de masas desde las profundidades de otro pecado capital, la envidia. También la hermana de ésta, la malevolencia, está lista para salir en escena en cuanto se confirme que la relación de la pareja divina se tambalea. Entonces todos se frotan los ojos y se preguntan cómo pudieron creer a pies juntillas que estas patatas fritas de la celebridad jamás se partirían.  

¿Acaso alguien puede imaginarse a la pareja "Brandelina" como matrimonio de jubilados en Florida?

"Porque lo bello no es más que el comienzo de lo terrible", escribía Rilke. ¿Acaso Rilke intuyó los peligros que se ciernen sobre esta supernova narcisista, tan frágilmente unida por una serie de niños, pero que probablemente necesitan cada uno su propio sistema planetario?

En una sociedad tan exteriorizada, la elección de la pareja es como buscar un accesorio apropiado. La caza de novias practicada por el cienciólogo Tom Cruise, que culminó en la actriz Katie Holmes, se parecía más a la selección de una yegua de cría de pura raza.

¿Pero acaso nosotros somos diferentes, mejores? Nos ponemos las manos en la nuca, pero como en el cielo desdivinizado ya no hay nadie que adorar, nos contentamos con un par de carteles de cine, que parecen echarnos en cara el siguiente reproche: Nosotros somos seres perfectos, ¿por qué no lo sois vosotros, gusanos?

Entretanto, este reproche se ha convertido en algo cotidiano. En cada metrópoli la misma gincana. En el Times Square de Nueva York, el reproche no se diferencia del que cuelga en la avenida Unter den Linden de Berlín o en el centro de cualquier otra ciudad. Las modelos aparecen en carteles que cubren toda la fachada de un edificio, publicitando bolsos o ropa interior, pero en primera línea vendiendo su belleza y vendiéndose a sí mismas.

Coquetean con nosotros, y nos acomplejan con su perfección, con sus miradas estáticas, sus torsos entrenados, sus piernas infinitamente largas, anunciando una nueva estrategia: no podemos cambiar el mundo, pero podemos optimizar nuestro aspecto.

Los padres de la iglesia que elaboraron el catálogo de los pecados capitales, casaron la soberbia con la vanidad y el orgullo, una sabia elección. ¿Qué es sino vanidad creer que uno puede diseñar a voluntad su propia belleza? ¿Y qué es sino orgullo querer deslumbrar a los demás con la propia belleza? Sin embargo, los honorables padres olvidaron decirnos que la soberbia exige un precio muy elevado: la soledad. Quien gira sobre sí mismo, está solo.

El culto universal a la belleza saca capital del mortalmente triste pecado de la soberbia, en una medida jamás vista hasta la fecha. Sólo los gimnasios, los cosméticos, las clínicas de botox, los spas y las granjas de wellness en Alemania mueven más de veinte mil millones de euros anuales enviando a sus clientes a una carrera que jamás podrán ganar. 

Esta lucha de una envejeciente sociedad es tan trágica como cómica. Ya no tenemos hijos, sino que queremos quedarnos con la juventud eterna. Pero las cartas están echadas. Nos esperan el desmoronamiento y la muerte, y no hubo época más drástica en este sentido que el Barroco, con sus representaciones de la Vanitas, de las que tanto se lamentaba Shakespeare en sus tragedias y sonetos. 

Y eso que en la cuna de nuestra civilización se practicaba un culto al cuerpo bastante armónico. Los gimnasios de Atenas se basaban en el ideal de la "Kalokagathia", que postulaba que la belleza corporal y la espiritual eran inseparables, aunque Platón afirmara que el cuerpo es "la cárcel del alma". Y san Pablo definía el cuerpo como "templo del Espíritu Santo", a pesar de que los grandes ascetas del cristianismo temprano se dedicaran a domesticar el cuerpo y sus deseos.    

El nada puritano Renacimiento mostraba generosamente la piel, y se deleitaba con las joyas y el lujo, desarrollando un atrayente culto a la soberbia, bruscamente interrumpido por la Ilustración. Los puritanos, los fríos hombres racionales que querían triunfar sobre la naturaleza y los sentidos, alzaron los cuellos de los vestidos de las mujeres, escondiéndolas detrás de faldas negras que llegaban hasta el suelo. 

El hecho de que precisamente en el actual París, tan católico e ilustrado,  exista una comisión dedicada a prohibir el Burka y la ropa que cubre todo el cuerpo de las mujeres musulmanas, es uno de los puntos culminantes de la historia moral de las religiones. Y el hecho de que existan mujeres que defienden su derecho a envolverse íntegramente, otro. 

De modo que en la ciudad de la moda y los placeres, la vanidad libertina choca con la no vanidad organizada, y el sistema del narcisismo con el dogma de la sumisión.

Sin embargo, las mujeres no están dispuestas a jugar este juego. Quien abre los ojos, por ejemplo en los centros comerciales de los emiratos musulmanes del Golfo, detrás de los velos negros verá brillar pulseras de oro, uñas laqueadas e incluso puntillas. 

En realidad, la contemplación de la soberbia y la vanidad no puede hacerse sin hacer una breve escapada al género masculino. ¿Hemos citado ya a Silvio Berlusconi, il Signor Presidente de los cabellos trasplantados y los múltiples liftings faciales?

 

La Avaricia (codicia y tacañería)

 

La avaricia es el pecado capital más mundano, que hace poco casi consigue estampar contra la pared al mundo entero. Se le considera como el motor de nuestro sistema económico. Hemos celebrado la avaricia como aliciente, la hemos adulado como astuta, pero de repente todo hizo "boom", alcanzando a todas las capas sociales.

