
Erasmo de Rotterdam
ELOGIO DE LA LOCURA
Traducción y prólogo de A. Rodríguez Bachiller
DEDICATORIA
Erasmo de Rotterdam, a su amigo Tomás Moro.
Salud
DURANTE el viaje que hice no ha mucho de Italia a Inglaterra, con el fin de no malgastar en conversaciones banales e insípidas todo el tiempo que tuve que ir a caballo, resolví, ya meditar de cuando en cuando en nuestros comunes estudios, ya complacerme con el recuerdo de los amigos entrañables y doctísimos que dejé en esta tierra. Entre éstos, mi querido Moro, tú ocupabas el primer lugar. Tal recuerdo no me deleitaba menos de lo que acostumbraba deleitarme a tu lado, que es la cosa del mundo, bien puedo asegurarlo, que me ha producido más dulce contentamiento. Pero como había que ocuparse en algo al fin y al cabo, y la ocasión era poco acomodada para las profundas meditaciones, pensé componer un ELOGIO DE LA NECEDAD.
¿Qué Minerva ---me dirás tú--- te ha metido en la cabeza semejante idea?" En primer lugar, la idea me la inspiró tu apellido, tan parecido a la palabra MORIA (en griego NECEDAD), como tu persona se diferencia de la cosa, pues, según pública opinión, tú estás del todo ajeno a ella. En segundo término, supuse que este juego de mi imaginación te agradaría más que a nadie, ya que sueles gustar mucho de este género de bromas, que no carecen, a mi entender, de sabor ni de gusto, y que en la condición ordinaria de la vida te comportas como Demócrito, y si bien tú, por la perspicacia de tu ingenio, estás sin duda alguna a una gran distancia del vulgo, sin embargo, gracias a la increíble dulzura y afabilidad de tu carácter, con todos te avienes, con todos te tratas, con todos te llevas bien y con todos diviertes.
Por tanto, no sólo has de recibir gustoso este discursillo como un recuerdo de tu amigo, sino que también debes tomarlo bajo tu protección, pues desde el momento en que te lo dedico, es ya tuyo y no mío. Porque quizá no falten criticastros que lo censuren, diciendo unos que éstas son bagatelas indignas de un teólogo; otros, que son muy mordaces para no herir la moderación cristiana, y repetirán a grandes gritos que resucitamos la comedia antigua, que copiamos a Luciano, y que lo desgarramos todo a dentelladas.
Mas, en cuanto a los que se escandalizan de la ligereza y de lo jocoso del asunto, querría que pensasen en que yo no soy el inventor del género, sino que desde antiguo ha sido puesto en práctica por grandes escritores, pues ha siglos que Homero cantó las guerras de las ranas y de los ratones en la “Batracomiomaquia”; Virgilio, a los mosquitos y al almodrote; Ovidio, a las nueces; Polícatro hizo el elogio de Busiris, e Isócrates lo fustigó; Glauco celebró la injusticia; Favorino, a Tersites y las cuartanas; Sinesio, la calvicie; Luciano, las moscas y los parásitos; Séneca escribió la apoteosis de Claudio; Plutarco, el diálogo de Grillo con Ulises; Luciano y Apuleyo, el asno; y no sé quién, el testamento del cochinillo Grunio Corocota, de que hace mención San Jerónimo. Por tanto, si esto les agrada, que se imaginen que he estado distraído jugando al ajedrez, o, si lo prefieren, que he cabalgado en un palo de escoba. Pues siempre será una injusticia que, reconociéndose a todas las clases de la sociedad el derecho a divertirse, no se consienta ningún solaz a los que se dedican el estudio, sobre todo si la chanza descansa en un fondo serio y si está manejada de tal suerte que un lector que no sea completamente romo saque de ella más fruto que de las severas y aparatosas lucubraciones de ciertos escritores, como son aquellos discursos zurcidos de retazos de varios autores, en que se ensalza la Retórica o la Filosofía, o se alaba a un príncipe, o se exhorta a la guerra contra el turco, o se predice el porvenir, o se entablan nuevas cuestiones por cosas de nada. Porque, así como no hay nada más tonto que tratar las cosas serias de una manera frívola, del mismo modo nada hay tan divertido como tratar de un asunto baladí sin dar sospechas de que lo sea. Es cierto que al público toca juzgarme; no obstante, si el amor propio no me engaña de un modo manifiesto, me parece que aunque he hecho el Elogio de la necedad, no lo hice del todo neciamente.
Por lo que respecta al reproche de mordacidad, responderé que siempre se ha concedido al ingenio la libertad de chancearse sin recelo de las cosas humanas, con tal que esa licencia no degenere en frenesí. Por lo cual, me admira grandemente la delicadeza de los oídos de nuestros días; casi no pueden escuchar sino los títulos aduladores, y por eso verás gentes que entienden tan al revés la religión, que antes tolerarán los más graves ultrajes contra Cristo, que una ligera broma acerca de un Papa o de un rey, sobre todo si en ello les va el pan. Pero yo pregunto: Criticar las costumbres de los hombres sin atacar a nadie individualmente, ¿es acaso morder, o más bien enseñar y aconsejar? Por lo demás, ¿no me critico yo mismo desde muchos aspectos? Además, cuando en la crítica no se omite ninguna clase social, no puede decirse que vaya contra nadie en particular, sino contra todos los países, y, por consiguiente, si alguno se considerase ofendido, o es que su conciencia le acusa o, por lo menos, teme verse retratado en ella.
San Jerónimo escribió en este género con más libertad y mordacidad, en varias ocasiones hasta sin perdonar los nombres propios. En cuanto a nosotros, aparte de que nos hemos abstenido completamente de nombrar a nadie, hemos guardado tal moderación en el estilo, que el lector avisado comprenderá desde luego que nuestro ánimo ha sido más bien agradar que morder. En ningún momento hemos seguido el ejemplo de Juvenal, removiendo el fangal oculto de los vicios, sino que nos hemos limitado a pasar revista a las ridiculeces más bien que a las torpezas. Y si hay alguien a quien estas razones no le convenzan, tenga en cuenta, por lo menos, lo bonito que es ser censurados por la Necedad, y que, al hacerla hablar, hemos debido caracterizarla convenientemente.
Pero ¿a qué insistir más contigo, siendo, como eres, tan especial abogado, que aun las cosas que no fueran tan justas como éstas pudieras defender magistralmente? Adiós, elocuentísimo Moro, y toma con calor la defensa de esta Moria.
En el campo, 9 de junio de 1508.
ELOGIO DE LA NECEDAD
HABLA LA NECEDAD
CAPITULO I
Introducción
Digan lo que quieran las gentes acerca de mí (pues ignoro cuán mala fama tiene la Necedad, aun entre los más necios), sola, yo soy, no obstante, la que tiene virtud para distraer a los dioses y a los hombres. Si queréis una prueba de ello, fijaos en que apenas me he presentado en medio de esta numerosa asamblea para dirigiros la palabra, en todos los rostros ha brillado de repente una alegría nueva y extraordinaria, habéis desarrugado al momento el entrecejo y habéis aplaudido con francas y alegres carcajadas, que, a decir verdad, todos los aquí presentes me parecéis ebrios de néctar y de nepenta ,como los dioses de Homero, mientras, hace un instante, os hallabais tristes y preocupados, cual si acabaseis de salir del antro de Trofonio .
Así como cuando el sol matutino muestra a la tierra su faz resplandeciente y radiante, o como cuando después de un crudo invierno surge otra vez la primavera en alas de los céfiros, parece que todas las cosas adquieren nuevo aspecto, nuevo color y nueva juventud, del mismo modo se han transfigurado v u e s t r o s semblantes nada más verme aparecer, logrando de este modo mi sola presencia lo que apenas logran conseguir los mejores oradores con esos discursos prolijos y cuidadosamente preparados, que pocas veces consiguen disipar el tedio al auditorio.
CAPITULO II
Tema del discurso
Si queréis saber el asunto que me trae ante vosotros con tal raro adorno, vais a saberlo, si os dignáis escucharme, pero no con la atención que soléis prestar a los predicadores, sino con los oídos que prestáis a los charlatanes, a los juglares y a los bufones, o bien con aquellas orejas que puso antiguamente nuestro amigo el rey Midas para escuchar al dios Pan . Me ha dado hoy por hacer un poco de sofista ante vosotros, no ciertamente como esos pedantes que en nuestros días llenan de majadería los cerebros de los niños, enseñándoles a discutir con más terquedad que las mujeres, sino a imitación de los antiguos, que, para evitar el descrédito en que había caído el nombre de sabio, prefirieron llamarse “sofistas”, y cuyo oficio consistía en celebrar con elogios la gloria de los dioses y de los hombres ilustres. Vosotros, pues, vais a oír también un elogio; pero no va a ser el de Hércules ni el de Solón, sino el mío propio, es decir, el de la Necedad.
CAPITULO III
Defensa de la propia alabanza
Pues bien: yo no considero sabios a los que creen que alabarse a sí mismos es la mayor de las necedades y de las insolencias. Sea necio, si así lo prefieren con tal que se reconozca que esta necedad está muy puesta en su lugar. ¿Hay, en efecto, cosa más natural que el que la necedad entone sus propias alabanzas y se dé bombo a sí misma? ¿Quién puede darme a conocer mejor que yo? A no ser que por casualidad se encuentre entre vosotros alguno que me conozca mejor que yo. De esta manera me parece que doy pruebas de ser más modesta que esos hombres a los que el vulgo llama grandes y sabios, y que, depuesto todo pudor, suelen sobornar a un retórico adulón o a un poeta parlanchín y le ponen a sueldo para oírle recitar sus alabanzas, que no son más que purísimas mentiras, lo cual no impide que el elogiado, afectando humildad, haga la rueda y yerga la cresta a la manera de un pavo, mientras el impúdico adulador coloca a aquella nulidad al nivel de los dioses y la presenta como un perfecto modelo de todas las virtudes, sin reparar en que dista más de ellas que la luna dela tierra, ni en que su empresa sea algo así como adornar una corneja con plumas ajenas o blanquear a un etíope, o convertir a una mosca en elefante. En fin, yo me atengo a aquel proverbio que dice: ”Con razón se alaba a sí mismo quien no encuentra nadie que le alabe".
Por lo cual, declaro con toda franqueza que no sé si admirar más la ingratitud o la indolencia de los hombres para conmigo, pues, aunque todos me festejen asiduamente y todos reciban con placer mis beneficios, jamás ha habido uno solo a quien se le haya ocurrido cantar en un agradable discurso las alabanzas de la Necedad, mientras que no han faltado quienes hayan ensalzado, a costa de su aceite y de su sueño, con elogios bien compuestos, a los busiris , a los falaris , a las cuartanas, a las moscas, a la calvicie y a otras calamidades por el estilo.
Vais, pues, a oír de mis labios un discurso, el cual, por ser precisamente improvisado y poco trabajado, será más verdadero.
CAPITULO IV
Cara a cara de la Necedad
No vayáis a creer que con mis palabras me propongo lucir mi ingenio, como es costumbre de casi todos los oradores de estos tiempos, los cuales ya sabéis que cuando pronuncian un discurso elaborado durante treinta años, y que algunas veces ni siquiera es suyo, juran que, como por juego, lo han compuesto o dictado entres días. A mí siempre me ha causado gran placer decir de repente cuanto se me viniera a la boca, y, por tanto, nadie espere de mí que, siguiendo la costumbre de estos retóricos vulgares, proceda por una definición de mí misma, ni mucho menos por una división, pues sería entrar con mal pie el circunscribir dentro de ciertos límites a una divinidad cuyo imperio se extiende por todas partes, o el dividir a aquella a quien toda la tierra rinde un culto unánime. Y, bien mirado, ¿a qué conduciría el trazar mediante una definición mi esbozo o mi retrato, teniéndome como me tenéis delante de los ojos? Porque yo soy, como podéis ver, aquella dispensadora de bienes llamada por los latinos Stultitia, y por los griegos, Moria.
CAPITULO V
Sinceridad de la Necedad e ingratitud de los sabios para con ella
Pero ¿para qué voy a insistir en esto, como si no llevase grabado en el rostro y en la frente qué clase de pájaro soy, como dice el pueblo, o como si alguno que me confundiese con Minerva o con la Sabiduría, no hubiera de convencerse al punto de su error con sola una mirada y sin necesidad de recurrir a la palabra, pues la cara es el espejo infalible del alma? En mí no hay lugar para el engaño, ni llevo una cosa en el corazón y otra en la boca; soy siempre y en todas partes idéntica a mi misma, de tal modo que no pueden disimularme ni aun aquellos que saben cubrirse con una apariencia dándose tono y echándoselas de sabios, cuyo nombre se arrogan como monas vestidas de púrpura o como asnos con piel de león, que no dejan de asomar por algún sitio las formidables orejas de Midas, por muy bien que se disfracen.
Ingrata, sin duda, es esta clase de hombres que, siendo mis más fieles partidarios, avergüénzanse de mi nombre delante del mundo, hasta el punto de lanzarlo con frecuencia a los demás como un grave insulto. Siendo éstos, pues, en realidad, “archinecios”, aunque quieran pasar por unos sabios y por unos Tales de Mileto, ¿no merecerían, por derecho propio, que los llamásemos “morósofos”, es decir, sabios-necios?
