LA VERITAT

Hola todas y todos

Teniendo en cuenta que la "sociedad civil" catalana ha modificado el cauce del río Llobregat para ampliar el puerto y convertirlo en uno de los más grandes del Mediterráneo para la descarga (carga no, porque aquí no exportamos casi de nada) de contenedores procedentes de los países asiáticos, y considerando que los miembros civiles de esta sociedad están tan cegados por la pela que ya no sirven como defensors de la terra del Himno Nacional de Catalunya, que con tanto amor patrio entonan cada 911 (Onze de Setembre), LA VERITAT no ha tenido más remedio que advertir al resto de la sociedad catalana (la no civil) sobre los nuevos riesgos que se cernirán sobre la ya pestilente Ciudad de Barcelona, los trabajadores portuarios y los consumidores en general cuando cientos de miles de contenedores se apilen sobre los muelles del puerto y los campos de alcachofas del Delta del Llobregat.

En efecto, el prestigioso semanario alemán "DER SPIEGEL" Nº 6, de 5 de febrero de 2007, página 52, publica un artículo que nos ha puesto los pelos de punta. Aunque el artículo sólo hace referencia a los puertos de Hamburgo, Rotterdam y Nelson (Nueva Zelanda), las matemáticas globalizadas nos han autorizado a extrapolar sin problemas el problema a nuestras tierras:

"Salud

Gases bélicos procedentes de Ultramar

En todo el mundo se están tratando contenedores con gases peligrosos – un riesgo para los trabajadores y posiblemente también para los consumidores. Los políticos y las empresas intentan ignorar el problema.

El contenedor procedente de Shangai estaba matriculado como Tolu-498244-3. El 25 de julio de 2006, un camión trajo la caja roja desde el puerto de Hamburgo hasta la nave de almacenaje de la fábrica de máquinas Beumer en Beckum. La plantilla ya las estaba esperando: las chapas de acero de la filial de China para revestir huecos de ascensores.

Cuatro trabajadores de la nave empezaron a descargar el contenedor: uno manejaba la grúa, los otros tres empezaron a colocar las correas alrededor de las voluminosas piezas de metal; el operario de la grúa acabó echándoles una mano.

Fue el primero en notar un extraño escozor en la piel. “Tengo dolor de cabeza”, se quejó al poco uno de los trabajadores. Pero como el trabajo en la fábrica no es para las mimosas, los hombres continuaron con la tarea – hasta que el dolor de cabeza de los cuatro se volvió insoportable.  Al poco tiempo, el operario de la grúa, un hombre robusto y corpulento, empezó a tener dificultades para respirar y náuseas de vómito. Los brazos le dolían de tal modo, que no podía levantarlos. Unos colegan los llevaron al hospital.

El director de la empresa, Christoph Beumer, convocó un gabinete de crisis. Y el médico de la empresa, Andeas Poppe, se mostró muy extrañado: “Estos envenenamientos son típicos de los gases bélicos”.

Hoy, Poppe sabe que su sospecha se acercaba peligrosamente a la verdad: el médico laboral está convencido de que lo que dejó fuera de combate a sus hombres fueron los residuos de un producto contra los parásitos. Estos gases, destinados a matar a los insectos en los contenedores, pueden provocar gravísimas lesiones en el sistema nervioso humano. Dos de los trabajadores arriba mencionados estuvieron enfermos durante meses. Entretanto, uno de ellos vuelve a trabajar, pero sólo durante unas horas al día, mientras el otro sigue estando gravemente enfermo e incapacitado para el trabajo.

Este accidente es el síntoma de un problema global. El comercio mundial florece, sobre todo a través de unas cajas de acero normalizadas: cerca de 400 millones de contenedores estándar -6 metros de longitud, 2,4 metros de anchura y 2,4 metros de altura- estuvieron en servicio a nivel mundial durante el año 2006. Y los expertos estiman que más de un 30% de ellos están siendo tratados con gases peligrosos.

Porque durante el viaje por los océanos, estas cajas cerradas de metal se convierten en auténticos biótopos: escarabajos que atacan los árboles viajan a bordo, escondidos en la madera de los palés. Los insectos pueden dañar la valiosa mercancía durante el viaje o, más grave aún, inmigrar a nuevas regiones.

Para evitarlo, en el mundo entero las empresas utilizan gases contra los parásitos, incluso gases de combate, que durante la primera guerra mundial aniquilaban batallones enteros. Pero los residuos de estos gases no sólo ponen en peligro a los trabajadores portuarios y demás personal que manipula los contenedores. También los consumidores pueden verse expuestos a los gases residuales, cuando en casa desempaquetan zapatos procedentes de China, colchones de Vietnam o juguetes de la India.

Según un estudio todavía no publicado del Instituto de Técnicas de Medición de la Universidad Técnica de Hamburgo-Harburg (Institut für Messtechnik der Technischen Universität Hamburg-Harburg), realizado en el puerto de Hamburgo en colaboración con el servicio de aduanas, más de un cinco por ciento de los contenedores examinados tenían en su interior un grado de contaminación que sobrepasaba los valores límites autorizados. Uno de ellos tenía una concentración mortal para las personas. En muchos contenedores, los investigadores incluso encontraron cloropicrina -también conocida como “cruz verde" uno de los más mortíferos gases de guerra de la primera guerra mundial, que aniquiló de forma espantosa a miles de soldados.

