LA VERITAT

Stanislaw Lem (1921-2006)
Plato fuerte
OPERACIÓN "SEX WARS"
Stanislaw
Lem sobre las estrategias contra el Sida, la sobrepoblación y las catástrofes
climáticas
Artículo
publicado en 1992 por la revista "DER SPIEGEL" (Nº 44/1992),
libremente traducido --como siempre sin pretensiones científicas, literarias o
pecuniarias-- por Manuel Franquesa, subdirector de LA VERITAT, Castelldefels,
Spain
¿Sobrevivirá
la humanidad el siglo 21? Empezaré este ensayo con una cita de
uno de mis libros, publicado en 1972, o sea, hace 17 años:
“La
tierra representa un homeostato específico, estabilizado por las
épocas del año, las temperaturas reinantes, la cantidad y composición de la atmósfera, las superficies de las aguas, etcétera.
Las magnitudes dominantes en determinados lugares se llaman parámetros.
Un producto secundario no deseado, fruto del comportamiento humano, es el
hecho de que estos parámetros, cuya estabilidad ha
persistido durante muchos siglos, lenta y gradualmente se están
convirtiendo en variables, que desgraciadamente dependen de nuestro
comportamiento.
Mientras
la biosfera se encargaba ella misma de mantener la estabilidad de los parámetros
más importantes, un cambio repentino y global era imposible. Pero
cuanto más los parámetros inherentes a la naturaleza se van
convirtiendo -a causa de las actividades humanas- en variables,
tanto más el hombre será responsable de preservar la vida bajo
condiciones que le sean propicias. Es decir, su
responsabilidad sobre su propio destino también va en
aumento.”
Bajo
el riesgo de aparecer soberbio: sólo hoy veo con claridad, que
esta apreciación contiene una fatídica verdad, y realizo lo poco
que la humanidad se preocupa por aquellos procesos que convierten
estos parámetros en variables. Esto es así, porque las
responsabilidades sobre el control y las contramedidas por regla
general son de ámbito supranacional (no están reguladas por las
leyes del mercado). Pero no tenemos un gobierno supranacional.
Su
eventual representante, la ONU, es relativamente débil, y eventos como la
conferencia de Rio, como máximo representan las buenas
intenciones con las que están adoquinados los caminos que llevan
al infierno.
El
derrumbe de la Unión Soviética convirtió el mundo bipolar
(comunismo versus democracia) en un mundo unipolar, ampliamente
desgarrado por (todavía existentes) conflictos locales. Pero
tampoco este mundo tiene “cabeza ni medios” para salvar a
la humanidad (es decir, salvarse a sí misma).
Après
nous de déluge: y aunque sea un diluvio humano.
La
biosfera del planeta está expuesta a sobrecargas, las cuales,
conjuntamente con la “bomba demográfica”, representan una
suma de problemas y peligros, sobre los que numerosos expertos
opinan que hacia finales del siglo 21 o principios del 22 podrían
desembocar inexorablemente en un suicidio colectivo planetario.
Las últimas conclusiones del Club of Rome no fueron otra cosa que
un listado de advertencias sobre lo que tendríamos que que hacer
inmediatamente.
El
homo sapiens ha ido evolucionado durante más de un millón de años.
Su pensamiento, desarrollado a lo largo de esta evolución natural,
ciertamente fue capaz de solucionar los problemas que se presentaron durante el eolítico, paleolítico y neolítico.
Prueba de ello es que el hombre logró llegar a la era nuclear,
cosmonáutica y electrónica.
Pero
lo que quedó por el camino fue la limitación
de la capacidad cognitiva del pensamiento humano, es decir, su incapacidad de anunciar y solucionar problemas
demasiado complejos.
La
historia demuestra que los sucesivos logros del saber y la técnica, de la teoría y
de la práctica están estrechamente relacionados con la cantidad
mínima de factores, en los que un problema que nos afecta podría
ser descompuesto. Esto es válido para todos los campos de la
actividad humana. Como ejemplo: La eficiencia de los políticos
decae con la complejidad de los problemas que nos prometen solucionar.
Pero
esta debilidad también es una causa de nuestra incapacidad de
hacer pronósticos precisos en campos como la climatología, la
economía, la cosmología y la energética; y no hablemos de la
politología, que también pasa por ser una “ciencia”.