En lo que va de crisis financiera se han quemado hasta 30 billones de dólares en acciones, aproximadamente el 60 % del capital global. Sólo en Europa, la insolvencia ha crecido un 22 %.

Todavía aturdidos, nos preguntamos: ¿Cómo pudimos estar tan ciegos ante este demonio, el viejo Mammón? Pero nos sacudimos el polvo de la chaqueta y seguimos tan campantes.

Entre los pecados capitales, la codicia es el más fiable. Divide familias, enfrenta ejércitos, convierte ciudades en escombros y cenizas, extermina pueblos enteros y destruye la naturaleza. Lo más fiable de la codicia es su inmensa nocividad.

El antiguo rey Midas pidió a Dionisos que transformara en oro todo lo que tocara. Su deseo se hizo realidad, y si Dionisos no hubiera dado marcha atrás, el pobre Midas hubiera muerto de inanición, porque hasta el pan que tocaba se convertía en oro.

Nada contra las ansias de posesión - incluso Jesús alababa a los que multiplican su dinero, sus talentos. Mejor dicho: los que doblan su capital. Tomás de Aquino consideraba el derecho a adquirir posesiones una concesión a la sociedad.

Para el gran economista Adam Smith, el interés propio es el muelle propulsor de toda economía nacional. Pero Smith no trabajó sólo en la "Riqueza de las naciones", sino que simultáneamente escribió una vasta obra sobre la filosofía de la moral. Reconoció que la codicia incontrolada desgarra el tejido social.  

Pero fue Karl Marx quien desenmascaró al capital como religión de los nuevos tiempos. Quien tiene dinero, también posee  sus cualidades mágicas. El uso de cualquier mercancía, ya sea un sombrero, un pantalón o un caballo, la convierte automáticamente en un fetiche. "A primera vista una mercancía parece una cosa lógica y trivial. Pero si la analizamos veremos que es una cosa complicada, llena de sutilidades metafísicas y caprichos teológicos."

La mercancía tira de nosotros y de nuestras necesidades. Se esconde detrás de un velo y se metamorfosea. "Si poseo seis caballos, ¿no será su fuerza también mía? Pues he aquí que si los monto, podré contar con sus 24 piernas", dice Mefisto a Fausto. 

Desde entonces, el capital y la acumulación de capital marcan el ritmo al que baila nuestra sociedad, con una pausa helada en el siglo pasado, cuando los ideólogos de la igualdad  tacharon de realista a un Marx que había dejado de soñar, e intentaron extirpar el egoísmo del alma humana. Todo quedó en una operación fallida a corazón abierto, que dejó tras de sí un reguero de cadáveres. 

Así que tendremos que apañárnoslas con la codicia y traspasar la valla de la prisión Butner en Carolina del Norte, donde un caballero de pelo canoso juega a la petanca y al ajedrez, un señor al que los otros presos llaman respetuosamente "padrino" cuando le piden un autógrafo. 

Se trata de Bernie Madoff, el que consiguió crear la burbuja más grande de la historia de las finanzas. Madoff manejó sumas que sus compañeros de celda no pueden ni imaginar. Este hombre ha aligerado a sus acreedores en unos sesenta y cinco mil millones de dólares. Su secreto: confiar en la codicia. No en la suya, sino en la de sus clientes.

En realidad, Madoff, que ganó sus primeros dólares en Queens como socorrista, que se casó con su primer amor y que más tarde tuvo éxito como corredor de bolsa, no vivía demasiado ostentosamente.

Eso sí, poseía un penthouse en la East 64th Street de Nueva York, una casa de nueve millones de dólares con siete baños en Palm Beach, un avión privado Embraer-Regional-Jet 145, una mansión en Francia, un yate de 17 metros de eslora, unas cuantas joyas y un par de relojes de pulsera. Cualquier nuevo multimillonario ruso hubiera conseguido poner más sobre la balanza, y con ostentación.

Madoff en cambio parecía más modesto, aseguran sus estafados, que hacían cola delante de sus oficinas para dejarse representar por él.

Entre ellos se encontraba su secretaria, que acababa de heredar, y la estrella de Hollywood John Malkovitch, el jubilado, que soñaba con un apacible retiro con un poco de lujo, o Steven Spielberg y el inmaculado Elie Wiesel con su fundación.

Eran gentes decentes, aunque también había corredores de bolsa con ansias de pulir sus portafolios. O administradores de grandiosas cajas de pensiones. Pero todos tenían la misma motivación: poseer más. 

Especialmente a partir de agosto de 2007 hemos podido ver hasta qué punto la codicia puede llevar a los sistemas al borde del abismo. Hasta entonces, el mundo había brillado bajo el signo de la codicia universal. Codicia en los jugadores de bolsa del Banco Lehman, codicia en los banqueros de Morgan Stanley y en otros Big Players a la caza de cuantiosos bonos. Codicia en los pequeños inversores que se apuntaron a la especulación y se arruinaron.  

Codicia también en la política. ¿Qué otro combustible sino le habría permitido a Silvio Berlusconi crear su imperio mediático?

Como católico, Berlusconi debería tomarse más en serio las palabras que san Pablo escribió en su epístola a los Efesios: "Porque tened entendido que ningún fornicario o impuro o codicioso - que es ser idólatra - participará en la herencia del Reino de Cristo y de Dios."

