LA VERITAT

 

El orgullo herido (del pueblo)

La exclusión del ciudadano de la democracia

Extractos de un ensayo del filósofo alemán Peter Stoterdijk, publicado en "Der Spiegel" Nº 45/2010

Libremente interpretados - como siempre sin pretensiones literarias ni pecuniarias - por Manuel Franquesa Voneschen

 

"(...) No faltan indicios de que nos dirigimos hacia estados posrepublicanos y posdemocráticos. Su síntoma más significativo, a saber la exclusión del ciudadano - de nuevo - por parte de un entrelazado concepto de monólogo estatal, actualmente es fácilmente diagnosticable. La prueba de que la política de este país se acerca cada vez más al monólogo de un club de autistas reside en la actual discusión del gobierno sobre al energía atómica.

 

Pero los que pensaban que la exclusión del ciudadano en la segunda situación posrepublicana sería tan fácil como durante el antiguo régimen de los césares se han equivocado (...). El hecho de que a pesar de tanta expertocracia y cultura del ocio no lo hayan conseguido del todo demuestra de que han hecho las cuentas sin el orgullo ciudadano. 

 

De repente aparece de nuevo en escena el ciudadano timótico, seguro de sí mismo, informado, pensante y decidido a participar en las decisiones, hombres y mujeres, y se querella ante el Tribunal de  opinión pública contra la deficiente representación de sus deseos y conocimientos del actual sistema político. Aquí está de nuevo, el ciudadano que no ha perdido su capacidad de indignación, porque a pesar de todos los intentos de convertirlo en un haz libidinoso no ha perdido su sentido de autoafirmación ni su capacidad de manifestar estas cualidades, manifestándolas en las plazas públicas. Este ciudadano incómodo se niega a ser un omnívoro político, indulgente y lejano a las opiniones "que no aportan nada". De repente - nadie sabe porqué - a estos ciudadanos informados e indignados les ha dado por aplicar a sí mismos el artículo 20, párrafo 2 de la Constitución (alemana), según el cual todo el poder del estado emana del pueblo. ¿Qué ha ocurrido con este ciudadano, que de repente interpreta la misteriosa palabra constitucional "emana" como una orden de abandonar sus cuatro paredes para expresar lo que quiere, sabe y teme?

(...)

 

¿Por qué de repente no pueden estarse quietos en los sitios que se les había asignado? ¿Por qué ya no se puede confiar en su letargo, tan relevante para el sistema? La democracia representativa considera a los ciudadanos sobre todo como proveedores de legitimidad de los gobiernos. Por esto de vez en cuando se les invita a ejercer su derecho al voto. Entretanto el ciudadano puede hacerse útil practicando la pasividad. Su misión más noble consiste en expresar su confianza en el sistema mediante el silencio.   

 

Limitémonos, para ser amables, a constatar que esta confianza se ha convertido en un recurso bien escaso. (...) 

 

En tiempos de los césares, las elites imperiales al menos consiguieron despolitizar a sus ciudadanos ofreciéndoles alternativas medianamente aceptables - a pesar de los síntomas de la galopante decadencia posrepublicana. Eran expertas en despertar en el civis romanus el orgullo de las conquistas civilizatorias del imperio; integraban a los pueblos periféricos mediante el soft power romano; eran lo suficientemente astutos para permitir que las masas urbanas participaran en el narcisismo teatral del culto al césar. Como contraposición: la impotencia de nuestra clase política en todos los asuntos del menaje timótico. A menudo, lo único que esta clase política está en condiciones de ofrecer al ciudadano es su propia miseria - una oferta que por regla general la población sólo acepta durante el carnaval. Cuando en las encuestas se le pregunta a la gente lo que piensa sobre los logros de sus gobernantes, la respuesta más frecuente es: desprecio. Sobra decir que esta palabra forma parte del vocabulario elemental del análisis timótico. Cuando este concepto se utiliza  para describir el polo negativo de la escala de orgullo - con tanta frecuencia y vehemencia como actualmente - se puede entender en qué medida la regulación de nuestra sociedad está yendo a la deriva.

 

El sueño de los sistemas produce monstruos: los gobernantes lo viven a su manera en cuanto una serie de ciudadanos insatisfechos se cruzan con sus planes y procedimientos. No es de extrañar que el desprecio sea respondido con más desprecio. La respuesta a la inesperada disidencia ciudadana en Stuttgart y Berlín fueron insultos y una presencia policial masiva. ¿Es esta la cara de ese oscuro objeto del que emana el "poder estatal"? ¡"Protestones profesionales, anarquistas del ocio, demócratas del momento, egoístas seniles, parias del bienestar"! Estas son las palabras que el gobierno regional y sus aliados en la capital lanzan a las decenas de miles de ciudadanos que protestan contra un obsoleto megaproyecto (n.d.t.: la nueva estación de Stuttgart). ¿Podríamos disculpar la elección de estos calificativos porque los que los soltaron se encontraban en un estado de shock? Todo lo contrario. Debemos dar las gracias a estos políticos porque al fin han dicho lo que opinan de los ciudadanos. Curiosamente, un sector importante de la prensa (a veces) seria estuvo dispuesto a "sentir" con la clase política acorralada: hace poco, los nuevos protestones fueron calificados de "ciudadanos rabiosos" - lo cual hubiera sido una buena descripción si hubieran tenido en cuenta la relación original que hay entre indignación y república. Pero, desgraciadamente, en este caso esta calificación fue utilizada para espantar las moscas cojoneras. Lo que está claro: muchos periodistas saben lo que tienen que hacer para excluir a la ciudadanía. 

La casta asustada utilizó porras y gases lacrimógenos para responder a los resolutos argumentadores del pueblo que habían encontrado incompatibilidades en los planos para la nueva estación de Stuttgart. (...) 

 

Desde inicios de la crisis en 2008 se han hecho incontables comentarios sobre el peligro de la especulación en los mercados financieros. Pero nadie ha hablado de la más peligrosa de las especulaciones: la mayoría de los estados actuales especulan, ajenos a toda crisis, con la pasividad del ciudadanos. Los gobiernos occidentales siguen creyendo que podrán esquivar a sus ciudadanos con ofertas de entretenimiento; los gobiernos orientales apuestan por la eficacia de la represión abierta. (...) 

 

Incluso sin talento adivinatorio es fácil prever que este tipo de especulaciones tarde o temprano reventarán, porque en plena era de la civilización digital ningún gobierno del mundo está en seguridad ante la indignación de sus ciudadanos. Cuando la ira haya concluido satisfactoriamente con su trabajo, aparecerán nuevas arquitecturas de  participación política. La posdemocracia ante portas tendrá que esperar.