En
la física, determinadas leyes pueden considerarse como
consolidadas. En la politología, todo el mundo encuentra lo que
necesita. Por este motivo, en la historia ciertos fenómenos climáticos,
económicos e incluso políticos de repente pillan a la humanidad
por sorpresa (como el desplome de la Unión Soviética).
Por
ello, para finales del siglo 20, urge la creación de una “globalística”,
es decir, de una disciplina capaz de solucionar los problemas de
la humanidad en particular, y los del mundo en general, de un modo
integral y supranacional.
La
época de nuestros grandes ayudantes, los
ordenadores, puede mitigar paulatinamente la situación, pero no
podrá provocar un cambio radical en un plazo previsible. Y si la
“máquina de gobierno”, diseñada en 1948 por un dominicano,
fuera realizable: ¿quién dejaría en manos de este autócrata
mecánico el poder sobre nuestro destino?
Sin embargo, observo con ojos críticos la posibilidad de una globalística. El siglo 21 colocará al hombre sensato ante el mayor reto desde su existencia. La actividad autoreguladora y natural de la biosfera ya no está en condiciones de salvarnos. Tenemos que salvarnos a nosotros mismos, de lo contrario nada nos salvará de esta trampa. Tertium, non datur. Por desgracia.
Obviamente,
no puedo abarcar de una vez todos los peligros que nos acechan. Sólo
intento representar lo esencial dentro de un concepto global. Se
trata, naturalmente, del problema de la demografía o crecimiento
de la población sobre la tierra, la cual, al fin y al cabo, no
podemos dilatar.
La
edad de la humanidad –más de un millón de años- sólo
representa una pequeña porción en el desarrollo de la vida sobre
la tierra, que empezó hace más de cuatro mil millones de años.
En esta escala, el crecimiento explosivo de la población durante
los últimos cien años es un fenómeno tan extraordinario como
inquietante.
Obviamente,
todos los cálculos, según los cuales la humanidad –con una
tasa de crecimiento anual del 2 por ciento- dentro en mil años
se multiplicaría a la velocidad de la luz, sólo son juegos matemáticos.
Los demógrafos predicen que el crecimiento de la vida será
frenado por la creciente mortandad, causada por las hambrunas
del tercer mundo, las enfermedades, la contaminación
medioambiental y otros factores más.
Aquí
llegamos al punto, en el que quiero explicar lo que entiendo bajo
Sex Wars. Primero, podemos llamar así a la guerra del VIH
–virus de la inmunodeficiencia humana- contra nuestra especie.
Nadie me negará que en los últimos 25 años, tres fenómenos
(como mínimo) han convertido en maculatura pilas y pilas de literatura futurológica.
Imagínense que en el año 1981 alguien hubiese dicho:
-
que en diez años el imperio soviético desaparecerá sin
trastornos gigantescos;
-
que en el mundo empezará a propagarse un virus mortal, y que
durante diez años los grandes laboratorios y eruditos no serán
capaces de desarrollar una vacuna o un remedio contra el Sida;
-
que la iglesia católica romana, que abarca más de mil millones
de creyentes, de facto actuará como una aliada de este virus
mortal,
declarando como pecado la utilización de preservativos –hasta
la fecha el único medio capaz de reducir el riesgo de infección
durante la copulación-, y que no existirá argumento alguno
capaz de sacar a la iglesia de esta alianza.
La
persona que hubiese puesto sobre la mesa estas tres afirmaciones,
sin duda hubiese sido declarada necia por los futurólogos. Sin embargo,
esto es exactamente lo que ocurrió.
Entretanto,
este virus inicialmente tan soberanamente bagatelizado, se ha extendido de tal modo, que el semanario Time tituló un artículo
sobre la conferencia sobre el Sida con “Loosing the Battle”
(perdiendo la batalla). ¿Qué significa eso de perder la batalla
contra el virus?
Para
el año 2000, los pronósticos más pesimistas prevén más de
cien millones de infectados. Por lo tanto, si alguien quisiera
reducir el número de vivientes, obviamente empezaría una “guerra contra la
fertilidad del hombre”, justo ahí donde hay la mayor tasa de
crecimiento demográfico (por ejemplo en Filipinas, donde es del
2,8 por ciento), pero no ahí donde la tasa es baja, o incluso
tiende a cero --como en Alemania.