Esto significa que, con respecto a los tres calificativos mencionados por san Pablo, nuestro cariño mediático italiano se encuentra muy lejos de la gracia divina. ¡Avanti, Signor Presidente!

 

La Lujuria

 

Antes de hablar de las candidatas al Parlamento Europeo propuestas por Silvio Berlusconi, es decir, del pecado capital de la lujuria, echemos un vistazo a la situación global. Es de justicia afirmar que la lujuria ha vencido como lo hizo el Cid Campeador: muerta. Ha perdido todos los secretos. Ha convertido hombres de estado en majaderos, arruinado carreras, hundido matrimonios. Y, aunque parezca mentira, ha logrado seducir a los padres de la Iglesia.

En pocas palabras: se ha quitado las últimas máscaras del placer.

Quien hizo el seguimiento de las embarazosas auditorías del Congreso estadounidense sobre el caso Lewinsky, acabó preguntándose: ¿Cómo es posible que Clinton, ese sanote mozo de mejillas rosadas, el hombre más poderoso del mundo occidental, no consiguiera ni una sola vez mantener cerrada la bragueta, especialmente tratándose de un caso tan transparente, devorado por la opinión pública como si de una hamburguesa se tratara?

La lujuria se ha convertido en comida rápida. Siempre a mano. Con un simple clic, en la pantalla del ordenador aparecen páginas porno para todos los gustos. El vídeo más popular de la Web Youporn registró más de 35 millones de visitantes. La fantasía ha sido ópticamente asesinada. Actualmente muchos jóvenes creen que la sexualidad es el sexo anal. Un chaval de 13 años preguntó a su madre: "¿Mamá, qué es exactamente el Fisting?"

La voluptuosidad se ha convertido - nunca mejor dicho - en un jodido y frívolo negocio, sin interés alguno por el placer, el éxtasis o incluso el amor. Lo único que le interesa es el dinero. Al fin y al cabo, la industria pornográfica mueve cerca de cien mil millones de dólares anuales. 

En el mejor de los casos, la lujuria perturba la capacidad de decisión, ofreciendo - por última vez - a los viejos Cavalieri como Silvio "Papi" Berlusconi la impresión de que todavía están a la altura. Fundó su imperio televisivo con showgirls llamadas "Velinas", que con sus piernas largas y eternas sonrisas moderan concursos y programas depostivos. Luego se le ocurrió aplicar esta mezcla a la política - nombrando a tres Velinas como candidatas al Parlamento Europeo.

Tuvo que abandonar el proyecto por las enérgicas protestas de su mujer. Cuando se publicaron las fotos de una juerga impudorosa celebrada en la "Villa Certosa" de Berlusconi, a la que - además del ex primer ministro checo - estuvieron invitadas numerosas ninfas, pidió el divorcio. 

Berlusconi se tambaleó, pero la opinión pública italiana aún lo amó más, lo cual demuestra que la lujuria y el espectáculo vinculado a la misma son capaces de fomentar la imbecilidad, cosa que la pedagogía católica siempre sostuvo y que no faltó en ninguna chuleta de confesionario: que la falta de castidad, especialmente la masturbación, provoca la descomposición del cerebro y la pérdida de médula espinal.

Y eso que el pecado de la lujuria - trivializado hasta el infinito - tiene una historia bastante emocionante. Su demonio (Asmodeo) fue considerado un adversario de armas tomar. En el Siglo III, san Antonio fue constantemente tentado por él, a pesar de que muchas millas a la redonda no había nada que pudiera alimentar este tipo de tentaciones, sino sólo arena y oraciones y el ascesis de un santo varón, que más tarde se convertiría en el fundador de la vida monástica cristiana. 

Las palabras de san Antonio tenían peso. Dicen que se escribía con Constantino el Grande, pero no se salvó de tener que luchar contra la lujuria. Era un sabio que sabía que "El que se sienta en el desierto y busca la paz de su corazón, se libra de tres luchas: oír, ver y hablar. ¡Sólo le queda una lucha por hacer: contra la impureza!"  

En su "Tentación de San Antonio", Gustave Flaubert puso en boca de este demonio y sus tentaciones palabras apasionantes, creando cadenas de sueños policromados y escribiendo poemas de seducción en toda su magnificencia oriental y antigua. En una palabra: su obra es un "tripi" bajo el ardiente sol del desierto. 

La lujuria es un adversaria peligrosa, porque cuando ataca por sorpresa no distingue entre santos y pecadores. Seguramente el "no desearás..." es el único mandamiento capaz de convertir a la persona más virtuosa en un fracasado. El "no matarás" y el "no robarás" no acarrean problemas, ¿pero el "no desearás"?.

Una mirada ya es un hecho consumado, en esto coinciden los evangelistas y los islámicos. Pero incluso para los judíos, la lujuria enfermiza ("yetzer hara") es una tentación del "mal" que mora dentro de todos los humanos.

¿No desearás? Hasta el Buda, el Iluminado, luchó durante años contra esta tentación. 

Lo que el demonio del deseo ignoraba es que nuestro tiempo le arrebataría el escenario metafísico de sus actuaciones. ¿Dónde demonios va a actuar, ahora que todo el mundo es miembro de un Swingerclub (n.d.t.: club de intercambio de parejas), bostezando de aburrimiento? 

Antes de que la histerización de la sexualidad se pusiera de moda, primero con Freud y más tarde con los rituales de la generación del 68 contra la llamada moral sexual represiva, Schopenhauer ya hizo un llamamiento a la serenidad: "¿Para qué tanto ruido? ¿De qué sirve tanto apremio, tanto pataleo, tanto miedo y tanta penuria, si al final sólo se trata de que cada cual encuentre su media naranja?