CAPITULO VI
La Necedad imita a los retóricos
Quiero imitar con esto a los retóricos de nuestro tiempo, que se creen dioses con sólo mostrarse con dos lenguas, como la sanguijuela, y que piensan hacer maravillas encajando de cuando en cuando en sus discursos latinos algunas palabras griegas, con las que hacen, aunque no venga a cuento, una especie de mosaico. A falta de términos exóticos, desentierran de algún viejo pergamino cuatro o cinco palabras anticuadas, cuya oscuridad ofusque a los lectores, para que aquellos que las entiendan se complazcan más y más con ello, y los que no, los admiren tanto más cuanto menos comprendan. Porque conviene que sepáis que mis fieles aceptan una cosa tanto mejor cuanto de más lejos viene, y éste no es uno de sus mejores placeres. Y si entre ellos hubiese algunos más vanidosos, rían, aplaudan y muevan, como el asno, las orejas, que con ello tendrán más que suficiente para hacer creer a los demás que lo comprenden a maravilla, aunque en el fondo no entiendan una palabra. Y basta de esto. Volvamos ahora a nuestro tema.
CAPITULO VII
Progenie de la Necedad
Sabéis, pues mi nombre, varones estultísimos, y digo estultísimos porque ningún otro epíteto más honroso puede emplear la diosa Necedad para honrar a sus creyentes. Mas, como entre vosotros no hay muchos que conozcan mi genealogía, voy a intentar exponerla con el auxilio de las Musas.
No debo mi nacimiento ni al Caos, ni a Plutón, ni a Saturno, ni a Júpiter, ni a ningún otro de la casta de estos dioses podridos de vejez, sino que me ha engendrado Pluto, que es el supremo dios, el padre de los dioses y de los hombres, digan lo que quieran Homero, Hesíodo y aun el mismo Júpiter. Pluto, a cuyo antojo hoy, como siempre, trastórnanse desde sus cimientos las cosas sagradas y profanas; por cuyo arbitrio se rige la guerra, la paz, los imperios, los consejos, la justicia, las asambleas populares, los matrimonios, los tratados, las alianzas, las leyes, las artes, lo cómico, lo serio... (¡ay!, ¡me ahogo!), en una palabra, todos los negocios públicos y privados de los hombres; Pluto, sin el cual toda esa turba de númenes de que hablan los poetas, y aun me atrevo a decir que hasta lo mismos dioses mayores, o no existirían de ningún modo, o no podrían comer caliente en su propia morada; Pluto, a quien si alguien hiciese montar en cólera no le valdría ni el favor de Palas, y, en cambio, si le fuere propicio, sería capaz de autorizarle para ahorcar a Júpiter con todos sus rayos. Este es el padre de quien me envanezco, y éste es de quien nací; pero no porque me haya sacado de su cabeza, como lo hizo Júpiter con la tétrica y ceñuda Minerva, sino por haberme engendrado en Hebe, ninfa de la juventud, que es mil veces más bella y más alegre. No; yo no he sido fruto de un insípido deber conyugal, como aquel cojo herrero (Vulcano), sino que, lo que es más hermoso, a mí me han dado el ser los besos del amor, según dice Homero. Pero no vayáis a creer que nací de aquel Pluto que nos pinta Aristófanes cuando ya estaba ciego y con un pie en la sepultura, sino del Pluto vigoroso, rebosante de juventud, y, sobre todo, del néctar abundantísimo y de sin igual pureza que él gustaba de saborear en los banquetes.
CAPITULO VIII
Patria y crianza de la Necedad
Si ahora me preguntáis cuál es el lugar de mi nacimiento (puesto que hoy día la tierra donde un niño ha lanzado su primer vagido entra por mucho en su nobleza), sabed, pues, que no vi la luz ni en la errática isla de Delos , ni en el mar undoso, ni en las profundas cavernas, sino en las islas Afortunadas , en donde no se conocen ni el trabajo, ni la vejez, ni la enfermedad, ni tampoco se ven nunca el gamón ni la malva, ni la cebolla, ni el altramuz, ni el haba, ni otras plantas vulgares, pues allí, como en los jardines de Adonis , deleitan por doquier la vista y el olfato el ajo áureo, la pance, la nepenta, la mejorana, la artemisa, el loto, la rosa, la violeta y el jacinto.
Nacida en medio de tantas delicias, no comencé llorando mi inmortal carrera, sino que al abrir los ojos, sonreí amorosamente a mi madre; y no envidio a Júpiter la cabra que le amamantó, porque a mí me dieron el jugo de sus pechos dos graciosísimas ninfas: la Embriaguez, hija de Baco, y la Impericia, hija de Pan, a las que podéis ver entre las personas de mi séquito. Si conocer queréis los nombres de las demás, voy a decíroslos; pero ¡vive Hércules!, que no ha de ser sino en griego.
CAPITULO IX
El cortejo de la Necedad
Esta que veis de aire tan arrogante es el Amor Propio; ésta de risueños ojos y cuyas manos están siempre dispuestas al aplauso, se llama la Adulación; esta que está como aletargada y que parece dormir, se llama el Olvido; esta otra que se apoya sobre sus dos codos y está de brazos cruzados es la Pereza; esta coronada con una guirnalda de rosas e impregnada de perfumes es la Voluptuosidad; ésta de aire indeciso y de extraviada mirada es la Demencia; ésta, de nítido cutis y de cuerpo gentil y bien cuidado es la Molicie. Entre estas ninfas advertiréis también dos dioses: uno se llama Como, genio de los banquetes, y el otro, Morfeo o Sublime Modorra, genio del sueño. Con el auxilio, pues, de estos fieles servidores, todas las cosas están bajo mi mando y ejerzo imperio sobre los mismos emperadores.
CAPITULO X
La Necedad, por los favores que dispensa, es semejante a los dioses
Ya conocéis mi origen, mi educación y mi séquito. Ahora bien: para que nadie sospeche que usurpo el título de diosa, oíd atentamente los innumerables beneficios que proporciono a los dioses y a los hombres, y hasta dónde se extiende mi imperio. Porque si alguien ha escrito con acierto que el carácter distintivo de un dios consiste en proteger a los mortales, y si merecieron ser admitidos en el senado de los dioses los que descubrieron el vino, el trigo, o cualquier otra cosa útil al género humano, ¿cómo puede negárseme a mí el derecho de ser y llamarme el alfa de todos ellos, a mí, que soy para todos el manantial de toda clase de bienes?
CAPITULO XI
Poder de la Necedad en los orígenes de la vida
Y en primer lugar, ¿qué puede haber más dulce y más precioso que la vida? Y siendo así, ¿quién en los comienzos de ella tiene más parte que yo? Ni la lanza temible de Minerva, ni el escudo del tempestuoso Júpiter, serían capaces de engendrar y propagar la especie humana. El mismo Jove, padre de los dioses y de los hombres, que con un movimiento de cabeza conmueve a todo el Olimpo, no encuentra el menor reparo en dejar a un lado su triple rayo y su rostro de titán, con el que hace temblar a los mismos dioses cuando quiere, y en disfrazarse como un histrión, siempre que le entran ganas de aumentar el número de sus hijos, cosa que le ocurre muy a menudo.
Sabido es que los estoicos se creen casi dioses; pues bien: dadme uno de ellos que sea dos, tres, o, si queréis, mil veces estoico, y tened por seguro que yo no le haré cortar la barba, esa insignia de sabiduría que comparte con los machos cabríos, pero por lo menos haré que desarrugue el entrecejo y la frente, que abandone por un momento sus dogmas inmutables y que cometa alguna que otra tontería o extravagancia. En resumidas cuentas, a mí y a nadie más que a mí tendrá que acudir el sabio apenas quiera ser padre.
Mas ¿por qué no hablaros claro y sin ambages, según mi vieja costumbre? Decidme: ¿es acaso la cabeza, la cara, el pecho, la mano, la oreja o cualquier otra parte del cuerpo de las llamadas honestas la que pose la virtud de engendrar a los dioses y a los hombres? Me parece que no; la propagadora del género humano es más bien otra parte tan necia y ridícula que no se puede nombrar sin reírse. Este es, cabalmente, el manantial sagrado de donde fluye la vida con más verdad que del cuaterno de Pitágoras . Porque ¿qué hombre?, decidme, ofrecería su cabeza al yugo del matrimonio si, como suelen hacer los sabios, pensase antes seriamente en los inconvenientes de la vida conyugal, ni qué mujer consentiría que se le acercase un varón si conociese o examinase solamente los peligrosos dolores del parto, o las molestias de criar los hijos? Pues si debéis la vida a matrimonio, y el matrimonio se lo debéis a la Demencia, mi compañera, sacad la consecuencia de lo que me debéis a mí. ¿Qué mujer que ha sufrido una vez aquellos trabajos, quisiera volver a pasarlos si no fuera gracias a la virtud del Olvido? La misma Venus (pese a Lucrecio), no tendría fuerza ni poder sin mi ayuda.
Pues bien: de esta broma mía, irrisoria y ridícula, provienen los filósofos llenos de orgullo, a quienes hoy han sucedido los que el vulgo llama monjes, los purpurados reyes, los piadosos sacerdotes, los tres veces santísimos pontífices, y, en fin, toda esa turba de semidioses, tan numerosa que el Olimpo, con ser tan grande, apenas puede contener.
CAPITULO XII
El placer, como bien supremo
Poco supondría, sin embargo, haberos demostrado que yo soy el principio y la fuente de la vida, si no os demostrara además que todas las dichas de este mundo las debéis también a mi munificencia. ¿Qué sería, en efecto, la vida, si vida pudiera entonces llamarse, si se le quitara el placer? Veo que aplaudís. Bien sabía yo que ninguno de vosotros era bastante cuerdo, o, mejor, bastante necio, mas vuelvo a decir bastante cuerdo para no ser de mi opinión.
Los mismos estoicos, aunque es cierto que no desprecian el placer, saben disimularlo con gran sagacidad y decir de él mil perrerías cuando están delante de la gente, pero es sólo con el objeto de apartar a los demás del pastel y gustarlo ellos después a todo su sabor. Pero díganme, por Júpiter: ¿hay un solo día en la vida que no sea triste, monótono, insípido, aburrido y molesto, si no se le adereza con el placer, es decir, con la salsa de la necedad? El testimonio de Sófocles, nunca bastante ponderado, sería en verdad suficiente para probarlo. Pues él fue el autor de aquel hermosísimo elogio que hizo de mí, al decir que la vida más agradable sólo se alcanza no sabiendo absolutamente nada.
Pero esto no basta; hay que probar ahora en particular todo lo dicho.
CAPITULO XIII
Beneficios que ésta reporta a la vejez
Nadie ignora que la primera edad del hombre es la más venturosa y la más grata de todas. Y ¿qué es lo que vemos en los niños que nos mueve a besarlos, a abrazarlos, a acariciarlos, y que hace que nos parezca que hasta tienen la virtud de desarmar al enemigo, sino el atractivo de la necedad, con que la prudente Naturaleza ha adornado las frentes de los recién nacidos, a fin de que puedan pagar en placer los trabajos de la crianza y conquistar por su amabilidad la protección que necesitan?
Y la juventud, edad que sucede a la infancia, ¡cuán placentera es a todos! ¡Como es por todos festejada! ¡Con qué solicitud se la ayuda y con qué interés se le tiende una mano en su auxilio! Pregunto yo ahora: ¿De dónde proviene este encanto de la juventud sino de mí, a quien se debe que los que menos saben sean, por ello mismo, los que menos se enojen? Tendríaseme por embustera si no añadiese que, a medida que el adolescente va entrando en años y la experiencia de las cosas y el estudio de las ciencias le hacen adquirir algunos conocimientos, comienza también a marchitarse su hermosura, a languidecer su gallardía, a enfriarse su donaire y a disminuir su vigor. Cuanto más se aparta de mí, menos va viviendo cada día, hasta que, al fin, llega a la refunfuñadora vejez, edad tan molesta, no sólo para los demás, sino también para sí mismo, que ningún mortal podría soportarla si yo, compadecida nuevamente de sus trabajos, no le echase la mano. Pues como los dioses de que nos hablan los poetas, suelen salvar en los peligros a sus protegidos mediante alguna metamorfosis, así yo, cuando los veo próximos al sepulcro y en cuanto me es posible, los torno a la infancia; razón por la cual la gente suele llamar a la vejez segunda infancia.
Si alguien desea saber cómo hago este rejuvenecimiento, no voy a ocultarlo. Para hacerlo, condúzcolos a las márgenes del Leteo, río que nace en las islas Afortunadas (pues por el Infierno no corre más que un pequeño riachuelo), para que allí, bebiendo a grandes sorbos el agua del Olvido, vayan poco a poco aminorando sus cuidados y vuelvan a la juventud.
Se me objetará que esto no es otra cosa que hacerlos divagar y chochear. Lo concedo; pero precisamente por eso se convierten en niños; y ¿no es propio de ellos chochear y desvariar? ¿Que es más que el no saber lo que hace que esa edad sea tan deleitosa? ¿Quién no detestará y abominará como una monstruosidad que la infancia tenga una sabiduría prematura? De ahí el conocido proverbio del vulgo: “Odio al niño demasiado listo.''