Y,
sin embargo, en Tailandia, Lejano Oriente y África ya existe la
tendencia de reducir a cero la tasa del crecimiento demográfico. Si
esto ya es así, ¿qué ocurrirá dentro de 20 años? En el año
1984, los más importantes laboratorios del mundo prometieron
desarrollar una vacuna u otro remedio en un plazo de cuatro o
cinco años. Hasta la fecha no han cumplido la promesa.
Si
en un mapamundi sombreamos con un color los países con la mayor
tasa de infección del virus VIH, y con otro color las regiones con
el nivel de vida más bajo, veremos que mayoritariamente ambos
colores aparecerán superpuestos. El virus mata en el tercer
mundo, porque es la primera pandemia de la historia causada por un
retrovirus de la familia de los lentivirus, y, por lo tanto,
incurable.
El
virus se comporta como si estuviera haciendo una Sex War contra la
especie del homo sapiens, ya que se transmite mayoritariamente
haciendo el amor. Se puede controlar la sangre que reciben los hemofílicos,
pero sin sexo nuestra especie no puede existir. Por este motivo,
la iglesia tendrá que corregir su punto de vista.
La
pregunta no es si, sino cuándo la iglesia lo hará. Sólo
dependerá de la diferencia del número de víctimas, pero no del
hecho en sí. Pero esto es pecado mortal, porque tiene consecuencias mortales.
El
celibato generalizado como método anticonceptivo, sin duda sería
algo antinatural. Aunque una “condonización” generalizada
frenara la expansión
del virus, a largo plazo no nos salvaría de la expansión de
la pandemia. Existen modelos matemáticos, que postulan que la
pandemia no se expande de modo hiperbólico, es decir, no lo hace
con un crecimiento puramente exponencial, pero se acelera, y si
en el año 2000 el número de infectados sobrepasara los 100
millones, a
finales del siglo 21 podría sobrepasar los 400 millones. Un pronóstico
exacto es imposible, por dos razones:
-
En un plazo previsible no habrá una vacuna, sobre todo a causa
del llamado “Antigen drift” (cambios menores), o sea, la
mutabilidad del virus. Las clásicas epidemias anuales de la gripe,
por regla general crean dos o tres nuevos virus de la gripe, por
lo que las vacunas tienen que abarcar un espectro lo
suficientemente amplio. La
superficie antigénica mutada del virus por regla general tiene una
estructura nueva, por lo que las vacunas también han de ser “de
pronóstico amplio”, es decir, capaces de
protegernos de los virus que podrían aparecer mañana. Esto es tan imposible como desarrollar un sistema que
garantizara ganar pasta gansa en en el casino de Monte Carlo.
-
Un medicamento, sobre todo uno capaz de romper la
cadena de mutaciones del virus, podría desarrollarse con
una eficacia entre el 85 y el 90 por ciento. En tal caso, la (anhelada)
victoria sería posible, con lo que se evitaría la aniquilación
viral de la especie homo sapiens. Sin embargo, no es posible
prever cuándo será posible vencer el virus de este modo, ya que hasta la fecha
la farmacología y la medicina sólo han logrado diezmar un único
tipo de virus, el de la viruela.
Las
personas piadosas y castas pueden pensar que el virus sólo erradicará
de la faz de la tierra a los pederastas, a los pornógrafos y a los
que viven en promiscuidad, dejando con vida exclusivamente a los
matrimonios fieles y castos y a su también casta descendencia.
Comparado con este pensamiento, la implantación del comunismo
paradisíaco según las enseñanzas de Marx y Lenin habría sido un
juego de niños.
Porque
el virus se propaga tanto a nivel homosexual como heterosexual,
creando mutantes cada vez más contagiosos y virulentos. Por última
vez, el virus también “dió soporte” a la mutación de las bacterias de la
tuberculosis (nota del traductor: consultar síntomas de las y de
los enfermos de Sida), reforzando su resistencia contra remedios
que anteriormente eran eficaces.
O
sea que “el virus no se queda parado”, esperando la llegada de
un veneno peligroso para su especie pero inocuo para el humano. Seguirá
extendiéndose, incluso “si todos nos volviésemos castos”, lo
cual
es absolutamente imposible. De lo que se deduce, que la Sex
War --en el futuro-- aún será más necesaria en un sentido
todavía más inverosímil.