¿Acaso se puede mandar la lujuria al infierno con más tranquilidad y contundencia?

 

La ira (afán de venganza)

Mientras nos ocupamos del pecado capital de la ira, no podemos evitar incluir en nuestras oraciones al Dios del Antiguo Testamento. La mañana en que nació la nueva época de la ira no podía haber empezado más apaciblemente para aquel hombre, que durante un tiempo Dios convirtió en el más poderoso del mundo. 

Después del jogging y su posterior desayuno, el presidente George W. Bush estaba sentado en la escuela primaria Emma E. Booker de Sarasota, Florida, escuchando a niños de siete años durante una clase de lectura. Estaba sonriente, pero distraído.  

Hacía unos minutos había oído hablar de un inquietante accidente aéreo en Nueva York, del que no se sabía nada concreto. Escuchaba a los niños, absorto en sus pensamientos, hasta que su jefe de gabinete le susurró en el oído que otro avión acababa de estrellarse contra la torre sur del World Trade Center. 

De repente quedó claro que el primer impacto no fue casualidad. 

El Dios, que el otro bando reclamaba como suyo, había entrado en acción. En el nombre de Alá, el Todopoderoso, unos terroristas habían derrumbado las torres del World Trade Center. "Los perdedores radicales", como los llamó Hans Magnus Enzensberger en un ensayo de DER SPIEGEL (45/2005), habían vencido a Satanás, utilizando contra el enemigo la alta tecnología de éste, secuestrando sus aviones con cuchillas para cortar alfombras y convirtiéndolos en bombas voladoras. La victoria del medioevo sobre la era moderna.

Bush siguió sentado entre los niños durante sorprendentes seis minutos más, intentando controlar sus sentimientos y ordenar sus pensamientos. Manhattan se había convertido en el escenario del Apocalipsis. 

Una bola de fuego. Una lluvia de cascotes. Gente gritando cayendo del cielo. Un cráter en el corazón de Occidente. Paralizada de espanto, la comunidad global observaba el nacimiento de una nueva época - la época de la ira religiosa al rojo vivo. 

Después de despedirse de los niños, el presidente agarró un rotulador y sobre un papel escribió algunas palabras clave para una declaración. Palabras para una campaña de venganza, que su presidencia más tarde convertiría en una espada.

"Cazaremos a los tipos que han hecho esto hasta dar con ellos". Más tarde modificó la frase: "Los cazaremos en sus cuevas, los aniquilaremos. El terrorismo contra nuestra nación no tiene ninguna oportunidad."

Pero en las cuevas de Afganistán reinaba la euforia. En el Banco Occidental reinaba la euforia. Euforia iracunda también en Pakistán, en las escuelas del Corán egipcias, en el Sudán. En todas partes, hombres jóvenes juraban ante las cámaras que seguirían el camino de los mártires.  

Esta guerra moderna de religiones es diferente a los genocidios ateos y las guerras de exterminio del siglo pasado. Aquellas fueron ideológicas, ésta sería teológica. Por ambos lados. Porque con George W. Bush, los sicarios islamistas de Al Qaeda estaban apuntando a un guerrero de Dios cristiano-fundamentalista.

Bush llegó al poder como candidato de los Evangelistas. Repetía a menudo que había vuelto a nacer desde que en 1986 resolvió con éxito su problema con el alcohol. Durante su presidencia dijo reiteradas veces que se sentía como una herramienta de Dios.

Tan pronto como el 16 de septiembre de 2001, es decir, cinco días después del ataque, hizo un boceto de la cruzada que tenía en mente: "Esto es un nuevo tipo de maldad. Y nosotros entendemos. Y el pueblo americano empieza a comprender. Esta cruzada, esta guerra contra el terrorismo durará un tiempo."

Enervados, los consejeros del presidente le colaban a la prensa que su jefe, saltándose a la torera los hechos, las alegaciones, los pensamientos y las finuras estratégicas, ya tenía marcado el camino a seguir. Su ira había convertido su pensamiento en un túnel.

"Bush tiene esa idea esperpéntica y mesiánica de lo que Dios le ha encomendado", declaró a The New York Times Bruce Barlett, ex consejero de economía de la Casa Blanca. "Está obsesionado en matarlos a todos. No es posible convencerlos, son extremistas, fustigados por una visión oscura. Él los entiende porque son exactamente como él."

La ira divina no acepta matices. La guerra de Irak, que empezó bajo premisas erróneas, hasta la fecha (n.d.t.: 13 de febrero de 2010) ha costado la vida a más de 4000 soldados norteamericanos y 100.000 civiles iraquíes, entre los cuales por cierto también había cristianos.

Pero el terror islamista que pasó a la acción en Bali, Madrid o Djerba también iba dirigido contra los propios hermanos en la fe. Cuando el 7 de julio de 2005 explotaron cuatro bombas en la red londinense de metro y autobuses, éstas también detonaron en barrios poblados por musulmanes - en total murieron 56 personas y 700 resultaron heridas.

El grado en que la ira religiosa es capaz de ensombrecer el amor y la vida podía leerse dos semanas después del atentado en el rostro de Farraq, un joven de 19 años.  El adolescente merodeaba por los alrededores de la mezquita de Finsbury Park, en la que durante años el predicador de odio con mano de garfio Abu Hamsa soltaba sus sermones. A Farraq le desagradaba la presencia del reportero. Sus oscuros ojos emanaban odio como llamas negras. Para él, los autores de los atentados en el metro eran héroes. "Hay que destruir a los EE.UU. y sus vasallos".