¿Quien aguantaría la amistad o el trato de un anciano que a su gran experiencia del mundo uniese la plenitud de sus facultades mentales y el rigor de sus críticas? Por tanto, beneficio es por parte mía hacer chochear a la vejez. Fuera de esto, la aparto por tal medio de las preocupaciones que el mismo sabio no puede evitar, con lo cual el viejo no deja de ser buen compañero de bebienda, no siente el tedio de la vida, que apenas soporta la edad más vigorosa, y si no torna algunas veces hasta a deletrear el verbo “amar” como el vejete de Plauto, lo considera como cosa desgraciada. Y mientras tanto, el viejo es feliz gracias a mi favor; es agradable para los amigos y no carece de gracia en las francachelas. Según Homero, los labios de Aquiles no destilaban más que hiel, mientras que de la boca de Néstor fluían palabras más dulces que la miel, y los ancianos que se congregaban en la puerta occidental de las murallas de Troya se entregaban a apacibles conversaciones.
Considerada desde este aspecto, la vejez supera a la infancia, edad dichosa, sin duda, pero, al fin y al cabo, infantil, ya que le faltan esas charlas amenas, principal recreo de la vida. Conviene observar que los viejos quieren con frenesí a los niños, y éstos a los viejos, sin duda porque (como dice el poeta Homero) “los dioses se complacen en poner siempre juntos a los que se semejan''. ¿En qué otra cosa se diferencia sino en que el viejo tiene más arrugas y más años? Por lo demás, todo es igual entre ellos: cabellos descoloridos, boca desdentada, cuerpo pequeño, apetencia de la leche, balbuceo, charlatanería, frivolidad, olvido de las cosas y falta de reflexión. Cuanto más avanza el hombre hacia la vejez, más va pareciéndose a los niños, hasta que, al igual de éstos, el viejo se va al otro mundo sin sufrir el cansancio de la vida y sin sentir la muerte.
CAPITULO XIV
Los beneficios de la Necedad son superiores a los de los dioses,
porque hace duradera
la juventud y aleja la vejez
Después de esto, compárese este beneficio que yo dispenso con las metamorfosis que operan los dioses, y no me refiero a las que hacen cuando están airados, sino a las que ejecutan en las personas; los más benévolos suelen transformarlas ya en árbol, ya en ave, ya en cigarra, y hasta en serpiente. ¡Como si el ser otra cosa de lo que se es no fuera ya una especie de muerte! Yo, en cambio, devuelvo a los mismos hombres lo mejor y más feliz de su existencia, y en verdad os digo que, si rompieran toda relación con la sabiduría y en todas las edades se guiaran por mí, no envejecerían y gozarían dichosos de una juventud perpetua.
¿No veis esos rostros pálidos entregados al estudio de la Filosofía o a serios y arduos negocios, ya envejecidos, por lo general, antes de llegar a la plena juventud, a causa del trabajo y de la tensión incesante del pensamiento que ha agitado en ellos el espíritu y ha secado la savia de sus vidas? No así son mis necios, regordetes, lúcidos y rebosantes de salud en su piel, como verdaderos cerdos acarnienses ; desde luego, no experimentan ninguna de las incomodidades de la vejez, a menos que, como a veces acontece, se inficionen con el contagio de la sabiduría. ¡Tan verdad es que nada amarga tanto la vida del hombre como no poder lograr felicidad completa! En apoyo de lo que acabo de decir, os citaré el adagio vulgar que dice: ”La necedad es la única cosa que detiene la fugacísima juventud y retarda la pesada vejez.'' Con razón los de Brabante han practicado esto, según opinión del vulgo, pues dicen que, así como los demás hombres, con los años, adquieren la sensatez, ellos, a medida que envejecen, van haciéndose más necios, y sabido es que no hay otra nación que tome la vida tan en broma ni que sienta menos las tristezas se la senectud. Con ellos tienen mucho parecido mis holandeses, tanto por la próxima vecindad como por sus costumbres, y digo mis holandeses, porque me rinden un culto tan asiduo que hasta del pueblo merecieron un apodo que, lejos de avergonzarse de él, se lo adjudican como un honor.
¡Id ahora, oh estúpidos mortales, en busca de las
Medeas , de las Circes , de las Venus y de las Auroras, de no sé qué
fontana, a pedirles los restituyan a su primera juventud! ¿No comprendéis
que yo soy la única que puedo y suelo darla, la única que poseo
aquel mágico
elixir con el que la hija de Memnón prolongó los días de
su abuelo Titono, que yo soy la Venus a quien Faón debió su rejuvenecimiento,
de tal modo que a Safo enloqueció de amor, que son mías las hierbas
maravillosas, si es que las hay de esta clase, que es a mí a quien dirigen
todas sus súplicas, y que mía es, en fin, la fuente divina que
no sólo devuelve la pasada juventud, sino, lo que es mejor aún,
la conserva perpetuamente?
Si todos vosotros, pues, estáis conformes conmigo en que nada hay tan deseable como la juventud, ni nada más detestable que la vejez, creo que reconoceréis cuánto me debéis a mí, a mí, que hago duradero tanto bien y evito tanto mal.
CAPITULO XV
Necedad de los dioses
Pero ¿por qué hablar más de los tales? Trasladémonos al Empíreo, y consiento en que hasta mi nombre sea un oprobio para mí si se encuentra en uno solo de los dioses algo que no sea áspero y despreciable, como no sea con mi ayuda. ¿Por qué Baco, si no, ha sido siempre un mancebo de poblada cabellera? Pues, sencillamente, porque, pasándose toda la vida en insensateces y borracheras, en banquetes, danzas, canciones y fiestas, no se permite el más ligero trato con Palas; mas, por el contrario, la tiene a tanta distancia para pasar por un sabio, que prefiere que se le honre únicamente con burlas y con farsas, y no se ofende por el sobrenombre de fatuo que le da un proverbio griego cuando se dice de él que es más necio que una cabeza pintarrajada con heces, por alusión a la costumbre que tienen los vendimiadores de embadurnar en sus fiestas con mostos y con zumo de higos frescos la estatua sedente del dios colocada a la puerta de los templos. Y ¡qué injustas burlas no se han hecho contra él en las antiguas comedias! ``¡Oh insulso dios ---exclaman---, digno de haber nacido del muslo de Júpiter!'' A pesar de todo, ¿quién no preferiría ser como él, insulso y fatuo, siempre alegre, siempre joven, distrayendo siempre a todos entre pasatiempos y regocijos, a ser como ese solapado Júpiter, ante el que todos tiemblan, o como el viejo Pan, que todo lo envenena con sus terrores repentinos, o como el ruin Vulcano, lleno siempre de tizne de carbón y siempre trabajando en su fragua, o como la misma Minerva, terrible por su lanza y escudo, y mirando siempre de través?
¿Y Cupido? ¿Por qué siempre es un niño sino por su simpleza, que le lleva a no pensar ni hacer nada con cordura? ¿Por qué la blonda Venus renueva constantemente su belleza? Sin duda, porque tiene conmigo cierta afinidad, de donde proviene que sacase el color de mi padre, y por esta razón fué llamada por Homero “áurea Venus”; además, siempre se nos muestra risueña, si hemos de creer a los poetas y a sus émulos, los escultores. ¿Tuvieron, por ventura, los romanos otro culto más fervoroso que el de Flora, madre de todas las voluptuosidades?
Con todo, si se lee atentamente en Homero y en otros vates la vida de los dioses más austeros, se verá que descubren la necedad en todas las acciones. ¿Para qué recordar los amores y devaneos de Júpiter Tonante, o los de aquella severa Diana que, olvidada del recato de su sexo, no iba tanto a la caza de animales como a la de Endimión, por cuyo amor se moría? Oiga el que quiera a Momo reprocharle sus bellaquerías, pues él fué el que antiguamente se las echaba en cara con frecuencia y quien les dio motivo para que, enojados en medio de su felicidad por las importunaciones de su sabiduría, le precipitasen sobre la tierra, como hicieron también con Ate, diosa del mal; ningún mortal, desde entonces, ha querido dar hospitalidad al desterrado, y mucho menos los reyes en sus palacios, en donde ocupa el primer puesto mi compañera la Adulación, que no tiene con Momo más semejanza que el cordero con el lobo y así los dioses, libres de este importuno, y no teniendo ningún otro censor de sus acciones, pudieron divertirse más dulce y desahogadamente o, como dice Homero, como les dió la gana.
¿Qué entretenimientos no ofrece aquel hortelano Príapo? ¿Qué diversiones no proporcionan los engaños y raterías de Mercurio? ¿Y no es Vulcano el que en los banquetes de los dioses acostumbra hacer de bufón, y ya su cojera, ya sus patochadas, ya sus ridículas salidas, hacen desternillarse de risa a aquellos beodos? Sileno, el famoso viejo enamorado, suele bailar el lascivo cordax con Polifemo, que brinca que se las pela, mientras las Ninfas apenas tocan la tierra con sus pies; los Sátiros semicabras representan las impúdicas atelanas; Pan, con tal cual estúpida canción, hace reír a todo el mundo, porque los dioses prefieren oír su canto antes que el de las Musas, sobre todo cuando el vino se les sube a la cabeza. ¿Os diré lo que los dioses, ya bien bebidos, hacen al final de sus festines? ¡Por Hércules! Tantas necedades realizan que no puedo, al recordarlas, contener la risa.
Pero sobre este asunto más vale callar, como Harpócrates, no sea que algún dios acechón, nos oiga contar estas cosas, por decir las cuales el mismo Momo fue castigado.
CAPITULO XVI
Supremacía de la Necedad sobre la razón
Hora es ya de que, a ejemplo de Homero, dejando las llanuras etéreas, volvamos nosotros a la tierra, para que os muestre que, aquí como allí, no hay nada alegre ni feliz sin mis favores.
Notad primeramente con cuánta solicitud ha provisto la madre Naturaleza, creadora del género humano, para que nunca faltase el aderezo de la necedad. Si es verdad, según los definidores estoicos, que la sabiduría consiste en seguir la razón, y la Necedad, por el contrario, en dejarse llevar por las pasiones, ¿no lo es menos el que Júpiter, para que la vida no fuera triste y amarga, nos dió más inclinación a las pasiones que a la razón, lo que va de media onza a una libra? Por eso relegó la razón a un pequeño rincón de la cabeza, mientras que llevó el desorden a lo restante del cuerpo, y además le opuso dos como tiranos violentísimos: la ira, que tiene la sede de su imperio en el corazón, fuente de la vida, y la concupiscencia, que tiende su dominio hasta más abajo de la región abdominal. Cuanto pueda la razón contra estas dos fuerzas gemelas decláralo suficientemente la conducta ordinaria de los hombres, pues aunque clame ella indicando el recto camino hasta ponerse ronca y dicte normas de honestidad, las otras se rebelan contra esta pretendida reina, y gritan más fuerte que ella, hasta que un día, cansada ya, acaba por rendirse a ellas.
CAPÍTULO XVII
La mujer, encarnación de la Necedad
Sin embargo, como quiera que el varón estuviese destinado a gobernar las cosas de la vida, era preciso que tuviese algo más de ese adarme de razón que en él se infundió, y teniendo Júpiter que consultar el caso, heme aquí, como otras muchas veces, llamada a consejo. En verdad que pronto di uno digno de mí, a saber: que se diera una mujer al hombre. Es la mujer un animal inepto y necio; pero, por lo demás, complaciente y gracioso. De modo que su compañía en el hogar suaviza y endulza con su necedad la melancolía y aspereza de la índole varonil. Y así Platón, al vacilar entre incluir a la mujer en la categoría de los animales racionales o en la de los irracionales, no se propuso más que señalarnos la insigne necedad de este sexo.
Si, por ventura, alguna mujer quisiera sentar plaza de sabia, no conseguiría sino ser dos veces necia; es como si, a despecho de Minerva, se enviara un buey al gimnasio; porque todo aquel que contra su naturaleza toma las apariencias de la virtud, torciendo su innata inclinación, no logra sino que el vicio aparezca más de bulto. Del mismo modo que, como dice un proverbio griego, ”aunque la mona se vista de seda, mona se queda", así la mujer será siempre mujer; es decir, necia, disfrácese como se disfrace.
A pesar de ello, no creo que las mujeres sean tan tontas que vayan a enfadarse conmigo por el mero hecho de que una mujer, es más, la misma Necedad en persona, les reproche su necedad, porque si bien lo miran, es a la Necedad a quien deben el ser por múltiples razones mucho más dichosas que los hombres. Tienen, en primer lugar, el privilegio de la hermosura, que con razón anteponen a todas las cosas, y por cuya virtud ejercen tiranía aun sobre los mismos tiranos. ¿De dónde creéis que procede la disposición desaliñada del varón, su piel velluda y su espesa barba, que le dan aspecto de vejez, aun siendo joven, sino del hábito de la cordura, mientras que en la mujer siempre advertimos sus mejillas imberbes, su voz siempre fina y su cutis delicado, como si fuese la imagen de una perpetua juventud? En segundo término, ¿qué otra cosa ambicionan más las mujeres en la vida que agradar mucho a los hombres? ¿No tienden a este fin sus adornos, sus tintes, sus baños, sus peinados, sus afeites, sus perfumes y cuantos artificios emplean para componerse, pintarse y fingir el rostro, los ojos y el cutis? Por consiguiente, ¿hay algo que las haga más recomendables a los hombres que la necedad? ¿Hay algo que éstos no les permitan? ¿Y a cambio de qué, sino del deleite? Lo que deleita, pues, en las mujeres no es otra cosa que la necedad, y así no habrá nadie, piense como quiera en su interior, que no disculpe las tonterías que el hombre dice y las monerías que hace cuantas veces lo disponga el apetito de la hembra.