Cada semana, afectados y médicos consultan con Xaver Baur, el director del Instituto Central de Medicina Laboral de Hamburgo (Hamburger Zentralinstitut für Arbeitsmedizin) porque ellos o sus pacientes padecen trastornos, probablemente causados por los gases de los contenedores. Por regla general, los enfermos se quejan de fuertes dolores de la cabeza y los miembros, trastornos del sueño y dificultad al caminar. Síntomas que pueden desaparecer a los pocos días –lo que los hace aún más traidores.

El riesgo no es que las personas afectadas se desplomen”, dice Wim Veldman, inspector del ministerio de medio ambiente de Holanda, que como Baur tiene ante las narices uno de los más grandes puertos de contenedores del mundo. “El riesgo son los daños a largo plazo”. Cuando las personas están repetidamente expuestas a estos gases, “cada vez se destruye un poco más de su cerebro”, advierte Baur.  

(Nota de LA VERITAT: No sufra, estimado senyor Baur, aquí en Barcelona ya poco nos queda)...

El médico laboral de Hamburgo intenta insistentemente advertir a los ministerios, las empresas y los sindicatos. Pero ni en Berlín ni en Bruselas parecen existir serias iniciativas para estudiar el problema. “Cierran los ojos”, se lamenta el profesor, “porque la economía pone el grito al cielo”.

La empresa Beumer es atípica, dice Baur, porque intenta investigar a fondo las causas del accidente de gas. El médico de la empresa no tiró la toalla cuando el sindicato profesional, que tuvo que pagar los daños del accidente, no logró encontrar restos del veneno. Al contrario: entregó un trozo de cuerda procedente del contenedor Tolu-498244-3 al laboratorio de Baur en Packholz, el cual encontró restos del veneno 1,2-dicloretano. Este producto es cancerígeno, causa lesiones en el hígado y el sistema nervioso y la pérdida de la memoria reciente.

Christoph Beumer ha asumido las consecuencias. Su filial en China ya no utiliza veneno, sino maderas tratadas con calor y, por consiguiente, exentas de parásitos. Además, deja descargar los contenedores por una empresa especializada, cuyos trabajadores llevan máscaras de gas y ropa protectora. “Obviamente todo esto cuesta mucho dinero y tiempo” , dice Beumer. Y se pregunta cómo lo hacen las empresas que no descargan 20 contenedores al año como la suya, sino 100 al día. “Estoy seguro de que no somos los únicos que tienen este problema”.

Si extrapolamos los resultados de los investigadores de Harburg, al puerto de Hamburgo llegan más de 250000 contenedores anuales con una concentración de gases por encima de lo admisible. 60000 de ellos incluso contienen el gas “cruz verde”. El hecho de que no se trata de un problema exclusivo de Hamburgo ha sido corroborado por estudios en Gran Bretaña y Australia. En base a sus experiencias en el puerto de Rotterdam, el experto medioambiental holandés Veldman afirma: “En los últimos años, la cantidad de contenedores tratados con gases se ha multiplicado por cinco, y cada vez medimos concentraciones más elevadas”.

Veldam piensa que una solución internacional unificada es imprescindible. Aunque las empresas de la UE oficialmente no pueden utilizar el producto bromometano, en muchos países se otorgan permisos especiales, y teniendo en cuenta de que se trata del gas más utilizado en el mundo, acaba llegando a los puertos de la UE. Por ejemplo, en el puerto de Hamburgo se sigue utilizando, a pesar de la prohibición. Las autoridades competentes alegan “bases ilegales poco claras” – pero para Christian Maass, vicepresidente de la fracción de Los Verdes en el consistorio de Hamburgo “se trata de una clara contravención de la ley”. Estos gases ponen en peligro a trabajadores y consumidores, “pero el gobierno del land no quiere saber nada del problema”, critica este experto medioambiental.  

Teóricamente, todo contenedor tratado con un gas debería estar especialmente marcado. Pero según el holandés Veldman, el 90 por ciento no lo está. La consecuencia: los trabajadores desconocen los peligros. Y la nariz no ayuda – muchos gases tóxicos son inodoros. 

Aunque la patronal entretanto sabe que las empresas pierden “millones de euros” al año a causa de las enfermedades -según palabras de la experta en productos peligrosos Inge Schmidt- no es capaz de solucionar el problema. Expertos afirman que entretanto muchas empresas subcontratan a otras para descargar los contenedores – las cuales generalmente utilizan jornaleros procedentes del este de Europa para hacer la faena.

En la ciudad neozelandesa Nelson hay varias viudas luchando por la prohibición del bromometano, porque sus maridos murieron de una extraña enfermedad nerviosa. Sospechan que fue esta sustancia la que provocó la enfermedad. Todos los afectados trabajaban cerca de la instalación que gasifica los contenedores. 

Pero ni siquiera las personas que no han estado en las inmediaciones de un contenedor están a resguardo de los venenos.  El inspector medioambiental de Rotterdam Verdman ha analizado alimentos -como arroz o patatas fritas- que fueron transportados en contenedores transoceánicos. En un 17 por ciento halló concentraciones de bromometano más allá de los límites admisibles. Porque este veneno traspasa sin problemas las láminas que envasan los alimentos.

El Instituto Estatal de Sanidad de Holanda encontró que incluso los juguetes de plástico o los colchones “absorben importantes cantidades de gas – que pueden tardar meses en desaparecer”. Quien duerme sobre uno de estos colchones, probablemente respira bromometano durante meses.

Cordula Meyer"

(Traducido del alemán –como siempre sin pretensiones científicas, literarias o retributivas- por Manuel Franquesa Voneschen, Castelldefels, Spain)


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