Llevaba el pelo muy corto, calzado deportivo Nike y una chaqueta de piloto, y no se parecía en nada a alguien que boicotea las tiendas de moda de Satanás. Algún día, dijo, se liberará de esta vida para ayudar a sus hermanos, no importa donde. El predicador siempre sazonaba sus monsergas antiamericanas y antibritánicas con versos del Corán. Hablaba del paraíso y de la condena de los infieles.  

El colmo de la historia de la nueva ira es que es muy antigua. Y que en este caso es el mismísimo Dios el que atenta contra el pecado de la ira. El filósofo Peter Sloterdijk propone una terapia: "La civilización de los monoteísmos llegará a su fin cuando el hombre se avergüence ante determinadas declaraciones de su Dios, que por desgracia están escritas, como uno haría con un abuelo amable pero muy iracundo, que nadie dejaría aparecer en público sin ir acompañado."

Hace decenas de años, la Iglesia Apostólica Romana ya hizo un comienzo: eliminó el temido Salmo de la maldición y la venganza ("Oh Dios, rompe sus dientes en su boca...) de las oraciones horarias destinadas a regular la vida cotidiana de los sacerdotes, los monjes y las monjas.

 

La gula

Antiguamente, el pecado marcaba la frontera entre el bien y el mal, pero la persona que hoy dice "he pecado" se refiere a los bombones y parrilladas de carne prohibidamente ingeridos, y el peor castigo que este pecador puede esperar es acidez de estómago, unos kilos de más o un elevado nivel de colesterol. Aparte del infarto, que siempre amenaza, el asunto es un problema absolutamente mundano.

¿Es posible hablar sobre los siete pecados capitales de modo más trivial que los estrategas publicitarios de la marca "Magnum" de Lagnese, que hace algunos años denominaron con ellos una gama de sus helados? En un ambiente así, el pecado capital de la gula se ha vuelto irrelevante.

De la metafísica ha pasado a las ciencias nutricionales. Del problema de la gula ya no se ocupan los sacerdotes, sino la Organización Mundial de la Salud, por cierto en un contexto moralmente precario: a los 1.600 millones de obesos en el mundo se enfrentan más de 1.000 millones de hambrientos. 

Entretanto, la virtud cristiana de la moderación, que siempre estuvo en contraposición a la gula, ha vuelto a cobrar alas. Los asesores de dietas y gimnasios se encargan ahora de lo que antaño fue decretado por la Iglesia. San Agustín parece un médico moderno cuando decía que el objetivo del comer y beber es la salud.

La Biblia regulaba meticulosamente los menús del pueblo elegido con prescripciones Koscher y castigaba con rigor cuando era necesario. Uno de los pecados de Sodoma y Gomorra fue la gula. Salomón ya lo advertió: "No estés con los bebedores de vino, ni con los comedores de carne, porque el bebedor y el comilón empobrecerán, y el sueño les hará vestir vestidos rotos."

A primera vista, es curioso como de repente aparece en escena el dormilón, pero lo de los vestidos rotos encaja perfectamente con los borrachos durmiendo la mona sobre el césped después de la fiesta de la cerveza de Munich o del carnaval de Colonia.

La gula sólo tiene aliciente en conexión con la Cuaresma. Es la excepción de una regla, aunque sancionada por la Iglesia. Durante el carnaval se evoca la jauja, el paraíso de los golosos, donde palomas asadas caen solas en las bocas de los que aún consiguen abrirlas. 

Es el sueño de un país con vallas de salchichas, ventanas de caviar y salmón y tejas de tortas. Un antiguo texto alemán lo describía así: "Por este país fluye un río de vino dorado y cerveza, del que todo el mundo puede beber sin pagar, ya sea cerveza, vino o mosto." Aparte de la gratuidad, esto suena como una versión antigua de las ofertas "come cuanto puedas" y de las orgías de alcohol con tarifa plana (n.d.t.: visítese Lloret). 

Y sin embargo: desde las descripciones poético-rústicas del paraíso, como las del poeta y dramaturgo Hans Sachs en 1530, el pecado capital de la gula ha experimentado un descenso patológico hacia los infiernos. Antiguamente se utilizaba en las celebraciones mundanas - por cierto bastante simpáticas - de las clases humildes, inmortalizadas en alegres cuadros por maestros flamencos como Pieter Bruegel. Hoy en día es una enfermedad. 

Aparece en forma de bulimia ("hambre de buey"), que obliga a las pacientes a engullir para seguidamente potar, o de anorexia - la bulimia en negativo. Las adolescentes anoréxicas se sienten obesas hasta que mueren de inanición. Sufren de una autoimagen errónea, están enfermas del alma. 

Entre los pecados capitales más populares, la gula le pisa los talones a la lujuria. Es increíble hasta qué punto el culto a la gastronomía se ha convertido en un tema central. Quien quiere impresionar a sus amigos, posee una cocina Bulthaup y les sirve sofisticadas recetas Crossover. Cuando los chefs estrella se ponen el delantal delante de las cámaras de televisión, las audiencias se disparan.

En realidad, los espectáculos culinarios no son otra cosa que la Última Cena en versión travesti, con los hábitos del ministrante - el delantal - los reverentemente observados altares (colmados de cacharros humeantes) y la parroquia sentada en un estudio, mantenida a flote por un buen vino.