Ya sabéis, por tanto, cuál es el manantial del primero y principal placer de la vida.
CAPITULO XVIII
Importancia de la Necedad en los banquetes
Pero hay algunos, principalmente entre los viejos, bebedores más bien que mujeriegos, los cuales cifran en la mesa su placer primordial. Discutan otros si un banquete sin mujeres puede tener algún encanto; pero lo que puede afirmarse, desde luego, es que ninguno será agradable sin la salsa de la necedad, hasta tal punto, que si en él no se encuentra por lo menos uno que con necedad natural o simulada haga reír a los demás, se pagará a algún bufón o se invitará a algún ridículo parásito que a fuerza de patochadas, es decir, con frases necias, sepa ahuyentar de la fiesta el silencio y la tristeza.
Porque, mirándolo bien, ¿qué placer habría en llenar la panza de toda clase de confituras, manjares y golosinas si los ojos, los oídos y el alma toda no recibiesen también su refacción de risa, bromas y donaires? De esta clase de postres yo soy única repostera, porque es indudable que las ceremonias de los banquetes, el sorteo para elegir al rey del festín, el juego de los dados, los brindis recíprocos, las rondas de vino, el cantar con el mirto, el danzar y hacer pantomimas, no fué inventado por los siete sabios de Grecia, sino por mí para la salud del género humano.
Bien miradas, pues, estas cosas, hay que decir que cuanto más tienen de necias, tanto mejor se vive, que no sé cómo pueda llamarse vida cuando es triste, y triste, en verdad, tiene que ser la vida si no se la libra de la tristeza, hermana melliza del hastío, con toda clase de deleites.
CAPITULO XIX
La Necedad es la base unitiva de la amistad
Habrá, tal vez, algunas personas que, desdeñando los deleites de la mesa, complácense en el amor y trato de los amigos, diciendo y repitiendo que la amistad se ha de anteponer a todo, porque es una cosa tan necesaria que no lo son más ni el aire, ni el fuego, ni el agua; tan agradable, que prescindir de ella valdría tanto como prescindir del sol, y, finalmente, tan honesta, si es que el serlo viene al caso, que los mismos filósofos no vacilan en colocarla entre los primeros y principales bienes.
Pero ¿cuál sería vuestra admiración
si os demuestro que yo también soy el principio y el fin de este inmenso
beneficio? Y os lo voy a probar, no valiéndome de crocodilites, sorites,
ceratines ni de ningún otro género de argucias dielécticas,
sino de una
manera vulgar y mostrándolo como con el dedo.
Decidme: Hacer la vista gorda, confiarse demasiado, cegarse,
dejarse alucinar por los defectos de los amigos y, a veces, tomar y admirar
como virtudes sus mayores vicios, ¿no es algo muy parecido a la necedad?
El amante que besa con ardor un lunar de su
querida, el que saborea el fétido aliento de su Inés, el padre
que no encuentra más que un pequeño estrabismo en su hijo bizco,
¿qué es todo esto sino pura necedad? Sí, digámoslo
muy alto: se trata de la necedad; pero esta sola necedad es la que une y conserva
los lazos de la amistad.
Mas fijaos que me refiero a la generalidad de los hombres, de los cuales ninguno nace sin defectos, siendo el mejor de todos aquel que tiene menos, pues en los sabios, gente endiosada, o no arraiga la amistad o la vuelven desagradable e insípida, y aun así, no admiten en intimidad más que a escasas personas, por no decir que a ninguna. Y la razón es obvia: como la mayoría de los mortales desatinan -es más: deliran de mil maneras-, y la amistad sólo se entabla entre semejantes, resulta que, si alguna vez una mutua simpatía aproxima a aquellos austeros personajes, tal simpatía jamás podrá ser constante ni duradera tratándose de esos enojosos espías que andan siempre acechando las faltas de sus amigos con una vista tan penetrante como el águila o como la serpiente de Epidauro; en cambio, ¡qué ciegos son para los suyos, y cuán poco ven el seno de la alforja que les cuelga a la espalda!
Así, pues, dado que la condición humana es tal que no se hallará nadie, sin excluir a los hombres de gran talento, que no tenga grandes defectos; dado que los caracteres y gustos difieren tanto; dado que la vida está sembrada de tantos errores, de tantos desaciertos y de tantos peligros, ¿cómo podrían gozar estos argos una hora seguida de la dulce amistad si no la mantuviese lo que los griegos llaman con tanta exactitud la “ingenuidad”, es decir, la necedad, o, si queréis, la indulgencia para con las debilidades del prójimo?
¿Qué más? ¿No es Cupido, padre y autor de toda simpatía, quien, completamente ciego, toma lo feo por hermoso, y de la misma manera hace que cada uno de vosotros encuentre bello lo que ama, y consigue que el viejo quiera a la vieja como el mozo a la moza? Pues esto es lo que constantemente sucede en el mundo y causa risa; no obstante, esto, que es ridículo, es lo que forma y une la agradable sociedad de la vida.
CAPITULO XX
La Necedad es la conciliadora del matrimonio
Lo que he dicho de la amistad puede aplicarse con mayor razón
al matrimonio, puesto que éste no es más que la unión de
dos vidas en una sola. ¡Oh dioses inmortales! ¡Cuántos divorcios,
o cosas aún peores que el divorcio, se verían a cada paso si mis
satélites la Adulación, la Chanza, la Indulgencia, el Engaño
y el Disimulo no viniesen a sostener y conservar las costumbres y el vivir conyugal!
¡Ah!, ¡qué pocos matrimonios habría si el novio, obrando
como prudente, indagase a qué juegos había jugado antes de casarse
la delicada doncellita, tan modesta y púdica en apariencia, y cuántos
menos permanecerían unidos si no quedasen ocultas muchas hazañas
de las mujeres, gracias al descuido y la estolidez de los esposos! Es cierto
que todo esto es efecto de la necedad; pero no lo es menos que a ella se debe
que el marido pueda soportar a la mujer y la mujer al marido, que la casa ande
tranquila y que en ella reine la concordia. La gente se ríe del infeliz
que enjuga con sus besos las lágrimas de la adúltera, y le llama
cornudo, consentido, ¡qué se yo cuántas cosas más!
Pero ¿no es preferible engañarse de esta suerte a dejarse consumir
por los celos y convertirlo todo en escena de tragedia?
CAPITULO XXI
La Necedad, vínculo de toda sociedad humana
En suma, sin mí no habría sociedad posible ni relaciones sólidas y agradables en la vida; sin mí, a la verdad, el pueblo no soportaría largo tiempo a su príncipe, el señor a su criado, la criada a su dueña, el discípulo a su preceptor, el amigo a su amigo, la esposa a su marido, el mesonero a su huésped, el compañero a su compañero ni el convidado al anfitrión; si no se engañaran mutuamente, se adularan unos a otros y usaran de complacencia, frotándose recíprocamente con la miel de la necedad. Sé que todo esto lo juzgáis extraordinario; pero vais a oír algo más extraordinario todavía.
CAPITULO XXII
Papel que desempeña Filaucia (el Amor Propio), hermana carnal de la Necedad
Decidme, yo os ruego: ¿Puede amar a alguien el hombre que se odia a sí mismo? ¿Puede estar de acuerdo con otro quien no lo está consigo? ¿Es posible que agrade a los demás el que para sí sea molesto e insoportable? Creo que no habrá quien lo afirme, como no sea más necio que la Necedad. Y aún añado que si se prescindiese de mí, de tal modo nadie podría soportar a otro, que cada cual se apestaría a sí mismo, de sí propio sentiría asco y a sí propio se odiaría, ya que la Naturaleza, que no pocas veces más bien que madre es madrastra, ha dispuesto de tal manera el espíritu de los mortales, principalmente de los menos sensatos, que los incita a despreciar lo suyo y a admirar lo ajeno, lo cual es motivo de que todas las buenas cualidades y todos los atractivos y encantos de la vida se malogren o perezcan. ¿De qué serviría, por ejemplo, la hermosura, ese raro don de los dioses, si se contaminase con la mancha de la afectación? ¿De qué la juventud si la corrompiese el humor avinagrado de la vejez? Y puesto que la belleza debe ser reputada, no sólo como el principio esencial del Arte, sino también de todas nuestras acciones, ¿qué es lo que el hombre lograría realizar bellamente, ya para sí, ya para los demás, si no le tendiese su mano el Amor Propio, es decir, Filaucia, que se sienta a mi diestra y que bien puedo llamar mi hermana, porque con tanta diligencia me suple en todas partes? ¿Hay algo que sea más necio que la complacencia y la admiración de sí mismo? Y, sin embargo, si estáis descontentos de vosotros, ¿qué es lo que podría hacer con gentileza, con gracia y con dignidad? Quitad este estímulo del amor propio, y al punto el orador languidecerá en su acción; el músico no conseguirá emocionar a nadie con sus cadencias; el actor, con todo su dominio escénico, no recogerá más que silbidos; el poeta y sus Musas serán objetos de irrisión, y el pintor y su arte, desdeñados; el médico, con todas sus drogas, se morirá de hambre, y, en fin, veremos convertidos al lindo Nireo en el feísimo Tersites, al rejuvenecido Faón en el anciano Néstor, a Minerva en cerdo, al locuaz en balbuciente y al cortés en patán. ¡Tan necesario es que cada cual se lisonjee a sí mismo y se procure su estimación antes de buscar el aprecio de los demás!
En fin, como la primera condición de la felicidad consiste en ser cada uno lo que quiere ser, mi hermana Filaucia da para ello grandes facilidades y abrevia el camino haciendo que nadie se queje de su fisonomía, ni de su ingenio, ni de su nacimiento, ni de su estado, ni de su educación, ni de su patria, de tal manera que el irlandés no quiera cambiar por el italiano, ni el tracio por el ateniense, ni el escita por el nacido en las islas Afortunadas. Y ¡oh admirable solicitud de la Naturaleza, que en tanta variedad de cosas todo lo iguala! Si ella niega a alguno ciertos dones, a ése precisamente le concede Filaucia alguna mayor parte de los suyos..., aunque en verdad que al hablar así hablo neciamente, ya que los dones de Filaucia son los más importantes que se pueden apetecer.
No necesito, mientras tanto, deciros que no hay ninguna magna empresa sin mi estímulo, ni artes o ciencias que yo no haya inventado.
CAPITULO XXIII
La Necedad es la causa de la guerra
No es la guerra el germen y la fuente de todos los hechos memorables?
Y, sin embargo, ¿qué hay más necio que empeñarse
en una de esas luchas sin saber por qué, de dónde ambos bandos
sacarán siempre mayor perjuicio que utilidad, y en las que los que sucumben,
como se decía de los megarenses, nada significan? Cuando dos ejércitos
están frente a frente y resuena el ronco estridor de los clarines, ¿de
qué servirían esos sabios consumidos por el estudio, cuya sangre,
débil y helada, apenas puede sostener su espíritu? Entonces, los
que se necesitan son robustos y bien
alimentados, que tengan más audacia que inteligencia, a no ser que se
prefieran guerreros como Demóstenes, quien, siguiendo el consejo de Arquíloco,
apenas divisó al enemigo, tiró el escudo y huyó, mostrándose
tan cobarde soldado como formidable orador. Mas la inteligencia, se dirá,
es de gran importancia en la guerra; indudablemente, y así lo reconozco
por lo que al jefe se refiere, y aun en este caso se necesita una inteligencia
militar y no filosófica. Por lo demás, los truhanes, los alcahuetes,
los ladrones, los asesinos, los villanos, los imbéciles, los petardistas
y aquellos que se llaman la hez del pueblo, son los que llevan a cabo empresas
tan preclaras, pero nunca las lumbreras de la Filosofía.
CAPITULO XXIV
Inutilidad de los sabios para todos los menesteres de la vida
De cuán inútiles sean los sabios para todos los menesteres de la vida puede servir de ejemplo el mismo Sócrates, juzgado, aunque con poco acierto, como sabio único por el oráculo de Apolo, y el cual, habiendo querido tratar en público no sé qué asunto, tuvo que retirarse en medio de la rechiflada general de su auditorio. Verdad es que este varón no había perdido el juicio completamente, porque nunca quiso admitir para sí el título de sabio, atribuyéndolo sólo a Dios, y porque estimaba que el sabio debía mantenerse apartado de la política, aunque hubiera hecho muchísimo mejor enseñando, que el que aspire a vivir entre los hombres debe abstenerse de toda sabiduría. ¿Qué fué sino su sabiduría lo que le llevó a ser víctima de una acusación y condenado a beber la cicuta? Mientras filosofaba cerca de las nubes y de las ideas, y contaba los pasos de una pulga, y se extasiaba con el zumbido de un mosquito, no aprendía aquellas cosas que le eran más necesarias para la vida.
Y Platón, su discípulo, ¿cómo defendió
a su maestro? ¡Como abogado! Y por eso, atolondrado por los gritos de
la muchedumbre, apenas si pudo acabar su primer período. ¿Qué
diré ahora de Teofrasto, que al empezar cierta arenga enmudeció
de repente, como si hubiese visto a un lobo? Isócrates, que era capaz
de animar a
los soldados en un campo de batalla, era de tal timidez, que jamás se
atrevió a chistar en público. Marco Tulio Cicerón, el príncipe
de la elocuencia romana, temblaba y balbucía como un niño cuando
comenzaba sus discursos, y, por más que diga Fabio Quintiliano que esta
timidez es propia de un orador inteligente y conocedor del peligro, no es posible
decir esto sin reconocer abiertamente que la sabiduría es un obstáculo
para hacer las cosas con perfección.
