LA VERITAT DE LAS COSAS TRASCENDENTALES
¡ Indignaos !
(Indignez-vous!)
por Stéphane Hessel

(Tengo) 93 años. Es un poco la definitivamente última etapa. El fin ya no está lejos. ¡Qué ocasión para poder recordar lo que me sirvió de fundamento para mi compromiso político: los años de la Resistencia (francesa) y el programa elaborado hace sesenta y seis años por el Consejo Nacional de la Resistencia! Es a Jean Moulin al que debemos, en el marco de este Consejo, la reunión de todos los componentes de la Francia ocupada, los movimientos, los partidos, los sindicatos para proclamar su adhesión a la Francia combatiente y al único jefe que reconocieron: el general de Gaulle. Desde Londres, donde en marzo de 1941 me había reunido con el general de Gaulle, tuve conocimiento de que este Consejo había preparado un programa, y que lo había aprobado el 15 de marzo de 1944, proponiendo a la Francia liberada un conjunto de principios y de valores sobre los que reposaría la democracia moderna de nuestro país.
Actualmente, aquellos principios y valores son más necesarios que nunca. Todos juntos debemos procurar que nuestra sociedad siga siendo una sociedad de la que podamos estar orgullosos. No esta sociedad de los sin papeles, de las expulsiones, de las sospechas contra los inmigrantes. No esta sociedad que pone en duda las pensiones, los logros de la seguridad social, no esta sociedad en la que los medios están en manos de los pudientes, todas estas cosas que nosotros nos hubiéramos negado a aceptar si hubiésemos sido los auténticos herederos del Consejo Nacional de la Resistencia.
A partir de 1945, después de un drama atroz, las fuerzas presentes en el Consejo Nacional de la Resistencia se entregaron a una ambiciosa resurrección. Recordemos que fue entonces cuando se creó la seguridad social tal como quería la Resistencia, cuyo programa estipulaba: "Un plan completo de seguridad social, orientado a garantizar a todos los ciudadanos los medios de existencia en todos aquellos casos en los que se vean impedidos de procurárselos mediante el trabajo"; "una jubilación que permita a los viejos trabajadores acabar sus días con dignidad". "Las fuentes de energía, la electricidad, el gas, el carbón y los grandes bancos deben ser nacionalizados". Y el programa también reivindicaba "la vuelta a la nación de los grandes medios de producción monopolizados, fruto del trabajo común, de las fuentes de energía, de las riquezas del subsuelo, de las compañías aseguradoras y de los grandes bancos"; "la instauración de una auténtica democracia económica y social, expulsando a los grandes feudos económicos y financieros de la dirección de la economía". El interés general debe primar sobre los intereses particulares, la justa distribución de las riquezas creadas por el mundo del trabajo debe estar por encima del poder del dinero. La Resistencia propone "una organización nacional de la economía, asegurando la subordinación de los intereses particulares al interés general y sellada contra la dictadura profesional instaurada a imagen y semejanza de los estados fascistas"...
Una verdadera democracia necesita una prensa independiente; la Resistencia lo sabe, la exige, defendiendo "la libertad de prensa, su honor y su independencia del Estado, de las potencias del dinero y las influencias del extranjero". Esto es lo que a partir de 1944 decían las ordenanzas sobre la prensa. Y esto es precisamente lo que hoy está en peligro.
La Resistencia apelaba a la "posibilidad efectiva de todos los niños franceses a beneficiarse de la educación mas avanzada", sin discriminación; pero las reformas presentadas en 2008 van en contra de este proyecto. Los jóvenes maestros, a los que yo apoyo, han llegado al punto de negarse a aplicarlas y han tenido que ver como les amputaban el sueldo como castigo. Se indignaron, "desobedecieron" y juzgaron estas reformas como excesivamente alejadas del ideal de la escuela republicana, demasiado orientadas hacia una sociedad del dinero, incapaces de desarrollar un espíritu lo suficientemente creativo y crítico.