Una misa mayor al placer, que se burla descaradamente de la sacralidad de la ofrenda. ¡Blasfemia! 

Con lo que hemos añadido a la lista otro pecado, el cual, vista las culpas previamente acumuladas, es prácticamente irrelevante.

 

La envidia

Como es lógico, la herramienta del pecado capital de la envidia es el veneno. Basta echar una ojeada a las revistas del corazón. Por ejemplo en Francia: "Una asistente farmacéutica vertió somníferos en el café de sus colegas durante años. El motivo: la envidia." O el atentado con agua mineral envenenada en el hospital berlinés La Charité: "¿La envidia como posible móvil?" O en Nanjing: "Un propietario de un restaurante en China envenena con un raticida la comida de su competidor  (38 muertos). Motivo: la envidia."

La envidia, el sigiloso pecado capital. Claro que también puede explotar: cuando la familia del vecino es acribillada a balazos, la rival asesinada con el martillo o la suegra agredida con un cuchillo. Pero por regla general, el camino hasta estos extremos es lento, es una espiral destructiva hacia abajo, con pinchazos silenciosos y miradas y comparaciones envidiosas que siempre acaban mal - para la propia persona.  

El envidioso se siente subyugado, estafado por el destino, carente de todo en todos los sentidos. A su manera, contraviene contra los últimos dos de los Diez Mandamientos ("No desearás la casa de tu prójimo, no desearás a la mujer de tu prójimo..."). También aquí cualquier contraataque parece imposible, sobre todo en nuestra sociedad, con sus permanentes comparaciones.

La envidia extrae lo peor que tenemos dentro, motivo por el cual nadie la reconoce. Entre los pecados capitales, la envidia es la más despreciada. Nietzsche llamaba la envidia "las partes pudorosas del alma humana". La envidia vive en la clandestinidad, "con el rostro pálido", como escribió Shakespeare. Nadie la reconoce. Tal vez sea por esto que es tan destructiva. 

Con la conciencia tranquila, uno puede afirmar que los crímenes contra los judíos cometidos o tolerados por muchos alemanes estuvieron motivados por la envidia, porque éstos representaban a la elite, a los pudientes coleccionistas de arte, a los banqueros y fabricantes, también a los médicos, escritores y profesores. En todas las capas sociales, en todas las profesiones había competidores judíos, que fueron erradicados por la chusma nazi. 

El móvil del primer asesinato, cuando Caín mató a Abel, fue la envidia. Sin embargo, hay una cosa que diferencia la envidia de los demás pecados capitales. Mientras la gula, la lujuria o la codicia actualmente pueden pasar como programas de entretenimiento masivo, el envidioso en primera línea se mortifica a sí mismo. 

Los viejos grabados y cuadros la representan como serpiente que se clava los colmillos en sus propios ojos, como escorpión que se pica a sí mismo o como perro royendo un hueso. 

Experimentos realizados por investigadores de la Warwick Univerity y la Cornell University han demostrado que los sujetos probantes tienden a prescindir de una ventaja personal si a cambio pueden dañar a otro. La envidia es una criatura de tal bajeza, que uno intenta protegerla, aunque sea por deporte.

Porque sin la "planta generadora de envidia" (Sloterdijk) tampoco existiría el incentivo de ganar. La motivación de hacer horas extraordinarias radica en el hecho de envidiarle al vecino la casa más grande y el coche más rápido. La muestra más segura del éxito reside en despertar la envidia de los demás, de modo que el eslogan del Porsche de alquiler de la empresa Sixt Rent a Car  "Envidia por 99 marcos" es inmediatamente entendido por todo el mundo. Sin embargo, ¿a quién le gusta tener contacto con un presumido montado en un Porsche de alquiler?

No, la envidia es un negocio de lo más triste. Cada año, el departamento de hacienda de Hamburgo recibe cerca de mil cartas -mayoritariamente anónimas, que no sólo denuncian  cuentas de dinero negro en Suiza, sino a ex cónyuges, amigos y vecinos.

La envidia es un cajón tan bajo, que nadie tiene ganas de hurgar en él. Antiguamente contenía personajes del calibre de Casio y su odio a César, pero hoy uno no encontraría ni a un tipo como Berlusconi. 

 

La pereza (inercia del corazón)

No nos engañemos: a pesar de todas las galas benéficas y campañas de ayuda a los niños, nosotros, los que vivimos en la fortaleza Europa, no somos más que un triste montón de insensibles couch potatoes (n.d.t.: gente que se pasa el día tumbada en el sofá, preferentemente delante de la tele). Y si alguien lo pone en duda, que se pase una noche haciendo zapping por las incontables cadenas privadas. En lo único que creemos es en nosotros mismos y en los resultados de la liga. De vez en cuando aparecen imágenes de africanos  que yacen exhaustos en las playas de Fuerteventura. Pero nosotros preferimos mirar el mar de fondo de nuestra sociedad del bienestar, y cuanto mejor nos va, tanto más nos invade la melancolía.  

Para el Papa Gregorio, la melancolía estaba emparentada con la inercia del corazón. Un estado de vacío interior, lejos de Dios. Quién sufre de melancolía peca, porque la creación de Dios es motivo de júbilo. Además, el hastío y la melancolía bloquean la compasión. 