Si
consiguiéramos vencer el virus, las tasas del crecimiento demográfico
aún crecerían más. (Actualmente, el Sida ha logrado convertir
amplias regiones de África en cementerios).
Si
el virus no ha sido vencido hasta el año 2000, exterminando a 100
millones de personas, la curva de crecimiento demográfico seguirá
empinándose. Cada día amanecemos con un crecimiento neto de 250.000
personas, pero en los ocho años que quedan hasta el año 2000, el
Sida “sólo” habrá infectado --y, por consiguiente-- matado a 100
millones de ellas.
Al
mismo tiempo,
el crecimiento demográfico anual es de 70 a 80 millones de seres
humanos. Ambas guerras
mundiales cobraron 80 millones de vidas (contando las víctimas
que costó la instauración del comunismo y las del Regnum Hitlerianum).
Si dibujamos estas pérdidas sobre la curva de crecimiento de la
población, veremos que el cambio apenas es perceptible. En otras
palabras: la energía procreadora de nuestra especie es más
fuerte que las hecatombes que ella misma desencadena.
Por este motivo, cada día veo la creciente necesidad de mermar la fertilidad o de influir biotécnicamente sobre ella, lo que también podríamos llamar "Sex Wars". Esto podría hacerse --por ejemplo-- reduciendo la fertilidad mediante substancias sintético-hormonales. Yo lo denominaría como acción "demopresiva": por ejemplo, añadiendo estas substancias al agua potable, a los alimentos, a la atmósfera. Existen múltiples posibilidades.
Sólo
citaré un ejemplo: a un grano de trigo o arroz se le implantan
genes que no existen en la naturaleza. Más tarde, estos genes (o
sus derivados bioquímicos) llegan a la harina, al pan etc., con
lo que se obtiene un acortamiento del ciclo de la fertilidad
femenina (por ejemplo de los 19 a los 25/26 años de edad), o la
devolución de los ciclos de procreación de la mujer a los
periodos que conocemos en los mamíferos (por ejemplo, periodos de
tres semanas dos veces al año).
Como
es natural, la copulación no fértil no se vería afectada por ello, y estas modificaciones apenas tendrían influencia sobre
la psique: simplemente, la menstruación aparecería con menos
frecuencia de lo habitual. O la frecuencia de las
menstruaciones quedaría igual, pero se modificaría el porcentaje
de los ovarios fertilizados capaces de anidar en la matriz.
Estudios
realizados a ambos lados del Atlántico han demostrado que aprox. un
40 por ciento de los ovarios fertilizados son expulsados por el organismo
femenino post
coitum. Para reducir la tasa de crecimiento
demográfico, bastaría aumentar esta tasa de rechazo hasta un 60
a 70 por ciento aplicando las hormonas adecuadas.
Es
normal que un 40 por ciento de los ovarios sean rechazados, ya que
durante el complejo proceso de la unificación del núcleo de la célula
del esperma con el del ovario siempre hay
“fallos”. Este rechazo es el resultado de una cierta selección
purificadora. A pesar de ello, en los fetos pueden aparecer hasta
2000 diferentes defectos. (El más conocido es el mongolismo,
causado por la triple presencia de un cromosoma, sobre todo en
mujeres cerca de la menopausia). La mayoría de estos defectos no
son curables.
Sabiendo
que el preparado RU 486 no sólo provoca abortos, sino que también
puede frenar el crecimiento de determinados tumores (en las mamas
y en el cerebro), podemos tener esperanzas de que las futuras hormonas sintéticas
podrían tener efectos análogos et múltiples. (Por ejemplo, se han
descubierto ciertos insecticidas clorados, que reducen la
fertilidad de los pájaros que se alimentan de los insectos,
produciendo una masculinización de las hembras y una feminización
de los machos). En una palabra, se pueden hacer muchas cosas, no sé
si para bien o para mal de nuestra especie.
Quizás
para mal, porque más arriba ya he mencionado otro problema de la
Sex Wars. Una sociedad tratada de este modo, probablemente no
reaccionará con demasiado entusiasmo ante el tratamiento prescrito. Las
costumbres, las creencias religiosas, pero también las
necesidades económicas hacen que muchos pueblos consideren como un hecho
positivo tener una descendencia
abundante.