Es todo el zócalo de las conquistas sociales de la Resistencia el que hoy está en juego.
Osan
decirnos que el Estado ya no puede asegurar los costes de estas medidas
ciudadanas. ¿Pero cómo puede faltar hoy el dinero para mantener y prolongar
estas conquistas, cuando la creación de riqueza ha aumentado considerablemente
desde la Liberación, periodo durante el cual Europa estaba arruinada? Porque el
poder del dinero, tan combatido por la Resistencia, nunca ha sido tan grande,
insolente y egoísta con sus propios servidores, llegando hasta las más altas
esferas del Estado. Los
bancos, ahora privatizados, están preocupados por sus dividendos y los muy
altos salarios de sus dirigentes, pero no por el interés general. La fosa entre
los más pobres y los más ricos jamás fue tan profunda, ni la carrera hacia en
dinero y la competividad tan fomentada.
La motivación básica de la Resistencia fue la indignación. Nosotros, los veteranos de los movimientos de resistencia y de las fuerzas combatientes de la Francia liberada, hacemos un llamamiento a las nuevas generaciones para que vivan y transmitan la herencia de la Resistencia y de sus ideales. Nosotros les decimos: ¡Tomad el relevo, indignaos! Los responsables políticos, económicos, intelectuales y el conjunto de la sociedad no deben dimitir ni dejarse impresionar por la actual dictadura internacional de los mercados financieros, que amenazan la paz y la democracia.
Os deseo a todos, a cada uno de vosotros, que encontréis vuestro propio motivo de indignación. Tiene un valor inestimable. Cuando alguna cosa os indigne, como a mí me indignó el nazismo, tenéis que militar, con fuerza y perseverancia. Incorporaos a esta corriente de la historia, porque la gran corriente de la historia se hace gracias a todos.
Y esta corriente lleva hacia más justicia y más libertad, pero no hacia la libertad incontrolada del zorro en el gallinero. Estos derechos, que la Declaración Universal de los Derechos Humanos integró en su programa en 1948 , son universales. Si os encontráis con alguien que esté excluido de estos derechos, tened compasión de él y ayudadle a conquistarlos.
Cuando intento comprender lo que provocó el fascismo y quien hizo que fuéramos invadidos por él y por Vichy, me digo a mí mismo que los pudientes, con su egoísmo, tuvieron un miedo terrorífico de la revolución bolchevique. Se dejaron llevar por sus miedos. Pero cuando, tanto hoy como entonces, una minoría activa se levanta, es suficiente, porque tendremos la levadura para que la masa pueda fermentar. Cierto, la experiencia de un viejo tan viejo como yo, nacido en 1917, se diferencia de las experiencias de los jóvenes actuales. A menudo, pido a los maestros de los colegios si me dejan hablar con sus alumnos, a los que digo: vosotros no tenéis las mismas razones evidentes para comprometeros. Para nosotros, resistir significaba no aceptar la ocupación alemana, la derrota. Era relativamente simple. Tan simple como lo que siguió: la descolonización. Y después la guerra de Argelia. Era necesario que Argelia se independizara, era evidente. En cuanto a Stalin, todos aplaudimos la victoria del Ejército Rojo sobre los nazis. Pero cuando supimos de los grandes procesos estalinistas en 1935, incluso manteniendo una oreja abierta hacia el comunismo para contrarrestar el capitalismo estadounidense, la necesidad de oponerse a esta forma insoportable de totalitarismo se impuso como una evidencia. Mi larga vida me ha regalado una serie de motivos para indignarme.