Los monjes, sabios conocedores de la naturaleza humana, sabían que la inercia del corazón es la raíz de todas las adicciones, de la gula, la soberbia, la codicia, que al fin y al cabo se practican para llenar un vacío interior. Si en la actualidad existiera un animal totémico de este pecado capital, sin duda sería el artista Cindy aus Marzahn en su trajecito rosa, esa verdulería contra la miseria en el mundo con la que muchos parecen identificarse, especialmente los habitantes de Marzahn.

La inercia del alma probablemente es un efecto secundario de la globalización, que en cada momento nos invade con noticias trágicas procedentes de todos los rincones del planeta. Los diluvios de información sobre la miseria no hacen más que aumentar la impotencia. ¿Quién no se ha sentido abrumado viendo las imágenes de Haití?

Tres ejemplos del proceso de embotamiento:

José tenía 15 años, su hermano Andrés 18. Llevan jerséis incrustados de barro encima de sus camisetas, gorros de lana y guantes agujereados. Trabajan a temperaturas bajo cero en una mina de plata al noroeste de Lima. Su lecho es un hoyo en la tierra, en la pared cuelga un póster de Maradona.

Un viento helado sopla sobre esta meseta andina. Los padres de los jóvenes los han vendido al propietario de la mina por un sueldo de esclavo. Trabajan hasta 16 horas diarias por un puñado de míseros céntimos. Sus ojos reflejan la felicidad truncada, como el muñón negro de un árbol talado, un precipicio sin esperanza.

Todo reportero experimenta momentos así, en los que la compasión y la impotencia de no poder ayudar se entremezclan. ¿Qué puedes hacer? ¿Secuestrar al propietario de la mina? No, les das un par de dólares y liberas tu corazón de la vergüenza.

Ejemplo dos: En un barrio bajo de Mumbai hay un lisiado sentado, que alza una lata abollada y pronuncia oraciones. Pero como es el décimo de una fila de mendigos similares, pasas de largo y espantas el sentimiento de compasión como si fuera una mosca cojonera. Conoces la parábola del buen samaritano, sabes cómo tendrías que actuar, pero la inercia del corazón te lo impide.

Ejemplo tres: Después de que un terremoto destruyera la ciudad de L'Aquila en los Abruzzos y decenas de miles de personas se quedaran sin techo, nuestro socorrista de instintos seguros Silvio Berlusconi visitó el lugar. De excelente humor inspeccionó las tiendas de campaña, coqueteó con una médica de salvamento y dio ánimos a las víctimas diciéndoles que se tomaran el asunto "como un fin de semana de camping", porque al fin y al cabo no les faltaba de nada.

Estos ejemplos no serían dignos de ser citados si no fuera porque dentro de nosotros hay una instancia silenciosa que se rebela. Tal vez somos algo más que un producto de "genes egoístas", como afirma la teoría del científico metafísico Richard Dawkins.

Albert Schweitzer, el misionario de la compasión, dijo: "El mundo, subyugado al más ignorante egoísmo, es como un valle sumergido en las tinieblas; sólo en las alturas se vislumbra la luz. Todos los seres tienen que vivir en la oscuridad. Sólo uno de ellos, el más elevado, puede subir a la cima para ver la luz: el ser humano." El hombre tiene el impulso de ayudar. Y cuando deja de sentirlo, está enfermo. Los monjes recomendaban una receta contra el pecado capital de la pereza o inercia del corazón: sentarla en una silla opuesta y dialogar con ella. Suena a teoría de la Gestalt moderna. 

 

 

Después de estas excursiones por nuestro depravado presente, estamos en condiciones de sacar varias conclusiones. La primera es que Silvio Berlusconi no es apto para la vida monástica. La segunda es que nosotros tampoco lo somos. 

La serpiente, con sus pecados capitales, tampoco tiene previsto emprender la retirada, sino todo lo contrario. Se ha instalado cómodamente en nuestra cotidianidad, haciendo más  estragos de los que podemos imaginar. Puede que a veces no lo consiga con nuestra alma, pero la sociedad entera no se libra.

No obstante, de vez en cuando hace falta actualizar y adaptar el juego de modo atractivo para el público - como ha hecho la Iglesia católica. En lugar de condenar los pecados de pensamiento, ahora condena los pecados de obra. 

El primer lugar se encuentra el consumo y comercio de drogas. Le sigue - ya iba siendo hora - el abuso de niños y jóvenes. En el catálogo de los pecados modernos también se encuentran: la contaminación medioambiental, el aborto, la manipulación genética, la codicia de los beneficios que conduce a la miseria de otros, la riqueza excesiva. Exceptuando el aborto, una lista poco polémica. ¿Acaso existe alguien que defienda una codicia que arruina a sus semejantes?

¿Pero que hacemos con los culpables? ¿Qué hacemos con el pecado? Si somos criaturas de Dios, ¿no fuimos creados llevando el mal dentro de nosotros? ¿Se trata de una encañada en nuestro camino de la libertad?

La culpa es una contravención de un orden cósmico prehistórico, como refleja la historia bíblica del Jardín de Edén. En el caos que siguió a la expulsión, las reglas religiosas básicas estaban destinadas a crear una identidad. Su contravención, es decir, el pecado, genera dudas personales, miedo, pudor. Los Salmos están llenos de ejemplos.