Mientras
los ricos y mejor situados reducen de diferentes maneras el número
de hijos por pareja, incluso por debajo del mínimo de la
reproducción simple (estadísticamente 2,1 hijos por pareja), los
pobres a menudo quieren más hijos, porque ¿quién si no les
ayudará ahora y los mantendrá con su trabajo cuando ellos sean viejos?
Momento oportuno para las Sex Wars o contraataques contra
aquellos estados que planean una aplicación selectiva de la
demopresión en el tercer mundo.
Este
contraataque podría tener consecuencias nefastas para todos. Los
ricos no se sentirían seguros ni dentro de sus fortalezas
estatales ni aunque construyeren muros contra los “asilantes”. Teóricamente
sería posible perpetrar un “ecocidio”, mil veces peor que el
incendio de los pozos de petróleo de Kuwait escenificado por
Saddam Hussein.
Por
ejemplo, sería pensable “tomar como rehén” a la clorofila,
sin la cual no habría oxígeno, y sin oxígeno no hay vida. (¿Cómo
podría ocurrir algo así? El principal proveedor de oxígeno no son
los bosques, sino las algas en los océanos o el fitoplancton.
Quien amenazare con la destrucción del plancton, tendría en sus
manos una terrible arma de chantaje, con la que podría hacer
satisfacer sus exigencias. ¿Cómo se puede destruir el plancton?
Dejo la respuesta a aquellos a los que les encanta describir el
“fin del mundo”. Yo no pertenezco a esa clase de personas).
Last
but not least, la civilización no estará condenada a la
aniquilación cuando hayan muerto 200 millones de víctimas del
Sida, sino mucho antes. Del mismo modo que es absurdo decir que
dentro de 100 años sólo quedará a disposición medio metro
cuadrado de suelo por persona, lo es el afirmar que la medicina
será capaz de poner en práctica con éxito una terapia para los miles de
millones que enfermarán de Sida.
Ya
hoy en día, el desbordamiento de los costes sanitarios amenaza a
muchos países. Cada vez hay menos personas que se pueden permitir
unas terapias cada vez más modernas y costosas.
Incluso
suponiendo que un país estuviera biotécnicamente en condiciones de iniciar
una operación demopresiva, actualmente no estaría preparado para
ello, porque ello se opondría radicalmente al canon moral-político
de nuestro mundo. El bando “demopresivamente armado” no osaría
iniciar una Sex Wars por miedo a la resistencia moral y a las
reacciones de la sociedad, y no sólo de la que ha sido atacada, sino también
de la propia que la rodea.
Aunque
una operación secreta de este tipo fuere posible, su descubrimiento tendría
consecuencias impredecibles, que podrían desembocar en una guerra
“convencional” o en el ya mencionado ecocidio.
Dentro
de este pronóstico, no voy a caer en especulaciones futuristas, que contienen un calendario
sobre los descubrimientos e inventos que han de venir. En este
campo, la
investigación del futuro ya ha hecho suficientemente el ridículo. Lo que a mí me interesa es representar las
condiciones de contorno y los límites de nuestra vida sobre la
tierra. Uno puede tener o no un vehículo híbrido o ver televisión
de alta resolución, pero lo que uno no puede es hacer es vivir rodeado
de miles de millones de hambrientos o enfermos del Sida.
Tenemos
que encontrar medios demopresivos.
No sé si he dejado suficientemente
claro que el virus del Sida no puede ser el método apropiado.
Tarde o temprano, este virus o sus sucesores acabarán aniquilándonos,
lo cual ya es un argumento suficiente para explicar por qué la
ciencia debe dar máxima prioridad a la lucha contra este virus.
Quien dice que “todos tenemos que morir algún día” no puede
ostentar el título de “investigador del futuro”.
Éticamente
significativo sería, por un lado, el cálculo de lo que costaría
mantener en vida a las masas hambrientas, y por el otro lado cuánto
se debería invertir en una infertilización efectiva (aunque
fuera durante un tiempo). Esta pregunta viene determinada por la
intuición moral y el cálculo político de los órganos de decisión,
de los que dependería la operación Sex Wars.
El
hecho de que estamos haciendo menos de lo que sería necesario, y
que los eventos como la conferencia de Rio no son más que
artimañas,
lo sabe todo el mundo –excepto el que no quiere saberlo. Actualmente, nuestras condiciones de vida ya están rápidamente
empeorando a causa del colapso de la capacidad de carga de la
biosfera.
