JOHN LE CARRÉ Y LA GUERRA DE IRAK

Puede que much@s de nuestr@s lector@s ya hayan leído este excelente artículo de John Le Carré en la prensa, pero teniendo en cuenta que LA VERITAT es una especie de cuaderno de bitácora de la tribu de Castelldefels (¡una ciuadad de más de 50.000 habitantes que no tiene un archivo municipal como Dios manda!), nos sentimos obligados a dejar constancia de que muchísima gente de Castelldefels estuvo contra esta absurda guerra. 

Tachín-tachín:

"JOHN LE CARRÉ: Confesiones de un terrorista
(EL PAÍS | Internacional 20-01-2003)

Estados Unidos ha entrado en uno de sus periodos de locura histórica, pero éste es el peor de cuantos recuerdo: peor que el macartismo, peor que la bahía de Cochinos y, a largo plazo, potencialmente más desastroso que la guerra de Vietnam. La reacción al 11-S ha ido más allá de lo que Osama hubiera esperado en sus sueños más siniestros. Como en la época de McCarthy, los derechos y libertades nacionales, que han hecho de EE UU la envidia del mundo, están siendo erosionados de forma sistemática.

La persecución de residentes extranjeros en EE UU sigue a buen ritmo.
Personas "no permanentes" de sexo masculino y origen norcoreano o de Oriente Próximo desaparecen en cárceles secretas tras acusaciones secretas por la palabra secreta de los jueces. Palestinos que residen en Estados Unidos, a quienes antes se consideraba ciudadanos sin Estado, y por tanto no deportables, están siendo entregados a Israel para ser "reasentados" en Gaza
y en Cisjordania, lugares que quizá no hayan pisado jamás.

¿Estamos jugando al mismo juego aquí en Gran Bretaña? Supongo que sí. Dentro de 30 años dejarán que lo sepamos. La combinación de la complicidad de los medios de comunicación estadounidenses con los intereses creados de las grandes empresas asegura una vez más que un debate que debiera estarse oyendo en las plazas de todos los pueblos se reduce a los artículos más sesudos de la prensa de la Costa Oeste de EE UU: "Ver columna A de la página 27, si es usted capaz de encontrarla en el periódico, y de entenderla".

Ningún Gobierno norteamericano ha mantenido nunca sus cartas tan pegadas al pecho. Si los servicios de inteligencia no saben nada, ése será el secreto mejor guardado de todos. Recuerden que se trata de las mismas organizaciones que nos mostraron el mayor fracaso en la historia de la inteligencia: el 11-S. Esta guerra inminente estaba planeada años antes de que atacara Osama Bin Laden, pero fue Osama quien la hizo posible. Sin Osama, la junta de Bush seguiría intentando explicar asuntos tan peliagudos como la forma en que logró salir elegida; Enron; sus
desvergonzados favores a quienes son ya demasiado ricos; su desprecio irresponsable por los pobres del mundo, por la ecología, y por un sinnúmero de tratados internacionales derogados unilateralmente. Quizá también tendrían que explicarnos por qué apoyan a Israel en su desprecio
continuado por las resoluciones de la ONU.

Pero, oportunamente, Osama barrió todo eso bajo la alfombra. Los Bush cabalgan de nuevo. Se dice que el 88% de los norteamericanos quiere la guerra. El presupuesto de Defensa de EE UU ha
aumentado en 60.000 millones de dólares, hasta alcanzar alrededor de los 360.000 millones de dólares. De las fábricas está saliendo una espléndida nueva generación de armas nucleares americanas, preparadas para responder igualmente a las armas nucleares, químicas y biológicas en manos de Estados irresponsables. Así que todos podemos respirar tranquilos.