¿Qué habrían hecho estos sabios de haberse visto en el
trance de combatir con las armas, si se morían de miedo cuando tenían
que combatir con meras palabras?
A pesar de ello, se ensalza (¡sea!) aquella famosa sentencia de Platón: “¡Qué felices serían los pueblos si los reyes fueran filósofos, o los filósofos reyes!'' Pero si consultáis la Historia, os convenceréis de que nunca ha habido gobiernos más funestos para las naciones que aquellos en que el Poder cayó en manos de algún filosofastro o de algún aficionado a las letras, de lo cual creo son suficiente testimonio los Catones, uno de los cuales trastornó la República con denuncias insensatas, y el otro echó por tierra hasta los cimientos de la libertad del pueblo romano, por defenderla con demasiada sabiduría. Añadid a éstos los Brutos, los Casios, los Gracos y hasta al mismo Cicerón, que no fué menos pernicioso para la República romana que Demóstenes para la ateniense. Marco Aurelio Antonio, aun concediendo que fuese un buen emperador -si bien podría ponerlo en duda, porque, por haber sido filósofo tan consumado, su mismo nombre se había hecho antipático y odioso a los ciudadanos-, pero aun concediendo, repito, que fuese bueno, es indudable que el gobierno de su hijo Commodo resultó tan desastroso para Roma, cuanto saludable había sido el del padre, porque es de notar que todos los que se entregan al estudio de la sabiduría, siendo infelicísimos en las cosas del mundo, lo son singularmente en la procreación de sus hijos, en lo cual, a mi juicio, la previsora Naturaleza procura que el mal de la sabiduría no invada la especie humana y, por eso, Cicerón tuvo un hijo degenerado, como es sabido, y los del sabio Sócrates salieron más a la madre que al padre, según lo ha hecho notar cierto autor, lo cual vale tanto como decir que fueron tontos.
CAPITULO XXV
Continúa la misma materia
Pudiera, sin embargo, tolerarse a los sabios el desempeño de los cargos públicos, aunque nos hiciesen el efecto de asnos tocando la lira, con tal que en los restantes negocios mostraran singular maestría; pero llevad un sabio a un banquete, y es seguro que aguará la fiesta con su melancólico silencio o con sus impertinentes cuestioncillas; hacedle bailar, y creeréis ver saltar a un camello; conducidle a un espectáculo, y sólo mirarle a la cara bastará para que nadie se divierta y, como al sabio Catón, se le rogará que abandone el teatro, ya que no puede desarrugar el entrecejo; si cae en medio de una conversación, caerá de improviso como el lobo de la fábula; si se trata de compras, de convenios, en una palabra, de alguna de esas cosas de las que no puede prescindirse en la vida diaria, diríais que nuestro sabio más parece un tronco que un hombre.
Por tanto, como es del todo inhábil para las cosas ordinarias y discrepa enteramente de las opiniones y de las costumbres del vulgo, resulta absolutamente inútil para sí, para los suyos y para la patria; por lo cual se comprende también que tal diferencia de conducta y de sentimientos debe hacerle aborrecible para todo el mundo. Así, pues, como nada hay en el mundo que no esté lleno de necedad, y hecho por necios y para necios, yo aconsejaría a aquel que pretendiera ir contra la corriente que, imitando a Timón, el misántropo, se vaya a un desierto, y allí solito podrá refocilarse con su sabiduría.
CAPITULO XXVI
Importancia política de la Necedad
Mas, volviendo a mi propósito, ¿qué fuerza ha podido reunir en ciudades a hombres salvajes, rudos e ignorantes, sino la adulación? No otra cosa significan las simbólicas cítaras de Anfión y de Orfeo. ¿Qué fué lo que devolvió la tranquilidad a la plebe romana, cuando ya estaba próxima a sucumbir? ¿Acaso un discurso filosófico? Nada de eso, sino el pueril y ridículo apólogo del vientre y de las demás partes del cuerpo, de análoga virtud que el otro de Temístocles sobre la zorra y el erizo. Ninguna disertación filosófica llegaría a producir un efecto semejante al que produjo aquella fábula de la cierva de Sertorio, o la de los perros de Licurgo, o también aquella otra, digna de risa, sobre la manera de arrancar los pelos de la cola del caballo del mismo Sertorio, y no quiero decir nada de Minos y de Numa, que gobernaron al pueblo necio con sus fabulosas invenciones. Tales son las tonterías que exaltan a esa enorme y poderosa bestia que llamamos pueblo.
CAPITULO XXVII
La vida humana no es más que un juego de necios
Pero, además, ¿qué estados quisieron adoptar alguna vez las leyes de Platón o de Aristóteles o las máximas de Sócrates? ¿Qué fué lo que determinó a los dacios a sacrificarse espontáneamente a los dioses manes, y lo que arrastró a Quinto Curcio hasta el abismo sin la vanagloria, esa encantadora sirena tan extraordinariamente vilipendiada por aquellos filósofos? Porque ellos os dicen que nada hay más necio que un candidato que halaga al pueblo para obtener sus votos, comprar con prodigalidades sus favores, andar a caza de los aplausos de los tontos, complacerse con las aclamaciones, ser llevado en triunfo como una bandera, y hacerse levantar una estatua de bronce en medio del Foro. Agregad a esto, continúan, la adopción de nombres y sobrenombres, los honores divinos otorgados a gentes que apenas merecen el calificativo de hombres, y los que en las públicas ceremonias se dedican a tiranos infames, equiparándolos a los dioses, y dígase si todo esto no es tan rematadamente necio, que no bastaría un solo Demócrito para reírse de ello. Y yo contesto: ¿Quién lo niega? Mas, a pesar de ser así, esa necedad es el manantial de donde nacieron los hechos famosos de los grandes héroes que han exaltado hasta las nubes los oradores y literatos; y ella es la que engendra las naciones, conserva los imperios, las leyes, la religión, las asambleas y los tribunales, porque la vida humana no es otra cosa que un juego de necios.
CAPITULO XXVIII
Las artes, fruto de la vanagloria
Ahora diré algo sobre las artes. ¿Qué es, decidme, lo que mueve al ingenio humano a cultivar tales disciplinas, tenidas como excelsas, y a transmitirlas a la posteridad? ¿No es la sed de gloria? De tantas vigilias y fatigas creyéronse resarcidos algunos hombres verdaderamente necios con no sé qué fama, que es la cosa más quimérica de la tierra. Pero vosotros no olvidéis, entre tanto, cuántas son ya las ventajas excelentes de la vida que debéis a esta necedad y, sobre todo, la que es mucho más agradable, a saber: saborear la necedad de los demás.
CAPITULO XXIX
La verdadera prudencia se debe a la Necedad
Así, pues, después de haber reclamado para mí las excelencias del valor y del ingenio, ¿qué diríais si reclamase también las de la prudencia? Alguno pensará que esto es querer demostrar que el agua puede mezclarse con el fuego; no obstante, yo espero salir con mi propósito, si, como hasta aquí, me seguís concediendo vuestra benévola atención.
En primer lugar, si es cierto que la prudencia consiste en el uso que se hace de las cosas, ¿a quién debe aplicarse con más propiedad el nombre de prudente: al sabio, que en parte por modestia, en parte por timidez de carácter, no se atreve a emprender nada, o al necio, a quien ni la vergüenza de que carece, ni el miedo al peligro, que nunca se para a considerar, le hacen que ante nada retroceda? Refúgiase el sabio en los libros de los antiguos, de lo que no saca más que un mero artificio de palabras, mientras que el necio, arrostrando de cerca los peligros, adquiere, si no me equivoco, la verdadera prudencia. Homero, aunque ciego, parece que vió esta cuestión del mismo modo, cuando dijo que “el necio no conoce más que los hechos". Dos obstáculos hay, principalmente, que dificultan el conocimiento de las cosas: la vergüenza, que ofusca el espíritu, y el miedo, que, presentando el peligro, disuade de acometer las grandes acciones. De ambos os libra maravillosamente la Necedad; pero son pocos los hombres que comprenden las múltiples ventajas que proporciona el no avergonzarse por nada y el atreverse a todo. Y si acaso hubiere entre vosotros algunos de esos que prefieren adquirir aquella prudencia que consiste en una búsqueda, a base de reflexión, del justo valor de las cosas, os ruego que me oigáis cuán lejos están de ella los que se escudan con su nombre.
Es preciso notar, desde luego, que todas las cosas humanas, como las Silenas de Alcibíades, tienen dos caras que no se parecen en nada, de tal modo, que si lo que es juzgado solamente por lo exterior se hubiera tomado por la muerte, es realmente la vida si se sondea el interior; y, al contrario, lo que es vida por fuera, es muerte por dentro; lo que es hermoso es feo; la opulencia, miserable; lo infame, glorioso; la sabiduría, ignorancia; lo fuerte, débil; lo noble, plebeyo; lo alegre, triste; lo próspero, adverso; la amistad, el odio; lo dañoso, saludable. En una palabra, abrid la Silena y todo cambia.
Si esto parece tal vez a alguno de vosotros demasiado filosófico, voy a hablaros de una manera más vulgar y a poner mis palabras al alcance de todos.
¿Quién no creerá que un rey es un hombre opulento y poderoso? Pero si su alma no está dispuesta para el bien ni está satisfecha con los tesoros que posee, es un rey verdaderamente muy pobre, y si está dominado por los vicios, es un vil esclavo. El mismo razonamiento valdría para otros muchos casos, pero basta para mi objeto el ejemplo anterior. Y ¿a qué viene todo esto?, dirá alguno. Escuchad la enseñanza que deduzco de ello:
Si cuando los actores están en escena se le ocurriese a alguno quitarles las máscaras para mostrar a los espectadores sus rostros verdaderos y naturales, ¿no trastornaría la comedia y no merecería que el público le arrojase del teatro a pedradas como a un loco de atar? Evidentemente, porque en un momento todo cambiaría de aspecto; la mujer no sería más que un hombre, y el joven, un viejo; el que poco antes era rey se convertiría en un esclavo, y el que hacía de Dios, era un pobre hombre. Pero al deshacer las apariencias se habría perturbado toda la comedia, porque precisamente los disfraces y el afeite son los que mantienen la atención de los espectadores.
Pues bien: ¿qué otra cosa es la vida humana sino una comedia como otra cualquiera, en la que cada uno sale cubierto con su máscara a representar su papel respectivo, hasta que el director de escena les manda retirarse de las tablas? Frecuentemente, éste hace representar al mismo actor diversos papeles, y así, el que acaba de aparecer bajo la púrpura de un rey, reaparece luego bajo los andrajos de un esclavo. Todo disimulado, cierta mente; pero la comedia no se representa de otro modo.
Si, pues, un sabio bajado del cielo apareciese de repente y comenzase a decir: ``Este, a quien todos creen dios y señor, no es ni siquiera hombre, porque dejándose arrastrar como un borrego por sus pasiones, en realidad es un esclavo de ínfima condición, puesto que se complace en servir a tantos y a tan infames amos; este otro, que llora la muerte de su padre, debería alegrarse, porque ahora es, verdaderamente, cuando éste comienza a vivir, ya que esta vida no es otra cosa que una continua muerte; aquel otro, orgulloso de su estirpe, plebeyo y bastardo se habría de llamar, porque está muy lejos de la virtud, que es la única fuente de nobleza". Si este sabio de mi ejemplo hablase de todo lo demás de la misma manera, ¿qué conseguiría sino ser tenido por todos por un loco de remate? Creedme: de la misma suerte que no hay nada más necio que la sabiduría importuna, nada hay tampoco más imprudente que la prudencia mal entendida, porque no entiende el asunto el que pretende que la comedia deje de ser comedia, y no sabe acomodarse al tiempo y a las circunstancias o, al menos, no quiere acordarse de aquella regla de los banquetes que dice: o bebe o lárgate. Por el contrario, el verdadero prudente será el que sabiendo que es mortal, no se meta en libros de caballería y obra como la mayor parte de los hombres, que, o se avienen a hacer como que no ven, o se engañan con mucha cortesía. ¡Pero esto, se dirá, no es más que necedad! De ningún modo he de negarlo, con tal que se reconozca a su vez que tal es el modo de representar la comedia humana.
CAPITULO XXX
La Necedad conduce a la sabiduría, intolerable condición de los que el vulgo tiene por sabios
Oh dioses inmortales! ¿Callaré o diré lo que resta? Y ¿por qué he de callarlo, si es la pura verdad? Pero, antes de abordar tan alta empresa, acaso sería más conveniente impetrar el auxilio de las Musas del Helicón, que los poetas suelen invocar tantas veces por simples nonadas. ¡Inspiradme, pues, un momento, hijas de Júpiter, para mostrar que nadie puede llegar a alcanzar la excelsa sabiduría, donde reside el tesoro de la felicidad, sin tomar por guía a la Necedad!