Tenemos
cambios climáticos (sequías y huracanes entre los paralelos 20 y
50), cambios en la composición de la atmósfera (en una megapolis
como Ciudad de México, la concentración de oxígeno cae hasta el
17 por ciento, y no sólo a causa del smog, cuando la norma
establecida es del
20,95 por ciento), la desaparición de más biótopos marinos, el
envenenamiento de los continentes, nuevas enfermedades...
Tenemos
un “progreso” técnico que causa infartos (un infarto de la
motorización (nota del traductor: ¡circúlense por las
autopistas de Barcelona en el año 2007!), que ya amenaza el tráfico aéreo, un infarto de la
capa atmosférica, que parece un desguace de chatarra y residuos
astronáuticos). Los catalizadores de los vehículos retrasan el
envenenamiento, pero no lo detienen.
Una
producción de energía limpia al 100% no existe ni existirá jamás,
ya que no hay tecnologías exentas de error (nota del traductor:
véase la "tabla de mensajes de error" en cualquier
manual de instrucciones de una máquina moderna), y la “vuelta a las
raíces” en el camino hacia la era pos-técnica forzosamente
tendrá que pasar por alguna forma de Sex Wars (o por la
aniquilación de miles de millones de personas).
Claro que siempre nos quedará la alternativa del laissez faire: ¡qué se preocupen nuestros nietos! Esta salida, por más probable y cínica que pueda parecer, no puede crear alegría. Necesitamos una globalística capaz de salvar a la humanidad de sí misma.
Stanislaw Lem
A continuación, una serie de entrevistas con Stanislaw Lem, empezando por la última:

Última entrevista con Stanislaw Lem
El 15 de noviembre 2005,
Patrick Grossmann, de la revista GALORE, entrevistó a Stanislaw Lem en su
estudio en Cracovia. Fue su última entrevista. Lem falleció pocos días después
de la publicación de la revista en marzo de 2006.
GALORE tuvo la amabilidad
de colgar en Internet esta entrevista en formato PDF.
Ante tanta generosidad de un medio, la entrevista con Stanislaw Lem fue inmediatamente traducida al español –como siempre sin pretensiones literarias ni pecuniarias—por Manuel Franquesa, subdirector de LA VERITAT, Castelldefels, Spain, para que a la hora de saldar cuentas con la idiotización global no falten datos relevantes.
Amén (así sea)
“La
inteligencia es una cuchilla de afeitar”
El visionario
y autor de bestsellers Stanislaw Lem vive en una sencilla casa unifamiliar en
las afueras de Cracovia. Las siguientes tres horas a la sombra de miles de
libros fueron impresionantes: un sabio anciano habla sobre las aberraciones de
la técnica, de las utopías sin fundamento, de la razón –y de la desaparición
de la misma.
Señor Lem -¿cuándo he hecho usted por última vez algo irracional?
Stanislaw
Lem: No lo sé si fue verdaderamente irracional, pero le pedí a mi hijo de que
me comprara aquella máquina electrostática (señala el escritorio), porque
encuentro que el arco voltaico es visualmente muy excitante. Simplemente me
gusta; ¡un millón de voltios que se pueden ver a simple vista! ¿Pero acaso
ese milisegundo me aporta una ventaja mensurable? ¡No! Bueno, a mi nieto le
encanta (ríe).
Sólo
le pregunto porque tanto en sus obras de ficción como en sus ensayos casi nunca
aparecen emociones. Pero al fin y al cabo, sin sentimientos toda la evolución y
los instintos no serían posibles. ¿Acaso este lado del ser humano simplemente
no le interesa?
Si que
me interesa. Pero en mi caso, el escribir es un proceso racional. En general no
tiemblo cuando estoy sentado en el escritorio. Lo cual no significa que sea una
persona fría.
En
su biografía, por lo menos veo una decisión, en la que su motivación me
interesa mucho: usted ha dejado que Steven Soderbergh rodara una película
basada en su bestseller “Solaris”, con la que al final usted no estuvo nada
satisfecho. ¿Ha visto al menos la película?