Y EE UU no sólo decide unilateralmente quién puede y quién no puede poseer estas armas. También se reserva el derecho unilateral de utilizar sin escrúpulos sus propias armas nucleares cuando quiera y donde quiera siempre que considere amenazados sus intereses, los de sus amigos o sus aliados. ¿Quiénes exactamente van a ser estos amigos y aliados en los próximos años? Será, como siempre en política, algo parecido a un acertijo.
Uno se hace buenos amigos y aliados, así que los arma hasta los dientes. Entonces un día ya no son ni amigos ni aliados, así que se les manda una bomba nuclear.

Merece la pena recordar aquí cuántas horas de profunda reflexión empleó el Gabinete de EE UU en decidir si debía atacar Afganistán con armas nucleares en los días siguientes al 11-S.
Afortunadamente para todos nosotros, pero particularmente para los afganos, cuya complicidad en el 11-S fue mucho menor que la de Pakistán, decidieron arreglárselas con sólo 25.000
toneladas de las llamadas cortamargaritas convencionales, que, según todos los testimonios, producen, en cualquier caso, tanta destrucción como una bomba nuclear pequeña. Pero la próxima vez será de verdad.

Un asunto mucho menos claro es cuál es exactamente la guerra que el 88% de los norteamericanos piensa que está apoyando.
¿Una guerra que durará cuánto, por favor? ¿A qué precio en vidas de estadounidenses? ¿A qué precio para el bolsillo del contribuyente norteamericano? ¿A qué precio (porque la mayor parte de este 88% son gente profundamente decente y humanitaria) en vidas de iraquíes? Ahora ya probablemente sea un secreto de Estado, pero la Tormenta del Desierto costó a Irak al menos el doble de las vidas que perdió EE UU en toda la guerra de Vietnam.

El modo en que Bush y su junta consiguieron desviar la ira de EE UU contra Osama Bin Laden hacia Sadam Husein es uno de los grandes trucos de prestidigitación en relaciones públicas de la
historia. Pero les salió bien. Una encuesta reciente dice que uno de cada dos estadounidenses cree ahora que Sadam fue responsable del ataque al World Trade Center.

Pero la opinión pública norteamericana no sólo está siendo engañada. Está
siendo amenazada, acosada, reprendida y mantenida
en un permanente estado de ignorancia y de miedo y, consecuentemente, de
dependencia de sus líderes. Esta neurosis
cuidadosamente orquestada debería, con un poco de suerte, llevar cómodamente
a Bush y a sus compañeros de conspiración
hasta las siguientes elecciones. Los que no están con el señor Bush están
contra él. O, lo que es peor (ver su discurso del 3 de
enero), están con el enemigo. Cosa rara, porque yo estoy completamente en
contra de Bush, pero me encantaría ver la caída de
Sadam -sólo que no según los términos de Bush y no según sus métodos-. Y
tampoco bajo una bandera de tan escandalosa
hipocresía. Un colonialismo de EE UU al viejo estilo está a punto de
extender sus alas de hierro sobre todos nosotros. Hay
ahora más americanos impasibles infiltrándose en pueblos que nada sospechan
de los que había en el momento más tenso de
la guerra fría. La gazmoñería religiosa con la que van a enviar a las tropas
estadounidenses al frente quizá sea el aspecto más
nauseabundo de esta surrealista guerra que se acerca. Bush tiene a Dios
agarrado por el cuello.

Y Dios tiene opiniones políticas muy particulares.

Dios eligió a EE UU para salvar al mundo de la manera que más convenga a EE
UU.

Dios eligió a Israel como nexo de la política norteamericana en Oriente
Próximo. Y quien quiera poner en duda esta idea: a) es
un antisemita, b) es un antiamericano, c) está con el enemigo y d) es un
terrorista.