Estos motivos nacieron no tanto de una emoción, sino de la voluntad de compromiso. El jovencito normal que fui estuvo muy marcado por Sartre, un condiscípulo mayor que yo. La Nausée, Le Mur, pero no L'Être et le néant, fueron obras muy importantes en la formación de mi pensamiento. Sartre nos enseñó a decirnos a nosotros mismos: "Sois responsables porque sois individuos". Era el mensaje libertario. La responsabilidad de un hombre que no puede apelar a un poder ni a un dios. Al contrario, uno debe comprometerse como individuo humano, en el nombre de su responsabilidad. Cuando en 1939 entré en la École Normale de la rue d'Ulm en París, lo hice como un ferviente discípulo del filósofo Hegel, y visitaba el seminario de Maurice Merleau-Ponty. Sus enseñanzas explotaban la experiencia concreta, la del cuerpo y sus relaciones con el sentido, gran singular ante el plural de los sentidos. Pero mi optimismo natural, que anhela que todo lo deseable también sea posible, me llevaba más bien hacia Hegel. El hegelianismo interpreta la larga Historia de la humanidad como algo que tiene un sentido: la libertad del hombre, progresando etapa por etapa. La historia está hecho de shocks sucesivos, es la toma en cuenta de los retos. La Historia de las sociedades progresa, y al final, el hombre consigue su libertad completa, en un Estado democrático ideal.
Obviamente, existe otra concepción de la Historia. Los progresos realizados por la libertad, la competencia, la carrera hacia el "siempre más"... esto puede ser vivido como un huracán destructor. Es así como lo representaba un amigo de mi padre, el hombre que compartió con él la tarea de traducir al alemán la obra Á la Recherche du temps perdu de Marcel Proust. Fue el filósofo alemán Walter Benjamin, que había encontrado un mensaje pesimista en un cuadro del pintor suizo Paul Klee titulado Angelus Novus, en el que un ángel abre los brazos para contener y repeler una tempestad que él interpretó como "el progreso". Para Benjamin, que se suicidó en septiembre de 1940 para huir de los nazis, el sentido de la historia es el camino irresistible, que va de catástrofe en catástrofe.
Ciertamente,
las razones para indignarse hoy en día podrían parecer menos claras - o el
mundo excesivamente complejo. ¿Quién manda, quién decide? No siempre es fácil
distinguir entre todas las corrientes que nos gobiernan. Ya no nos enfrentamos a
una pequeña élite, cuyo modo de actuar comprendemos claramente. Es un mundo vasto, del que sentimos perfectamente que es interdependiente. Vivimos en una
interconectividad jamás vista hasta la fecha. Pero en este mundo ocurren cosas insoportables.
Para verlas hay que mirar bien, y buscar. Yo le digo a los jóvenes: buscad un
poco y encontraréis. La peor de las actitudes es decir "no puedo hacer
nada, me las apaño". Comportándoos de este modo, perdéis uno de los
componentes esenciales, indispensables del ser humano: la facultad de indignarse
y el compromiso que se desprende de la indignación.
Hoy ya podemos identificar dos grandes desafíos:
1. El inmenso foso que existe entre los más pobres y los más ricos, que no deja de crecer. Es una innovación de los siglos 20 y 21. Los muy pobres de este mundo apenas ganan dos dólares al día. No podemos permitir que este foso siga creciendo. Este constante umbral por sí solo debería provocar nuestro compromiso.