Primeramente, está fuera de duda que todas las humanas pasiones son del dominio de la necedad, puesto que la característica que distingue al necio del sabio es que aquél se deja llevar por ellas, mientras que éste sigue los dictados de la razón. Por eso los estoicos recomiendan al sabio que se aparte de tal género de desórdenes, como si se tratara de enfermedades; no obstante, las pasiones, no sólo hacen las veces de pilotos para los que quieren navegar hacia el puerto de la sabiduría, sino que también suelen ser en todo acto de virtud algo así como espuela y acicate que estimulan a obrar bien. Y si es bien cierto que Séneca es típico hasta más no poder, sostiene tenazmente que el sabio debe carecer de toda clase de pasiones; sin embargo, al hacer esa afirmación no dejó en el sabio nada de ser humano, sería como una especie de Dios o un demiurgo, que no ha existido ni existirá nunca sobre la tierra; es más: para decirlo más claro, sería una estatua de mármol con figura de hombre, pero insensible y por completo ajena a todo humano sentimiento. Por tanto, gocen en paz los estoicos de este su sabio, si les place; ámenle sin temor a rival alguno, pero vivan con él allá en la ciudad de Platón o, si les parece mejor, en la región de las Ideas o en los jardines de Tántalo.
Nadie habría, en verdad, que no huyese, horrorizado, como de un monstruo o de un espectro, de un hombre tal, sordo a todos los sentimientos de la Naturaleza; de un hombre sin pasión alguna, a quien ni el amor ni la misericordia le hacen más mella que si fuese de pedernal o de roca de mármol; de un hombre a quien nada se le oculta y nunca se equivoca, sino que, como otro Linceo, todo lo descubre, todo lo pesa y mide con minuciosidad, y nada ignora; de un hombre que sólo está contento de sí mismo y que se cree el único fuerte, el único prudente, el único soberano, el único libre y, en una palabra, el único en todas las cosas, aunque sólo en su opinión; de un hombre que no convive con los amigos, porque no tiene ninguno; de un hombre, en fin, que no repararía en mandar ahorcar a los mismos dioses, y que todo cuanto ve hacer a los demás lo condena como extravagante y se ríe de ello. Tal es el bicho raro que los estoicos consideran como el prototipo del sabio.
Decidme, pues: si se tratase de elegir, ¿qué nación elegiría un gobernante de este tipo, ni qué ejército lo designaría para general? Digo más: ¿qué mujer querría un marido semejante, qué huésped invitaría a tal convidado, qué criado tomaría un amo de esa catadura o sería capaz de soportarle? ¿Quién no ha de preferir a uno cualquiera de entre los más necios de la plebe, que, siendo necio, podrá mandar u obedecer a los necios, que será agradable para con sus semejantes, y la inmensa mayoría, complaciente con su mujer, alegre con sus amigos, atento con sus convidados, afable compañero, y, por último, que nada que sea humano ha de reputarlo ajeno a su persona?
Mas como ya hace tiempo que voy sintiendo lástima de este pobre sabio, vuelvo a hablar de los demás beneficios que proporciono a los hombres.
CAPITULO XXXI
Las calamidades humanas remediadas por la Necedad. Favores especiales
que
dispensa a los viejos y a las viejas
Veamos: si alguien desde una excelsa atalaya mirase en torno
de sí, como hace Júpiter, según dicen los poetas, vería
cuántas calamidades afligen la vida de los hombres: nacimiento inmundo
y miserable, crianza penosa, infancia expuesta a tantos
rigores, juventud sujeta a un sinnúmero de fatigas, ancianidad llena
de molestias y, por fin, la muerte inexorable. Vería también la
multitud de enfermedades que acosan la vida humana, los infinitos accidentes
que la amenazan, las muchas desgracias que sobrevienen y cómo no hay
nadie que no esté rebosando hiel. No hablo de los males que el hombre
causa al hombre, como son, por ejemplo, la pobreza, la cárcel, la infamia,
la vergüenza, las torturas, las asechanzas, la traición, las injurias,
los litigios, los fraudes\ldots Pero ¡parece que intento contar las arenas
del mar! No os voy a explicar ahora la razón de que los hombres hayan
merecido tales castigos, ni que Dios, encolerizado, los haya hecho nacer en
tales desventuras; pero el que medite sobre esto, ¿acaso no disculpará
el suicidio de las doncellas de Mileto, aunque se compadezca de ellas?
Con todo, ¿quiénes han sido principalmente los que apelaron al suicidio como recurso contra el destino y contra el hastío de la vida? ¿No fueron, por ventura, los devotos de la sabiduría? Sin hablar de los Diógenes, de los Jenócrates, de los Catones, de los Casios y de los Brutos, os citaré solamente a aquel Quirón que, pudiendo gozar de la inmortalidad, prefirió de buen grado la muerte. Supongo que comprenderéis bien lo que sería del mundo si todos los hombres fueran como estos sabios; muy pronto la tierra se quedaría desierta y habría que echar mano a una arcilla y acudir a otro alfarero como Prometeo. Por eso yo, valiéndome unas veces de la ignorancia, otras de la irreflexión, algunas del olvido de los males, no pocas de la esperanza de los bienes y, en ocasiones, de una gota de la miel de los deleites, voy remediando de tal modo las innúmeras calamidades humanas, que ningún mortal quiere dejar la vida aunque se le acabe el hilo de las Parcas y haga ya tiempo que comenzó a despedirse del mundo. Las mismas razones que debían convencerle para no desear conservar la existencia, son, sin embargo, las que le incitan a querer vivir más; ¡tanto aborrecen experimentar cualquier tristeza!
Si; gracias a mí, vemos por doquier a esos viejos de senectud nestórea que apenas tienen ya forma humana, balbucientes, chochos, desdentados canosos, calvos y -para pintarlos mejor con las palabras de Aristófanes- “sórdidos, encorvados, fatigosos, arrugados, pelados, sin dientes e impotentes'', pero que de tal modo les vemos amar la vida, que hacen todo lo posible por rejuvenecerse; y así, el uno se tiñe las canas, el otro disimula la calva con una peluca postiza, el otro se guarnece la boca con dientes, que acaso pertenecieron a un cerdo; éste se muere de amor por una jovencilla y comete por ella más extravagancias que un adolescente, y no es raro que cuando ya están decrépitos y con un pie en la sepultura, se casen con alguna jovenzuela sin dote, que hará la dicha de los otros, cosa tan común en nuestros días, que casi se la estima como un mérito. Pero aún resulta mucho más divertido el ver a ciertas viejas, que casi ya se caen de viejas, y tienen tal aspecto de cadáver que parecen difuntas resucitadas, decir a todas horas que la vida es muy dulce, estar todavía en celo, o sensuales como cabras, usando de la frase griega; las cuales seducen a buen precio a un nuevo Faón, se embadurnan constantemente el rostro con afeites, nunca se separan del espejo, se depilan las partes secretas, enseñan todavía sus pechos blandos y marchitos, solicitan con tembloroso gruñido sus apetitos lánguidos, beben a todas horas, se mezclan en los bailes de las muchachas y escriben cartitas amorosas. Todo el mundo se ríe de ellas y las considera como lo que son: muy necias; pero ellas están contentas de sí mismas, hállanse mientras tanto en sus delicias, y dichosas con mis favores, resúltales la vida una pura miel.
Para quienes todo esto es una ridiculez, reflexionen y me digan si no vale más dejarse llevar de esas necedades que así endulzan la existencia, que buscar un árbol donde ahorcarse, como vulgarmente se dice, pues tengan en cuenta que si el vulgo juzga aquello como una deshonra vergonzosa, a mis adeptos, los necios, les importa un bledo, porque el deshonor apenas los alcanza, o, si los alcanza, no necesitan mucho trabajo para despreciarlo. Que les caiga una piedra sobre la cabeza, y eso sí que es una desgracia; pero como la vergüenza, la infamia, la deshonra y las injurias, en tanto ofenden en cuanto se tiene conciencia de ellas, claro es que cuando falta esa conciencia no se estiman como males. ¿Qué os importa a vosotros de que todo el mundo os silbe, con tal que vosotros mismos os aplaudáis? Pues bien: solamente la Necedad permite hacer estas cosas.
CAPITULO XXXII
Las ciencias son males de la vida
Pero me parece que oigo protestar a los filósofos: “Eso que tú ensalzas -dicen ellos- es deplorable; es ser dominado por la necedad y en virtud de ella errar, ignorarse, ignorar.'' Precisamente -les contesto yo- eso es ser hombre; y no veo por qué lo llamáis deplorable, cuando así también habéis nacido vosotros, así os habéis criado, así os habéis educado, y ésa es la suerte común a todos los mortales. No es posible decir que sea deplorable aquello que se deriva de la propia naturaleza del ser, a menos que se crea que hay que compadecer al hombre porque no puede volar como las aves, ni andar a cuatro patas como los cuadrúpedos, ni estar armado de cuernos como el toro. Por el mismo motivo se podría decir que un hermoso caballo es desdichado porque no conoce la gramática ni come pasteles, y que también lo es el toro porque no puede hacer gimnasia. Por consiguiente, del mismo modo que el caballo no es desgraciado porque desconozca la Gramática, así el hombre tampoco lo es porque sea necio, puesto que la necedad hállase conforme con su naturaleza.
Pero a esto replican los sofistas: ”El conocimiento de las ciencias es peculiar al hombre, con cuyo auxilio compensa el entendimiento las deficiencias de la Naturaleza.'' Como si la Naturaleza -respondo yo- hubiese tenido al crear al hombre una ley distinta de la que tuvo al crear a los demás seres, y como si ella, tan previsora para los mosquitos y hasta para las hierbas y las florecillas, solamente se hubiese dormido con respecto al hombre, forzándole a buscar las ciencias; más bien hay que decir que Teuto, ese genio malhechor enemigo del género humano, las ideó para colmo de sus tormentos, ya que resultan tan poco útiles para la dicha que hasta perjudican a quien las alcanza, si se mira el fin con que fueron propiamente descubiertas, como, según Platón, dijo con admirable frase un rey sapientísimo sobre la invención de la escritura.
Por tanto, reconozcamos que las ciencias fueron introducidas como una de tantas calamidades de la vida humana, y por eso a los autores de estos males, de quienes proceden todas las desventuras, se los llama demonios, nombre que en griego equivaldría a da?µ??a?, que significa “los que saben”.
¡Oh, qué sencillas eran aquellas gentes de la edad de oro, que desprovistas de toda especie de ciencia, vivían sin más guía que las inspiraciones de la Naturaleza y la fuerza del instinto! ¿Para qué era necesaria la Gramática, cuando el idioma era el mismo para todos y no se buscaba en el lenguaje otra cosa que entenderse unos con otros? ¿De qué les hubiera valido la Dialéctica, no habiendo opiniones contrarias? ¿Qué lugar podría tener entre ellos la Retórica, no metiéndose nadie en los negocios ajenos? ¿Para qué recurrir a la Jurisprudencia, si estaban apartados de las malas costumbres, que han sido, sin duda alguna, el origen de las buenas leyes? No obstante ser mucho más religiosos aquellos hombres que los de ahora, no llegaban con impía curiosidad, a escudriñar los arcanos del Universo, las dimensiones de los astros, sus movimientos, sus efectos y las recónditas causas de las cosas. Se consideraba como un crimen el que alguien intentase penetrar más allá de lo que sus fuerzas le permitían, y la locura de sondear lo que sucede más allá de los cielos, ni siquiera se le pasaba a ninguno por la imaginación.
Mas, perdida poco a poco esta ignorancia de la edad de oro, fueron inventadas las ciencias, como he dicho, por los genios del mal, si bien al principio, en corto número, fueron por muy pocos cultivadas; después, la superstición de los caldeos y la ociosa fantasía de los griegos añadieron otras mil, verdaderos tormentos del espíritu, hasta el punto de que una sola de ellas, la Gramática, basta y sobra para torturar toda la vida de un hombre.
CAPITULO XXXIII
Ciencias que más se conforman con la Necedad
No obstante, las más estimadas entre todas estas ciencias son las que más se aproximan al sentido común, es decir, a la necedad. Mueren de hambre los teólogos, desaliéntanse los físicos, son objeto de burla los astrólogos, y de menosprecio los dialécticos, y solamente el médico vale más que muchos hombres, porque a los de este oficio, cuanto más ignorantes, audaces e indiscretos son, en mayor aprecio se los tiene aun entre la gente principal; y así puede afirmarse que la Medicina, especialmente tal como la ejercen hoy muchos, no es otra cosa que el arte de agradar a su enfermo, en tanto grado como pueda serlo la Retórica con respecto a su auditorio.
Después de los médicos, ocupan el lugar inmediato los leguleyos (si es que no ocupan el primero), de cuya profesión acostumbran burlarse los filósofos unánimemente, por considerarla propia de jumentos. Yo nunca seré de esta opinión, pues lo cierto es que estos burros son los que regulan a su antojo los grandes y los pequeños negocios de la vida y ven aumentar su fortuna, mientras los teólogos, después de haber sacado de sus tinteros todo lo divino, devoran sus habas y hacen una guerra sin cuartel a las chinches y a los piojos.
Así, pues, como las ciencias que proporcionan mayor provecho son las que guardan mayor afinidad con la Necedad, así también los hombres más felices son los que logran abstenerse absolutamente de toda relación con las ciencias y se dejan guiar tan sólo por la Naturaleza, que en nada nos falta sino cuando se pretende traspasar sus límites, y la cual odia lo artificial y se muestra tanto más hermosa allí donde no ha sido profanada por el arte.