Dios también tiene conexiones aterradoras. En EE UU, donde todos los hombres
son iguales a sus ojos, aunque no a los ojos
de los demás, la familia Bush contiene un presidente, un ex presidente, un
ex jefe de la CIA, el gobernador de Florida y el ex
gobernador de Tejas. Bush senior tiene algunas buenas guerras en su haber, y
una reputación bien merecida por saber mostrar
la ira de EE UU a los Estados clientes que desobedecen. Una de las guerritas
que montó fue contra su viejo amigo de la CIA
Manuel Noriega, de Panamá, que le sirvió bien en la guerra fría, pero que
luego se creció cuando ésta hubo terminado. No se
ve a menudo un poder tan desnudo como éste, y los americanos lo saben.

¿Quieren más datos?

George W. Bush. 1978-84: alto ejecutivo de Arbusto-Bush Exploration, una
compañía de petróleo; 1986-1990: alto ejecutivo
de la compañía de petróleo Harken.

Dick Cheney. 1995-2000: presidente ejecutivo de la compañía de petróleo
Halliburton.

Condolezza Rice. 1991-2000: alta ejecutiva de la compañía de petróleo
Chevron, que bautizó un petrolero con su nombre.

Y la lista sigue.

Sin embargo, ninguna de estas vinculaciones insignificantes afecta a la
integridad del trabajo de Dios. Aquí estamos hablando
de valores honestos. Y además sabemos a qué colegio van tus hijos. En 1993,
mientras el ex presidente George Bush hacía una
visita de cortesía al siempre democrático reino de Kuwait para que le dieran
las gracias por liberar al país, alguien intentó
matarlo. La CIA cree que ese "alguien" era Sadam. De ahí que Bush junior
exclamara: "Ese hombre intentó matar a mi papá".
Pero esta guerra no es personal. Es necesaria. Se trata del trabajo de Dios.
Se trata de llevar la libertad y la democracia al
pueblo iraquí, pobre y oprimido.

Para ser aceptado como miembro del equipo de Bush parece que también hay que
creer en el Bien Absoluto y en el Mal
Absoluto, y Bush, con un montón de ayuda de sus amigos, de su familia y de
Dios, está ahí para ayudarnos a distinguir lo uno
de lo otro. Creo que quizá yo sea Malo por escribir esto, pero tendré que
averiguarlo.

Lo que Bush no nos dirá es la verdad acerca de por qué vamos a la guerra. Lo
que está en juego no es un eje del mal, sino
petróleo, dinero y las vidas de la gente. La tragedia de Sadam es estar
sentado sobre el segundo yacimiento de petróleo más
grande del mundo. La de su vecino Irán es poseer las reservas de gas natural
más grandes del mundo. Bush quiere ambas, y
quien le ayude a conseguirlas recibirá una parte del pastel. Y quien no le
ayude, no la recibirá.

Si Sadam no tuviera petróleo, podría torturar y asesinar a placer a sus
ciudadanos. Otros líderes lo hacen todos los días
-pensemos en Turquía, en Siria, Egipto, Pakistán, pero éstos son nuestros
amigos y aliados-. Sospecho que en realidad Bagdad
no representa ningún peligro cercano y real para sus vecinos, y tampoco para
EE UU o Gran Bretaña. Las armas de
destrucción masiva de Sadam, si es que todavía las tiene, serán menudencias
comparadas con lo que Israel o EE UU podrían
desplegar contra él en cinco minutos. Lo que está en juego no es una amenaza
militar o terrorista inminente, sino el imperativo
económico del crecimiento estadounidense. Lo que está en juego es la
necesidad de EE UU de demostrar su enorme poder
militar a Europa y a Rusia y a China y a la pobrecita loca de Corea del
Norte, así como a Oriente Próximo; mostrar quién
manda dentro de EE UU y quién debe someterse a EE UU en el exterior.

La interpretación más comprensiva del papel de Tony Blair en todo esto es
que él creía que si montaba el tigre sería capaz de
dirigirlo. Pero no puede. En vez de eso, lo que hizo fue otorgarle una falsa
legitimidad, y una voz suave. Me temo que ahora
ese mismo tigre le ha acorralado en una esquina de la que no puede escapar.
Irónicamente, tal vez el propio George W. sienta
algo muy parecido.