2. Los derechos humanos y el estado del planeta. Después de la Liberación tuve la suerte de poder participar en la redacción de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948 en el Palais de Chaillot de París. Siendo jefe de gabinete de Henri Laugier, secretario general adjunto de la ONU y secretario de la Comisión de Derechos Humanos, tuve la ocasión de participar, junto con otros, en la redacción de esta declaración. Durante su redacción, no puedo olvidar el papel que jugó en 1941 René Cassin, comisario nacional de Justicia y Educación del Gobierno de la Francia liberada, en Londres, el cual fue premio Nobel de la paz en 1968 (...). Es a René Cassin que le debemos el término "derechos universales" y no "internacionales" como proponían los anglo-sajones. Porque lo que al salir de la segunda Guerra Mundial estaba en juego era: emanciparse de las amenazas que el totalitarismo ejerce sobre la humanidad. Pero para emanciparse era necesario que los estados miembros de la ONU se comprometieran a respetar los derechos universales. Era el modo de refutar el argumento de que la plena soberanía de un Estado pudiera utilizarse como argumento cuando en su territorio se cometen crímenes contra la humanidad. Este fue el caso de Hitler, el cual, creyéndose el amo de su casa, autorizó un genocidio. Esta Declaración Universal de los Derechos Humanos le debe mucho a la repulsión universal contra el nazismo, el fascismo yestaba en juego el totalitarismo, incluso a la Resistencia. Yo sentía que la cosa corría prisa, que no había que dejarse engañar por la hipocresía de los vencedores aclamando su adhesión a estos valores, que ninguno de ellos tenía la intención de promover lealmente, cosa que nosotros intentábamos imponerles.
No puedo resistir las ganas de citar el artículo 15 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: "Todo individuo tiene derecho a una nacionalidad"; o el artículo 22: "Toda persona, como miembro de la sociedad, tiene derecho a la seguridad social, y a obtener, mediante el esfuerzo nacional y la cooperación internacional, habida cuenta de la organización y los recursos de cada Estado, la satisfacción de los derechos económicos, sociales y culturales, indispensables a su dignidad y al libre desarrollo de su personalidad." Y a pesar de que esta declaración tenga un mero alcance declarativo y no jurídico, ha jugado un papel muy importante desde 1948: hemos visto pequeños pueblos colonizados luchando por su independencia; la declaración ha inseminado los espíritus en su lucha por la libertad.
Con sumo placer constato que durante los últimos decenios, las organizaciones no gubernamentales se han multiplicado, al igual que los movimientos sociales como Attac (Asociación para la Fiscalización de las Transacciones Financieras), la FIDH (Federación Internacional de los Derechos Humanos), Amnistía Internacional ... todos ellos agitadores y actores. Es evidente que para ser eficaces hoy en día, hay que trabajar en red, aprovechando todos los medios de comunicación modernos.
A los jóvenes yo les digo: mirad a vuestro alrededor y encontraréis temas que justifican vuestra indignación - el trato a los inmigrantes, a los sin papeles, a los gitanos. Hallaréis situaciones concretas que os llevarán a emprender una acción ciudadana fuerte. ¡Buscad y encontraréis!
Actualmente, mi principal indignación emana de Palestina, de la franja de Gaza, de Cisjordania. Este conflicto es la fuente misma de una indignación. Es imprescindible leer el informe sobre Gaza de Richard Goldstone (septiembre 2009), en el cual este juez sudafricano, judío, que se declara incluso sionista, acusa al ejército israelí de haber cometido "actos asimilables a los crímenes de guerra y tal vez, en determinadas ocasiones, a crímenes contra la humanidad durante su operación "Plomo Fundido", que duró tres semanas. Yo mismo volví a Gaza en 2009, donde pude entrar con mi esposa gracias a nuestros pasaportes diplomáticos, para estudiar in situ lo que el mencionado informe decía. Las personas que nos acompañaban no pudieron entrar en la franja de Gaza. Ni tampoco en Cisjordania. También visitamos los campos de refugiados palestinos, montados en 1948 por UNRWA, una agencia de la ONU, en los que más de tres millones de palestinos desahuciados de sus tierras por los israelíes esperan un retorno cada día más problemático. Gaza es una prisión al aire libre para un millón y medio de Palestinos. Una prisión en la que ellos se organizan para sobrevivir. Más impresionante aún que los daños materiales inflingidos a la población, como la destrucción del hospital de la Media Luna Roja durante la operación "Plomo Fundido", es el comportamiento de los habitantes de Gaza, su patriotismo, su constante preocupación por el bienestar de sus incontables y sonrientes hijos, que siguen en nuestra memoria. Estuvimos impresionados por su modo ingenioso de hacer frente a todas las penurias a las que están sometidos. Ante la falta de cemento, los hemos visto haciendo ladrillos artesanales para reconstruir sus casas destrozadas por los tanques. Nos fue confirmado que a raíz de la operación "Plomo Fundido", a cargo del ejército israelí, hubo mil cuatrocientos muertes - mujeres, niños y ancianos - contra cincuenta heridos en el bando israelí. Comparto las conclusiones del juez sudafricano. La idea de que los mismos judíos puedan perpetrar crímenes de guerra es insoportable. Por desgracia, hay pocos ejemplos de pueblos que hayan sido capaces de aprender las lecciones de su propia historia.