Con la encarnación de Dios en Jesús, la situación cambia. Pablo dedica toda su Epístola a los Romanos al tema de la culpa. La nueva libertad ya no emana de la comunidad y de la Torá, sino de la confianza ciega en Jesús y su resurrección. Muchos siglos más tarde, el filósofo existencialista protestante Sören Kierkegaard volvería a ocuparse del tema. La única salvación de la desesperación sobre el pecado y la angustia es dar un "salto" hacia Dios. El único camino para salir del pecado es el arrepentimiento profundo. Incluso nuestra jurisprudencia no puede prescindir de este hecho, porque un acusado arrepentido puede contar con una reducción de pena. ¡Cuánto más cierto para el juicio Final!

Los protestantes reconocen su culpa colectivamente, delante de toda la parroquia. Para los católicos, el confesionario es el lugar del perdón divino. El silencio, la rejilla de madera, los murmullos del sacerdote, que hace preguntas - los detalles son importantes - y, al final, el "ego te absolvo". "A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados", decía Jesús a sus discípulos. Y todo esto en la intimidad de la confesión de boca a oreja, como secreto íntimo, lejos de la ensalada de confesiones en Facebook.

(...)

Sin embargo, después de la absolución, el hombre no consigue vivir mucho tiempo sin pecar, por lo que todo el mundo tendrá algo que contar y un motivo para aligerar su conciencia, y si no es Dios, será la comunidad la que coloque a cada individuo entre el honor y la vergüenza. 

Analíticamente hablando, la conciencia es un súper ego que doma los impulsos destructivos del instinto hasta un nivel socialmente soportable. Pero el mal siempre reemprende de nuevo la lucha para hacerse oír. Desde la expulsión del paraíso todos estamos atrapados entre la rebelión y la reglamentación. El pecado y el perdón bailan un tango espectacular, especialmente en la sociedad de los medios.     

El pecado puede contar con un considerable interés, sobre todo cuando la confesión se hace en público. A continuación, algunas personas que hace poco han confesado públicamente sus faltas, debilidades o secretos: David Letterman (adulterio), Tiger Woods (adulterio), el ex vice primer ministro británico (bulimia) (...), además de las decenas de miles de páginas que Google tiene guardadas bajo el concepto "confesión pública".

No nos dejemos engañar: el pecado es mucho más espectacular que la virtud, especialmente en las regiones católicas. Cuando en el carnaval de Rio de Janeiro la escuela de samba "Viradouro" desfiló por la Avenida recreando los siete pecados capitales, los samberos estaban frenéticos, sobre todo al paso de la carroza de la lujuria, con su cargamento de bailarinas desnudas posando lascivamente. 

Cuando un año más tarde la escuela de samba "Mangeuira" contraatacó con los "Diez Mandamientos", uno se quedaba maravillado viendo como las tablas de la ley recobraban vida ante la presencia de un determinado número de bikinis dorados.

¿Pero qué ocurre con el fuego del infierno, al que los pecadores graves están eternamente condenados? "El infierno existe, pero está vacío", se le atribuye a Hans Urs von Bathasar, un importante pensador católico. Aquellos que se consideran pecadores, pueden contar con el benevolente y omnipresente amor de Dios.

La teología habla de la "apocatastasis" al final de los tiempos, cuando Dios devuelva al mundo a su estado libre de pecados. Tenga usted esperanza, porque será el momento de la reconciliación universal.   

Mientras tanto tendremos que conformarnos con el infierno que llevamos dentro.

   

Traducido -como siempre sin pretensiones literarias ni pecuniarias- por Manuel Franquesa Voneschen, subsubdirector de La Veritat, Castelldefels, Spain. 

Las imágenes que ilustran los siete pecados capitales han sido añadidas con faldas y a lo loco por la redacción.  


Aprovechando esta edición teológica de La Veritat, a continuación unos pensamientos de Rüdiger Safranski sobre Dios y el gran matemático, físico, filósofo y teólogo Blaise Pascal 

 

La apuesta de Pascal

                                    

Pascal propuso un método de abordar fríamente la religión y la fe. Entre sus escritos hay un texto famoso, que pasó a la historia del pensamiento religioso como "La apuesta de Pascal". En él Pascal compara la fe en el cristianismo con una apuesta en un juego de azar: uno tiene que decidir si quiere que Dios llene su vida - o no. Porque tal vez Dios sea una ilusión. Hay que sopesar la ganancia y la pérdida. Si apuestas por Dios y pierdes porque Dios no existe, entonces con la muerte no perderás más de lo que de todos modos perderías  - la vida, el amor y el placer. Si apuestas por Dios y ganas porque Dios existe, tal vez mañana ganarás la vida eterna y hoy una cierta esperanza. Como de todos modos hay que morirse, apostando por la fe sólo se puede ganar. Así que - sostiene Pascal - id, tomad agua bendita y decid misas.

La pregunta es si la fe que aquí se expresa en la lengua de una mesa de juego fue la fe con la que vivió Pascal. Más bien se trata de algo dentro de él que quiere creer o ya cree, pero el intelecto le ofrece un cálculo con el que puede defenderse de la molesta autosugestión. Probablemente la fe de Pascal era diferente a la de su cálculo. Una vez dijo que él no quería aferrarse al Dios de los filósofos y especuladores, sino al Dios de Abraham. Pero el genial matemático vivía en el umbral de la modernidad e intuía el carácter científico de los tiempos que se avecinaban, en los que no habría sitio para Dios. Escribió: "Tragado por la extensión infinita de los espacios, de los que no sé nada ni ellos de mí, me estremezco ... El eterno silencio de los espacios me asusta ... Cuando pienso en el hombre ... abandonado a su suerte como un extraviado en este rincón del universo ... me aterrorizo."

(...)

Fuente: Der Spiegel 3 / 2010, pág. 119


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