En la Gran Bretaña del Partido Único, Blair fue elegido líder supremo con
una participación bajísima, de alrededor de un cuarto
del electorado. En caso de darse la misma apatía pública y los lamentables
resultados de los partidos de la oposición en las
próximas elecciones, Blair o sus sucesores lograrán un poder absoluto
similar con una proporción incluso más pequeña de los
votos. Resulta absolutamente risible que, en un momento en el que sus
propias palabras han puesto a Blair contra las cuerdas,
ninguno de los líderes de la oposición británicos sean capaces de toserle.
Pero ésa es la tragedia británica, la misma que la de
EE UU: mientras nuestros Gobiernos manipulan, mienten y pierden su
credibilidad, y las supuestas alternativas parlamentarias
se limitan a hacer maniobras para no quedarse fuera de la foto, el
electorado simplemente se encoge de hombros y mira hacia
otro lado. Los políticos nunca se creen lo poco que consiguen engañarnos.

Así que el tema en Gran Bretaña no es qué partido político formará Gobierno
después del desastre que se avecina, sino quién
estará al volante. Lo mejor que podría pasarle a Blair para sobrevivir
personalmente sería que, en la penúltima hora, la protesta
mundial y unas Naciones Unidas improbablemente envalentonadas fuercen a Bush
a volver a meterse la pistola en la funda sin
haber disparado. ¿Pero qué pasa si el mayor vaquero del mundo cabalga de
vuelta a casa sin la cabeza del tirano?

Lo peor que puede pasarle a Blair es que, con o sin Naciones Unidas, nos
arrastre a una guerra que, de haber existido alguna
vez la voluntad de negociar con energía, podría haberse evitado; una guerra
sobre la que ha habido tan poco debate democrático
en Gran Bretaña como en EE UU. Al hacer esto, Blair habrá provocado una
respuesta imprevisible, un gran desasosiego
doméstico, y el caos en la región de Oriente Próximo. Habrá provocado un
retroceso en nuestras relaciones con Oriente
Próximo que durará varias décadas. Bienvenidos al Partido de la Ética en
Política Exterior. Existe un camino intermedio, pero
es duro de seguir: Bush se lanza sin el apoyo de la ONU y Blair se queda en
la orilla. Adiós a la Relación Especial.

El tufo a santurronería religiosa que hay en el aire en EE UU recuerda a los
peores momentos del Imperio Británico. El manto
de lord Curzon no queda bien sobre los hombros de los columnistas
conservadores de moda en Washington. Aún se me
ponen los pelos más de punta cuando escucho a mi primer ministro prestar sus
obsequiosos sofismas de delegado de la clase
a esta aventura claramente colonialista. Estamos en esta guerra, en caso de
que suceda, para asegurar la hoja de parra de nuestra
relación especial con EE UU, para hacernos con nuestro trozo del pastel del
petróleo y porque, después de todos los apretones
de mano públicos en Washington y en Camp David, Blair tiene que dar la cara
en el altar.

-¿Pero vamos a ganar, papá?

-Por supuesto que sí, hijo. Y todo habrá terminado mientras todavía estés en
la cama.

-¿Por qué?

-Porque si no, los votantes del señor Bush se van a poner muy impacientes, y
podrían decidir no volver a votarle después de
todo.

-¿Y van a matar a gente, papá?

-A nadie que tú conozcas, cariño. Sólo gente extranjera.

-¿Puedo verlo por la tele?

-Sólo si el señor Bush te da permiso.

-Y cuando todo termine, ¿volverán las cosas a ser como antes? ¿Nadie volverá
a hacer cosas horribles nunca más?

-Chsss, niño, a dormir.

El pasado viernes, un amigo mío estadounidense fue a un supermercado en
California con una pegatina en el coche que decía:
"La paz también es patriótica". Cuando terminó de hacer la compra, la
pegatina había desaparecido.