Se que Hamás, que ganó las últimas elecciones legislativas, no pudo evitar que se lanzaran mísiles contra ciudades israelíes como respuesta al aislamiento y bloqueo impuesto a los habitantes de Gaza. Obviamente, pienso que el terrorismo es inaceptable, pero hay que reconocer que cuando uno está ocupado por medios militares infinitamente superiores a los propios, la reacción popular no puede ser sólo de no violencia. ¿De qué le sirve a Hamás lanzar mísiles sobre la ciudad de Sderot? La respuesta es: para nada.
No ayuda a su causa, pero se puede explicar por la exasperación de los habitantes de Gaza. La gente de Gaza está exasperada. En el contexto de la exasperación, hay que comprender la violencia como una triste conclusión de una serie de situaciones inaceptables para aquellos que la sufren. Podría decirse que el terrorismo es una forma de exasperación. Y que esta exasperación es un término negativo. En lugar de "ex-asperar", sería mejor tener "es-peranza". Exasperarse es negar la esperanza. Es comprensible, yo diría incluso natural, pero es inaceptable. Porque no permite obtener los resultados que la esperanza eventualmente podría producir.
Estoy convencido de que el futuro pertenece a la no violencia, a la conciliación de las diferentes culturas. Es por ese camino que la humanidad deberá acometer la siguiente etapa. En este punto me uno a Sartre: "no se puede excusar a los terroristas que colocan bombas, (pero) se puede comprender. En 1947, Sartre escribió: "Reconozco que la violencia, bajo cualquiera de sus formas, es un fracaso. Pero es un fracaso inevitable, porque nos hallamos en un universo lleno de violencia. Y aunque es cierto que recurrir a la violencia conlleva el riesgo de perpetuarla, también es cierto que es el único medio de acabar con ella". A lo cual yo añadiría que la no violencia es el método más seguro de acabar con la violencia. No se puede apoyar a los terroristas, como hizo Sartre en el nombre de este principio durante la guerra de Argelia o a raíz de los atentados de Munich en 1972 contra los atletas israelíes. No es eficaz, y el mismo Sartre, al final de su vida, acabó interrogándose sobre el sentido del terrorismo y a dudar de su razón de ser. Decirse a sí mismo "la violencia no es eficaz" es más importante que saber si uno debe condenar a los que la practican. El terrorismo no es eficaz. Si existe una esperanza violenta, esta se encuentra en la poesía de Guillaume Appollinaire: "Que la esperanza es violenta", pero no en la política. En marzo de 1980, Sartre, a tres semanas de su muerte, declaró: "Es necesario intentar explicar por qué el mundo actual, tan horrible, no es más que un momento del largo desarrollo histórico, que la esperanza ha sido siempre una de las fuerzas dominantes de las revoluciones e insurrecciones; yo sigo sintiendo la esperanza como mi concepción de futuro".
Debemos comprender que la violencia le da la espalda a la esperanza. Hay que contraponerle la esperanza, la esperanza de la no violencia. Es el camino que debemos aprender a seguir. Tanto los opresores como los oprimidos debemos negociar para hacer desaparecer la opresión; esto es lo que hará desaparecer la violencia terrorista. Por eso hay que evitar que se acumule demasiado odio.