CAPITULO XXXIV
Los animales son más felices que el hombre
Veamos: ¿No veis acaso que entre los animales de otras especies viven más dichosos los que son completamente ajenos a toda educación y no se dejan conducir por otro guía que no sea la Naturaleza? ¿Quiénes más felices y admirables que las abejas, a pesar de no tener todos los sentidos? ¿Qué arquitecto puede igularlas en la construcción de edificios, o qué filósofo ha fundado jamás una república semejante? En cambio, el caballo, por tener una inteligencia parecida a la del hombre y vivir bajo su mismo techo, es también partícipe de las humanas desdichas, y así, no es raro verle reventar en las carreras por el afán de no ser vencido, o caer herido en los campos de batalla, ganoso de triunfar y, junto con el jinete, morder el polvo de la tierra. Y eso que no hablo del freno que lo contiene, ni de las espuelas que lo punzan, ni de la prisión de la cuadra, ni de los latigazos, palos, bridas y jinete, ni en fin, de todo el atalaje de la esclavitud, a la que se sometió voluntariamente cuando, por imitar a los héroes, sintió con vehemencia el deseo de vengarse de sus enemigos. ¡Oh! ¡Cuán preferible es la vida de las moscas y de los pájaros, que viven a su capricho y sólo obedecen al instinto de la Naturaleza, mientras pueden escapar a las asechanzas del hombre! Encerrad a un pájaro en una jaula, enseñadle a remedar la voz humana, y es increíble cuánto pierde de su gracia natural. ¡Tan cierto es que las creaciones de la Naturaleza son siempre más bellas que lo que finge el arte!
De esta manera nunca alabaré bastante al famoso gallo de Luciano, el cual, habiéndose transformado primero en filósofo, bajo la figura de Pitágoras, y luego sucesivamente en hombre, en mujer, en rey, en simple particular, en pez, en caballo, en rana, y creo que hasta en esponja, juzgó que no había animal más desdichado que el hombre, porque todos los animales se contienen dentro de los límites de su condición, y sólo el hombre es el que intenta franquear los que le ha impuesto la Naturaleza.
CAPITULO XXXV
Ventajas que los necios tienen sobre los sabios
Dicho filósofo reconoce también muchas mayores preferencias a los ignorantes que a los doctos y a los ilustres, y en el famoso Grillo fué bastante más listo que el prudente Ulises, porque prefirió continuar gruñendo en la pocilga, a marcharse con él a correr aventuras peligrosas. Homero, padre de las fábulas, me parece que comparte esta opinión, puesto que, a menudo, llama a todos los mortales desdichados y desgraciados, y a Ulises, según él el prototipo de sabio, le da muchas veces el calificativo de “infeliz'' que no aplicó jamás ni a Paris, ni a Ajax, ni a Aquiles. ¿Por qué razón? Pues, sencillamente, porque aquel taimado farsante no hacía nada sin consultar a Palas, y por exceso de sabiduría se apartaba cuanto podía de las leyes de la Naturaleza.
Por tanto, así como los que están más lejos de la felicidad son aquellos que cultivan el saber, mostrándose entonces doblemente necios, ya que, a pesar de haber nacido hombres, olvídanse de su condición, pretendiendo emular a los dioses inmortales, y, a ejemplo de los titanes, declaran la guerra a la Naturaleza valiéndose de los ardides de la ciencia, así los menos desdichados son aquellos que más se aproximan a los instintos de los brutos y a la necedad, y no intentan nada que supere las fuerzas humanas. Veamos si podemos probar esto también, pero no con entimemas de los estoicos, sino con un ejemplo vulgar.
¡Por los dioses inmortales!, decidme: ¿Hay alguien más feliz que esos hombres a quienes las gentes llaman estultos, necios, imbéciles y tontos, nombres que son a mi entender hermosísimos? Quizá a primera vista, esto parezca necio y absurdo y, sin embargo, es una gran verdad. En primer lugar, éstos se ven libres del miedo de la muerte, que es, ¡vive Júpiter!, no pequeña ventaja; no sienten remordimientos de conciencia; los cuentos de aparecidos no los espantan; no se asustan de los fantasmas ni de los duendes; no los turba el temor de los males que los amenazan, ni se hinchan de orgullo por la perspectiva de los vienes futuros; en una palabra, no los consumen las mil y mil preocupaciones que atormentan la vida; no conocen la vergüenza, ni el respeto, ni la ambición, ni la envidia, ni el amor; y por último, por mucho que se acerquen en sus actos a la estupidez de los brutos, no pecan en opinión de los teólogos.
Medita ahora lo que digo, sabio archinecio, y considera todos los cuidados que torturan tu espíritu por doquier, de día y de noche; reúne en un montón todas las molestias que te afligen en la vida, y al cabo comprenderás de cuántos males he preservado yo a mis amados necios. Añádase a esto que ellos no solamente se regocijan, juegan, cantan y ríen a todas horas, sino que adondequiera que van llevan consigo el placer, la broma, la diversión y las carcajadas, como si tal virtud la hubiesen recibido por la indulgencia de los dioses para alegrar las tristezas de la vida humana. De esta forma, mientras los otros hombres inspiran a los demás muy contrarios afectos, los míos son por todos recibidos unánimemente con los brazos abiertos y los consideran como amigos, los buscan, los regalan, los festejan, los abrazan, los socorren si necesitan, les toleran cuanto dicen y cuanto hacen, y hasta tal punto nadie desea causarles daño, que los mismos animales salvajes templan con ellos sus rigores, como si naturalmente tuvieran conciencia de su condición inofensiva. Están, pues, en verdad, al amparo de los dioses y al mío singularmente, y, por tanto, nadie se atreve a disputarles este privilegio.
CAPITULO XXXVI
Continúa la misma materia
Y qué os parece si os digo que los más grandes reyes gustan tanto de mis protegidos, que algunos no pueden ni comer, ni pasear, ni pasar una hora entera sin sus bufones, y a menudo anteponen estos tontos a los austeros sabios, que sólo por pura vanidad acostumbran sustentar algunas veces en sus casas? A causa de esta preferencia, no creo que a nadie se le oculte ni sorprenda, pues esos sabios no suelen hablar a los príncipes más que de cosas tristes, y engreídos con su doctrina, no temen a veces herir los oídos delicados con mordaces verdades; en cambio, los bufones procuran lo único que los príncipes buscan a toda costa, no importa dónde: juegos, pasatiempos, carcajadas y distracciones. Tened por cierto que el necio posee una cualidad que no es de despreciar: la de ser sólo él franco y verídico. Y ¿qué cosa hay más digna de alabanza que la verdad? Aunque Platón en su Banquete hiciese decir a Alcibíades que sólo se halla en la embriaguez y en la infancia, no obstante, toda esa alabanza a mí especialmente se me debe, como afirma Eurípides, de quien es aquel célebre proverbio referente a nosotros: “El necio no dice más que necedades.'' El tonto, lo que lleva en el pecho es lo que lleva en la cara y lo que le sale por la boca; pero los sabios tienen dos lenguas, según asegura el mismo Eurípides, una de las cuales dice la verdad, y la otra sólo lo que conviene, según las circunstancias; para éstos, es blanco lo que ayer era negro, o es frío ahora lo que antes era caliente, porque hay una gran distancia entre lo que esconden en su interior y lo que fingen con sus palabras.
En verdad que los príncipes, con toda su felicidad, me parecen extremadamente desdichados, por faltarles quien les diga la verdad y porque se ven obligados a tener a su lado aduladores en lugar de amigos. Pero alguien me dirá: ”Es que los oídos de los príncipes aborrecen la verdad, y por esto mismo huyen de los sabios, temiendo tropezar con alguno libre en demasía que se atreve a decirles cosas más verdaderas que agradables.'' Conformes: los reyes no aman la verdad. Y, sin embargo, he aquí una cosa admirable: el ejemplo de mis fatuos prueba no solamente que los reyes acogen con placer las verdades, sino también hasta las injurias directas, y se da el caso de que aquello que dicho por un sabio se habría castigado con la muerte, produzca en labios de un tonto un contento increíble.
La verdad, en efecto, posee cierta natural virtud de agradar;
pero éste es un privilegio que los dioses no han concedido más
que a los necios. He aquí por qué, generalmente, gusten tanto
las mujeres de los hombres de esta jaez, pues siendo por su naturaleza
más inclinadas al placer y a la frivolidad, todo lo que hacen bajo dicho
pretexto, aunque a veces se trate de lo más grave, achacándolo
a broma y a juego. ¡Es un sexo tan ingenioso, sobre todo cuando se trata
de paliar sus deslices...!
CAPITULO XXXVII
Continúa el mismo asunto de los dos capítulos anteriores
Volviendo a la felicidad de los fatuos, digo que, después de haber pasado su vida muy alegremente, sin tener ni sentir la muerte, se van derechitos a los Campos Elíseos para divertir con sus pasatiempos a las almas piadosas y ociosas. Compárese ahora a cualquier sabio con un necio de esta clase. Pues haceos cuenta de que a éste oponéis, como prototipo de sabiduría, un hombre que ha gastado su infancia y su juventud en aprender diversas disciplinas, que ha perdido lo mejor de su vida en constantes vigilias, cuidados y fatigas, y que en el tiempo restante no ha gustado el menor placer; un hombre siempre sobrio, pobre, triste, severo, áspero y duro para sí mismo; odioso e insoportable para los demás; pálido, seco, enfermizo, legañoso, con aspecto de viejo, que antes de tiempo encanece y antes de tiempo se marcha al otro mundo, por más que nada le importe morir a quien jamás vivió. ¡Ahí tenéis el lindo retrato de un sabio!...
CAPITULO XXXVIII
Clases de locura
Pero ya oigo croar otra vez a las ”ranas del Pórtico”, esto es, los estoicos. ``No hay mayor desgracia -dicen- que la locura. Ahora bien: la necedad declarada está muy cerca de la locura, o, mejor dicho, la necedad es la misma locura. Porque ¿qué otra cosa es la locura sino el extravío de la razón?'' Mas los que así piensan incurren en un error crasísimo; por lo cual, con la ayuda de las Musas, voy a deshacer tal silogismo en un instante.
Trátase, en efecto, de un argumento especioso; pero así como Sócrates, según dice Platón, enseñaba que en una Venus pueden verse dos Venus, y en un Cupido dos Cupidos, de la misma manera debieran estos dialécticos distinguir entre una y otra clase de locura, si es que quieren pasar por cuerdos. Porque no puede admitirse que toda locura sea funesta, pues de lo contrario, no hubiera escrito Horacio: ”¿Soy juguete de una amable locura?'', ni Platón habría colocado entre las mayores excelencias de la vida la exaltación de los poetas, la de los adivinos y la de los amantes, ni la Sibila hubiese calificado de loca la empresa de Eneas.
Hay, pues, realmente dos clases de locura. Una es la que las Furias vengadoras vomitan en los infiernos cuando lanzan sus serpientes para encender en el corazón de los mortales, ya el ardor de la guerra, ya la sed insaciable del oro, ya los amores criminales y vergonzosos, ya el parricidio, ya el incesto, ya el sacrilegio, ya cualquier otro designio depravado, o cuando, en fin, alumbran la conciencia del culpable con la terrible antorcha del remordimiento. Pero hay otra locura muy distinta que procede de mí, y que por todos es apetecida con la mayor ansiedad. Manifiéstase ordinariamente por cierto alegre extravío de la razón, que a un mismo tiempo libra al alma de angustiosos cuidados y la sumerge en un mar de delicias. Tal extravío es el que, como un gran favor de los dioses, pedía Cicerón en sus Cartas a Atico, a fin de perder la conciencia de sus muchas adversidades. Tampoco lo consideró como un mal aquel habitante de Argos que había estado loco hasta el punto de pasar todo el santo día en el teatro completamente solo, riendo, aplaudiendo y divirtiéndose, porque creía ver representar comedias admirables, aunque en el escenario no había nada, lo cual no era obstáculo para que practicase bien todos los deberes de la vida: ”alegre con los amigos, complaciente con su mujer e indulgente con los criados, no enfureciéndose nunca porque le destaparan una botella. ''Habiéndole curado su familia a fuerza de cuidados y medicamentos, y ya recobrando el juicio y completamente sano, se lamentó con sus amigos en estos términos: " ¡Vive Pólux, amigos, que me habéis matado! No, no me habéis curado quitándome esa dicha, haciendo desaparecer a viva fuerza el extravío más dulce de mi espíritu.'' Y tenía mucha razón. Ellos eran los que se equivocaban y los que más necesitaban el eléboro, por haber creído expulsar con drogas, como si se tratase de una enfermedad, una locura tan divertida y tan feliz.
Con esto no quiero afirmar que sea lícito dar el nombre de locura a toda aberración de los sentidos o del espíritu, ni que pueda, por ejemplo, considerarse como loco a aquel que, por tener telarañas en los ojos, confunda un mulo con un pollino, o aquel otro que del mismo modo admire como perfecta una poesía ramplona. Pero si al error de los sentidos se añade el del juicio, entonces sí puede afirmarse que tal hombre no está lejos de la locura; así ocurrirá, por ejemplo, con el individuo que oyendo a un asno rebuznar creyera escuchar una maravillosa sinfonía, o con aquel otro, pobre y de baja condición, que pensara ser Creso, rey de Lidia. Sin embargo, cuando este género de locura es inclinada al deleite, como ocurre con frecuencia, reporta no menos regocijo a los que la tienen que a los que la presencian, sin ser éstos tan locos como aquéllos, pues siendo esta variedad de locura más general de lo que se cree, el loco ríese del loco, unos a otros se proporcionan recíproco solaz, y no es raro observar que el que lo es más se burla con mayores ganas del que lo es menos.