Los mensajes de un Mandela o de un Martin Luther King encuentran toda su pertinencia en un mundo que ha dejado atrás la confrontación de las ideologías y el totalitarismo conquistador. Son mensajes que tienen esperanza en la capacidad de las sociedades modernas de dejar atrás los conflictos mediante una comprensión mutua y una paciencia vigilante. Para conseguirlo es necesario fundir todos los derechos, cuya violación, sea cual fuere su autor, deberá provocar nuestra indignación. No caben compromisos con estos derechos."
He visto -y no soy el único- la reacción de un gobierno israelí confrontado con el hecho de que cada viernes los ciudadanos de Bil'id acuden a un muro contra el cual protestan -sin lanzar piedras y sin utilizar la fuerza. Las autoridades israelíes han calificado esta marcha de "terrorismo no violento". No está mal... Hace falta ser israelí para calificar la no violencia como terrorismo. Sobre todo, uno debería sentirse avergonzado ante la eficacia de la no violencia, ya que suscita el apoyo, la comprensión y el soporte de todas las personas del mundo que están contra la opresión.
El pensamiento productivista, abanderado por Occidente, ha llevado al mundo a una crisis de la que hay que salir rompiendo radicalmente con la huida hacia adelante del "siempre más", tanto en el sector financiero como de las ciencias y tecnologías. Ya va siendo hora de que prevalezca la preocupación por la ética, la justicia y el equilibrio duradero. Porque estamos amenazados por riesgos gravísimos, que pueden acabar con la aventura humana sobre un planeta que se puede volver inhabitable para el hombre.
Pero también es verdad que ha habido importantes progresos desde 1948: la descolonización, el fin del apartheid, la caída del imperio soviético y del muro de Berlín. Sin embargo, los primeros diez años del siglo 21 han sido un período de retroceso. Este retroceso, yo en parte lo atribuyo a la presidencia americana de George Bush, al 11 de septiembre y a las medidas desastrosas tomadas por los Estados Unidos -como la intervención militar en Irak. Hemos tenido esta crisis económica, pero no hemos iniciado una nueva política de desarrollo. Ni siquiera la cumbre de Copenhaguen contra el calentamiento global nos ha permitido emprender una auténtica política para preservar el planeta. Nos encontramos en el umbral entre los horrores del primer decenio y las posibilidades de los próximos decenios. Pero hay que tener esperanza, siempre. El decenio anterior -los años 1990- fue una fuente de grandes progresos. Las Naciones Unidas fueron capaces de convocar conferencias sobre el medio ambiente como la de Rio de Janeiro, en 1992; la de Pekín, sobre las mujeres, en 1995; en septiembre de 2000, a iniciativa del secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan, los 191 países miembros adoptaron los "Ocho objetivos del milenio para el desarrollo", comprometiéndose a reducir a la mitad la pobreza en el mundo para el año 2015. Desgraciadamente, hasta la fecha ni Obama ni la Unión Europea se han manifestado sobre lo que debería ser su aportación para una fase constructiva, apoyándose en unos valores fundamentales.
¿Cómo concluir este llamamiento a la indignación? Recordando que con motivo del 60º aniversario del Programa del Consejo Nacional de la Resistencia celebrado el 8 de marzo de 2004, nosotros, los veteranos de las fuerzas combatientes de la Francia liberada (1940 - 1945) constatamos que sin duda "el nazismo fue vencido gracias a la lucha de los hermanos y las hermanas de la resistencia y de las Naciones Unidas contra la barbarie fascista. Pero esta amenaza no ha desaparecido totalmente, y nuestra ira contra la injusticia sigue intacta".
No, esta amenaza no ha desaparecido del todo. Seguimos apelando a una "auténtica insurrección pacífica contra los medios de comunicación de masas, los cuales para nuestra juventud no proponen otra cosa que el consumo en masa, el desprecio por los más débiles y por la cultura, la amnesia generalizada y la competencia a ultranza de todos contra todos.
A los
que harán el siglo 21, les decimos con afecto:
"CREAR,
ES RESISTIR.
RESISTIR, ES CREAR."
Traducido del francés -como siempre sin pretensiones pecuniarias ni literarias y en la esperanza de que su autor y su editor sepan perdonarme por haberlo hecho con prisas y sin su previa autorización- por Manuel Franquesa Voneschen, Castelldefels, Spain. Como contrapartida, recomiendo fervientemente a nuestros lectores y lectoras hispano parlantes adquirir de inmediato la obra de este sabio en cuanto esté oficialmente disponible en lengua castellana y/o catalana (¡a ver quién gana!). 10 de enero de 2011.
Cedo todos los derechos de la presente traducción a monsieur Stéphane Hessel y/o a su editor.
Doy fe
Manuel Franquesa Voneschen
Subsubdirector de LA VERITAT, Gaceta a verdad sabida y en conciencia de Castelldefels
Castelldefels, enero de 2011

Hablando de indignación, a continuación unas reflexiones del filósofo alemán Peter Stoterdijk que vienen como anillo al dedo:
LA VERITAT
El orgullo herido (del pueblo)
La exclusión del ciudadano de la democracia
Extractos de un ensayo del filósofo alemán Peter Stoterdijk, publicado en "Der Spiegel" Nº 45/2010
Libremente interpretados - como siempre sin pretensiones literarias ni pecuniarias - por Manuel Franquesa Voneschen
"(...) No faltan indicios de que nos dirigimos hacia estados posrepublicanos y posdemocráticos. Su síntoma más significativo, a saber la exclusión del ciudadano - de nuevo - por parte de un entrelazado concepto de monólogo estatal, actualmente es fácilmente diagnosticable. La prueba de que la política de este país se acerca cada vez más al monólogo de un club de autistas reside en la actual discusión del gobierno sobre al energía atómica.
Pero los que pensaban que la exclusión del ciudadano en la segunda situación posrepublicana sería tan fácil como durante el antiguo régimen de los césares se han equivocado (...). El hecho de que a pesar de tanta expertocracia y cultura del ocio no lo hayan conseguido del todo demuestra de que han hecho las cuentas sin el orgullo ciudadano.
De repente aparece de nuevo en escena el ciudadano timótico, seguro de sí mismo, informado, pensante y decidido a participar en las decisiones, hombres y mujeres, y se querella ante el Tribunal de opinión pública contra la deficiente representación de sus deseos y conocimientos del actual sistema político. Aquí está de nuevo, el ciudadano que no ha perdido su capacidad de indignación, porque a pesar de todos los intentos de convertirlo en un haz libidinoso no ha perdido su sentido de autoafirmación ni su capacidad de manifestar estas cualidades, manifestándolas en las plazas públicas. Este ciudadano incómodo se niega a ser un omnívoro político, indulgente y lejano a las opiniones "que no aportan nada". De repente - nadie sabe porqué - a estos ciudadanos informados e indignados les ha dado por aplicar a sí mismos el artículo 20, párrafo 2 de la Constitución (alemana), según el cual todo el poder del estado emana del pueblo. ¿Qué ha ocurrido con este ciudadano, que de repente interpreta la misteriosa palabra constitucional "emana" como una orden de abandonar sus cuatro paredes para expresar lo que quiere, sabe y teme?
(...)
¿Por qué de repente no pueden estarse quietos en los sitios que se les había asignado? ¿Por qué ya no se puede confiar en su letargo, tan relevante para el sistema? La democracia representativa considera a los ciudadanos sobre todo como proveedores de legitimidad de los gobiernos. Por esto de vez en cuando se les invita a ejercer su derecho al voto. Entretanto el ciudadano puede hacerse útil practicando la pasividad. Su misión más noble consiste en expresar su confianza en el sistema mediante el silencio.