CAPITULO XXXIX
Algunas formas de la Necedad: La caza, la monomanía de edificar, la alquimia y el juego
No obstante, cuanto más necia es una persona, más feliz es, según juicio de la Necedad, siempre que no se salga de aquel género de locura que a mí me es peculiar y que se halla tan extendido que yo no sé si entre todos los mortales podría encontrarse alguno que constantemente sea sensato y no esté poseído de cierta especie de locura. La diferencia entre ambas locuras estriba en que el uno confunde una calabaza con una mujer, y a éste llaman loco, porque esto se les ocurría a poquísimas personas, y en que el otro, aunque comparta su mujer con otros muchos, la pondera en más que a Penélope y ensalza sus perfecciones de modo inusitado; este tal se engañaría dulcemente, y no habría nadie que le creyese loco; su caso es muy frecuente. ¡Hay tantos maridos que hacen lo mismo!
También hay que colocar entre mis fieles aquellos otros que ante la caza mayor todo lo juzgan despreciable, y dicen recibir placer singularísimo cuando oyen el bronco sonido del cuerno con los aullidos de su jauría, y sospecho que hasta cuando huelen los excrementos de sus perros se imaginan que es cinamomo. ¡Qué dicha tan incomparable la de descuartizar la pieza!... Porque eso de despedazar toros y carneros, es bajo y plebeyo; solamente al noble corresponde hacer cuartos a las fieras. El hidalgo, con la cabeza descubierta, hincado de rodillas y armado del cuchillo destinado a este uso (porque emplear cualquier otro no sería lícito), va cortando religiosamente ciertos miembros del animal, con ciertos gestos y según cierto orden, mientras que la multitud silenciosa que le rodea admira con recogimiento, como si fuese una novedad, un espectáculo ya visto por milésima vez; y si alguno ha tenido la suerte de saborear un pedazo de la res, lo considera como un título de nobleza. Así, pues, a fuerza de perseguir bestias feroces y engullírselas nuestros cazadores casi acaban por convertirse en una especie de alimañas, aunque supongan que se dan una vida de reyes.
A su lado hay que poner a los que, consumidos por la monomanía de edificar, cambian hoy lo redondo en cuadrado y mañana lo cuadrado en redondo; y lo hacen sin ton ni son, hasta que, viniendo a la extrema indigencia, no les queda ya ni donde vivir, ni de qué comer. ¡Miserables! Mas ¿qué les importa, si entre tanto pasaron unos cuantos años gozando de la vida?
Asimismo, figuran junto a ellos, a mi juicio, los que cultivando las nuevas ciencias ocultas, afánanse por transmutar la naturaleza de los cuerpos, y andan por tierras y por mares a caza de no sé qué quinta esencia. A éstos los cautiva de tal manera la dulce esperanza, que jamás los arredran los trabajos ni los dispendios, y siempre están ideando, con ingenio sutilísimo, algo que, aunque los burle una vez más, les proporcione una grata ilusión, hasta que llega el día en que, consumido todo su caudal, no tienen ni aun para encender sus hornillos. No por ello, sin embargo, renuncian a soñar con sus desvaríos; antes bien, engatusan a los demás a gozar de la misma felicidad, y cuando ya han perdido toda esperanza, réstales aún una máxima que es para ellos altamente consoladora, a saber: ”Que las cosas grandes, con intentarlas basta,'' y así achacan el fracaso a la brevedad de la vida, que nunca es suficiente para llevar a cabo las arduas empresas.
Dudo un poco si debo o no admitir a los jugadores entre los nuestros. Sin embargo, hay que afirmar que es un espectáculo absolutamente tonto y ridículo el que ofrecen algunos de ellos, tan apasionados por el juego, que apenas oyen el ruido de los dados, ya les está dando brincos el corazón.Después, embriagados por las promesas que constantemente les tiende la avaricia de la ganancia, llevan su patrimonio a naufragar y estrellarse en el escollo del tapete verde, no menos temible que el cabo Malio; pero apenas han salido del agua en cueros vivos, engañan a cualquiera antes que a quien les ganó el dinero, para que no se diga que son hombres de poca formalidad. ¿Qué más? Cuando ya son viejos y están casi ciegos, causa risa verlos jugar con antiparras; y, por último, cuando la vengadora gota les paraliza sus dedos, ¿no pagan un sustituto para que eche por ellos los dados en el cubilete? Todo lo cual sería muy delicioso si no fuera que como el juego muchas veces degenera en rabia, más bien que a mí, corresponde a las Furias.
CAPITULO XL
La superstición como forma de Necedad
Pero he aquí otros hombres que, sin duda alguna, son de nuestra grey. Quiero hablar de los que se complacen en contar o en oír milagros y mentiras monstruosas y nunca se cansan de escuchar las fábulas más extrañas acerca de espectros, de duendes, de fantasmas, de infiernos y de otras mil maravillas por el estilo, las cuales, cuanto más se apartan de la verdad, más crédito les dan las gentes, y con mayor delicia las escuchan. Adviértase que esto no sirve tan sólo para matar el tiempo a maravilla, sino también para ganar dinero principalmente a los clérigos y predicadores.
Afines a éstos son los que tienen la necia, aunque dulce persuasión, de que si ven alguna imagen o cuadro de San Cristóbal, el Polifemo cristiano, ya no se morirá aquel día; los que por rezar cierta oración ante la efigie de Santa Bárbara, se imaginan que volverán sanos y salvos de la guerra; y también los que por visitar la imagen de San Erasmo en ciertos días, llevándole tantas velas y diciéndole tales o cuales preces, esperan que muy pronto van a ser ricos. De la misma manera que tienen un segundo Hipólito, también han convertido a Hércules en San Jorge, y si bien no adoran del mismo modo que al santo a su caballo, que adornan muy devotamente con jaeces y gualdrapas, procuran de cuando en cuando ganarse sus gracias por medio de algunas ofrendillas, y tienen por cosa digna de reyes el jurar por su casco de bronce.
¿Y qué diré de aquellos que embaucan al pueblo muy suavemente con sus fingidas indulgencias y que miden como con una clepsidra (reloj de agua) la duración del Purgatorio, contando los siglos, los años, los meses, los días y las horas sin equivocarse en modo alguno, como si se sirviesen de una tabla matemática? ¿Y qué de aquellos que, usando de ciertos signos mágicos y ensalmos inventados por algún piadoso impostor, ya para la salud de las almas, ya para provecho de su bolsa, prométenselo todo: riquezas, honores, placeres, buena mesa, salud a prueba de bomba, larga vida, vejez floreciente y, en fin, un puesto en el Cielo al lado de Cristo? Verdad es que esta última ventaja no la quieren sino lo más tarde posible, es decir, cuando con gran pesar suyo los abandonan los placeres de este mundo, a los que se agarran con dientes y con uñas; entonces, y sólo entonces, quieren sustituir las delicias de la tierra con las del cielo.
Hay que mencionar también aquí al comerciante, al soldado y al juez, que, apartando de sus rapiñas un mísero ochavo para obras pías, créense ya tan limpios de culpas cual si se hubiesen bañado en la laguna Lerna y redimidos como por un pacto de sus perjurios, orgías, borracheras, camorras, asesinatos, calumnias, perfidias y traiciones, hasta el extremo de tener el convencimiento de que han adquirido patente para comenzar de nuevo sus fechorías.
Pero ningunos más necios y con todo más felices que esos otros que esperan ganar algo superior a la felicidad suprema recitando a diario aquellos siete versículos se los sagrados Salmos, pues ya sabéis que el rezo de esos mágicos versículos, créese que le fue indicado a San Bernardo por cierto demonio burlón, aunque más ligero que malicioso, pues se enredó en sus propias redes.
Pues bien: todo esto que es tan necio, que casi a mí misma me avergüenza, no solamente es aprobado por el vulgo, sino también por los que enseñan la Religión. Pero ¿qué más?, al mismo género de necedad pertenece la costumbre de que cada comarca tenga su patrono, y de que a cada uno de estos santos se le atribuya una virtud particular y se le venere con un culto especial: uno cura el dolor de muelas, otro ayuda a las mujeres en sus partos, éste restituye los objetos robados, aquél socorre a los náufragos, el de más allá protege a los rebaños, y así sucesivamente, pues resultaría interminable mencionarlos a todos; sólo diré que hay algunos que poseen virtud para varias cosas, principalmente la Virgen, Madre de Dios, a quien el vulgo atribuye casi más poder que a su propio Hijo.
CAPITULO XLI
Sigue la misma materia del capítulo anterior
Y ¿qué es lo que los hombres piden a estos santos sino cosas concernientes a la necedad? Veamos. Entre tantos exvotos colgados de los muros y de las bóvedas de algunos templos, ¿habéis visto alguna vez uno solo puesto por el que se haya curado de la necedad o por el que haya adquirido un grano de sabiduría? Ni por casualidad. Los que allí se ven son los dedicados así: un náufrago se salvó nadando; un soldado, atravesado de parte en parte por el enemigo, curó de sus heridas; éste, en medio de una batalla, y mientras los demás batían el cobre, huyó con tanta fortuna como valor; aquél, colgado ya en la horca, impetró el favor de cierto santo, protector de los ladrones, el cual hizo que se rompiese la cuerda para que su protegido continuase aliviando a algunos del peso de las riquezas mal adquiridas; aquel otro escapó de la cárcel rompiendo los cerrojos; el de más allá curó de la fiebre con gran indignación del médico; junto a éste se ve un marido que, habiendo bebido un veneno, no hizo más que soltarle el vientre, y lo que había de ser su muerte fué su purga, con gran descontento de su mujer, que perdió su dinero y su trabajo; más lejos hay un faetón que, al volcarse su carro, pudo llevar a casa sus caballos sanos y salvos; su vecino de la derecha, sepultado una vez en hundimiento, sobrevivió a la ruina; su vecino de la izquierda tuvo la suerte de escapar de las garras de un marido que le cogió in fraganti. Todo esto está bien; pero no se ve ni uno solo que dé las gracias por verse libre de la necedad, pues es tan dulce no saber nada, que por preservarse de todo hacen votos los mortales, menos de la imbecilidad.
Mas ¿por qué me meto yo en este piélago de supersticiones? Podría decir, como Virgilio, que “ni aun teniendo cien lenguas y cien bocas y una voz de bronce, me sería posible dar a conocer todas las clases de fatuos, ni enumerar las innúmeras formas de la necedad''. Tan llena está la vida de todos los cristianos de esta suerte de delirios, que los mismos clérigos, sin gran dificultad, las admiten y fomentan, no ignorando lo mucho que pueden acrecentar sus estipendios. Figuraos que, en medio de estas gentes, se presentase de improviso uno de esos sabios insufribles y proclamase algunas verdades como éstas: ”No morirás mal si vives bien; redimirás tus pecados si añades al óbolo de tu ofrenda el odio de tus faltas, y las lágrimas, las vigilias, las oraciones y los ayunos; en una palabra, si cambias radicalmente tu modo de vivir; un santo te será propicio si imitas su vida''; pues bien: si esos sabios, repito, saliesen con estas o parecidas monsergas, verías cómo se trastornaría en seguida la felicidad de los mortales, y la confusión que causaría en sus conciencias.
A la misma hermandad que los anteriores pertenecen también los que en vida disponen minuciosamente la pompa que quieren para sus funerales, determinando con especial cuidado el número de hachones, de mantos de luto, de cantores y de plañideras que han de ir a su entierro, como si aquel día se les hubiera de devolver la existencia para que gocen del espectáculo, o como si los difuntos se avergonzasen de no ser enterrados sus cadáveres con ostentación. Todo lo previenen como si fuesen ediles encargados de preparar los juegos y banquetes públicos.
CAPITULO XLII
Importancia que tiene el amor propio en los individuos
Aunque tengo alguna prisa, no puedo, sin embargo, pasar en silencio a aquellos que, si bien es cierto que no difieren gran cosa de un pobre remendón, jáctanse, no obstante, de una manera increíble de poseer un vano título nobiliario. El uno dice que desciende de Eneas; el otro, de Bruto, y el de más allá, del rey Artús; en todos los rincones de sus casas muestran las estatuas y retratos de sus antepasados, cuentan sus bisabuelos y sus tatarabuelos y recuerdan sus antiguos apellidos; pero, en realidad, no están ellos mismos muy lejos de ser como las mudas estatuas de que se glorían; antes, al contrario, son más estúpidos que los retratos que enseñan. A pesar de ello, gracias al dulcísimo Amor Propio, gozan de una vida completamente feliz, pues nunca faltan algunos tan necios como ellos, que admiran a esta especie de brutos como si fueran dioses.
Pero ¿por qué he de hablar de géneros de necedad, como si Filaucia (el Amor Propio) no dispusiera por doquier de mil medios para hacer dichosos a muchísimos hombres? Este, más feo que un mico, se tiene por más hermoso que Nireo; el otro, en cuanto sabe trazar tres líneas con el compás, se juzga un Euclides; y aquel otro, que es como un asno delante de una lira, y cuya voz es tan chillona como la del gallo cuando anda detrás de la gallina, se cree un nuevo Hermógenes.
Hay, en verdad, una clase de locura extraordinariamente agradable, superior a las demás, y de cuya posesión algunos se envanecen como si fuese suya. Tal fué la de aquel rico, dos veces feliz, de que nos habla Séneca, que cuando tenía que contar un cuentecillo,