Limitémonos, para ser amables, a constatar que esta confianza se ha convertido en un recurso bien escaso. (...)
En tiempos de los césares, las elites imperiales al menos consiguieron despolitizar a sus ciudadanos ofreciéndoles alternativas medianamente aceptables - a pesar de los síntomas de la galopante decadencia posrepublicana. Eran expertas en despertar en el civis romanus el orgullo de las conquistas civilizatorias del imperio; integraban a los pueblos periféricos mediante el soft power romano; eran lo suficientemente astutos para permitir que las masas urbanas participaran en el narcisismo teatral del culto al césar. Como contraposición: la impotencia de nuestra clase política en todos los asuntos del menaje timótico. A menudo, lo único que esta clase política está en condiciones de ofrecer al ciudadano es su propia miseria - una oferta que por regla general la población sólo acepta durante el carnaval. Cuando en las encuestas se le pregunta a la gente lo que piensa sobre los logros de sus gobernantes, la respuesta más frecuente es: desprecio. Sobra decir que esta palabra forma parte del vocabulario elemental del análisis timótico. Cuando este concepto se utiliza para describir el polo negativo de la escala de orgullo - con tanta frecuencia y vehemencia como actualmente - se puede entender en qué medida la regulación de nuestra sociedad está yendo a la deriva.
El sueño de los sistemas produce monstruos: los gobernantes lo viven a su manera en cuanto una serie de ciudadanos insatisfechos se cruzan con sus planes y procedimientos. No es de extrañar que el desprecio sea respondido con más desprecio. La respuesta a la inesperada disidencia ciudadana en Stuttgart y Berlín fueron insultos y una presencia policial masiva. ¿Es esta la cara de ese oscuro objeto del que emana el "poder estatal"? ¡"Protestones profesionales, anarquistas del ocio, demócratas del momento, egoístas seniles, parias del bienestar"! Estas son las palabras que el gobierno regional y sus aliados en la capital lanzan a las decenas de miles de ciudadanos que protestan contra un obsoleto megaproyecto (n.d.t.: la nueva estación de Stuttgart). ¿Podríamos disculpar la elección de estos calificativos porque los que los soltaron se encontraban en un estado de shock? Todo lo contrario. Debemos dar las gracias a estos políticos porque al fin han dicho lo que opinan de los ciudadanos. Curiosamente, un sector importante de la prensa (a veces) seria estuvo dispuesto a "sentir" con la clase política acorralada: hace poco, los nuevos protestones fueron calificados de "ciudadanos rabiosos" - lo cual hubiera sido una buena descripción si hubieran tenido en cuenta la relación original que hay entre indignación y república. Pero, desgraciadamente, en este caso esta calificación fue utilizada para espantar las moscas cojoneras. Lo que está claro: muchos periodistas saben lo que tienen que hacer para excluir a la ciudadanía.
La casta asustada utilizó porras y gases lacrimógenos para responder a los resolutos argumentadores del pueblo que habían encontrado incompatibilidades en los planos para la nueva estación de Stuttgart. (...)
Desde inicios de la crisis en 2008 se han hecho incontables comentarios sobre el peligro de la especulación en los mercados financieros. Pero nadie ha hablado de la más peligrosa de las especulaciones: la mayoría de los estados actuales especulan, ajenos a toda crisis, con la pasividad del ciudadanos. Los gobiernos occidentales siguen creyendo que podrán esquivar a sus ciudadanos con ofertas de entretenimiento; los gobiernos orientales apuestan por la eficacia de la represión abierta. (...)
Incluso sin talento adivinatorio es fácil prever que este tipo de especulaciones tarde o temprano reventarán, porque en plena era de la civilización digital ningún gobierno del mundo está en seguridad ante la indignación de sus ciudadanos. Cuando la ira haya concluido satisfactoriamente con su trabajo, aparecerán nuevas arquitecturas de participación política. La posdemocracia ante portas tendrá que esperar.
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