No, no
del todo. Pero lo que vi me bastó. ¡Una estupidez! Todo lo interesante en
mi novela hacía referencia a la relación de las personas con ese océano en
forma de inteligencia no humana –y no a una serie de historias de amor entre
humanos. Bueno, al menos me indemnizaron decentemente. Desde entonces he
rechazado estrictamente cualquier oferta de los americanos.
Pero
usted debería haber sospechado de lo que Hollywood haría de su obra. ¿Por qué
autorizó el proyecto?
Me
convencieron. Me dijeron que yo no tenía ni idea de las posibilidades de
animación que existen hoy en día, y que al final todo sería de mi gusto. “¡Adelante”!,
dije, “a ver si es verdad”. Una basura hicieron. Terrible. Comparado con
esto, hasta la versión de Tarkowskij es una obra genial.
¿Es
usted consciente de que mucha gente considera “Solaris” una de las mejores
obras de ciencia ficción?
Para
empezar: yo no soy ni un conocedor ni un amante de la llamada ciencia ficción.
Creo que lo mejor que he escrito son algunos libros, que tienen una extraña
relación con respecto a los paradigmas del género; por ejemplo “Ciberiada”,
“Memorias encontradas en una bañera” o “Así habló Golem”, además del
lado más ensayista de mi obra, que desde “Summa Technologiae” se ha ido
continuamente desarrollando y ampliando. Empecé bajo condiciones penosas y fui
creciendo. (hace una pausa). ¿Sabe qué? Me extraña un poco que gente como
usted sigan interesándose por mí y mis pensamientos –en unos tiempos en los
que se levantan tantos autores, que brillan unos instantes antes de
desintegrarse como una supernova. Apenas queda alguien de los años sesenta
capaz de despertar interés.
Supongo
que por el tema. Usted escribe...
...¡entretanto
ya no escribo nada! De vez en cuando dicto alguna cosa a mi secretario, como
observador político, por decirlo así. 44 tomos de mis obras completas ya son
suficientes. A pesar de todos los deseos: sería absurdo seguir cargando mi
obra. Basta.
¿Tiene
usted la sensación de haberlo dicho todo?
¡Por
Dios, soy demasiado viejo! Con 85 años a cuestas, el escribir ya no me satisface. Durante
40 años me levanté a las cinco de la mañana para sentarme delante de la máquina
de escribir, hasta que un buen día mi trasero dijo basta. (se ríe) Hoy soy un
anciano. Obviamente estoy un poco idiotizado. No del todo, pero bastante. De
modo que si usted dice que ha leído casi toda mi obra, no estoy seguro si debo
pedirle disculpas o darle las gracias por ello.
No
está usted hablando en serio.
Claro
que si. Si fuera por mí, podría usted tirar a la basura el 30 por ciento de mi
obra literaria. Algunas cosas siguen vivas. Mire usted, la inteligencia es como una
cuchilla de afeitar: uno la puede utilizar adecuadamente, pero uno también
podría degollarse con ella. En el fondo es insana.
Usted
mismo, con un coeficiente de inteligencia de 180, fue considerado “el niño más
inteligente del sur de Polonia”. ¿Cree usted que de verdad existen ámbitos
de la vida en los que un exceso de inteligencia podría ser más bien un
impedimento?
Estadísticamente
sí. Quien se estruja incesantemente la cabeza pensando en las cosas más
sencillas, olvidándose de retirar el café del fuego, ¿no?
¿Cómo
se catalogaría usted a sí mismo: investigador, escritor, filósofo?
Una
pregunta difícil. (reflexiona) Me he esforzado como escritor. Filósofo no soy;
y si lo fuera, sería contra mi voluntad. Investigador, para nada. Estoy sentado
aquí, solitario, e intento leer cosas interesantes. Pero cada día me resulta más
difícil, porque cada día se publican enormes cantidades de basura.
Mire
usted..., naturalmente podría quedarme con esta bonita palabra para adornarme.
También podría sentarme a contemplar los cinco títulos de doctor honorífico
que me fueron otorgados sólo por universidades alemanas. Pero el tema no es este. Lo
que fui, lo ignoro. Ahora soy un anciano, en el que sobrevive una última chispa
de vida y un resto de inteligencia. Muy señor mío: está usted conversando con
una ruina. (susurra) Hace dos años llegué a estar clínicamente muerto.
¿Cómo?
Simplemente
me desplomé, porque no sabía que tenía diabetes de anciano y comía
demasiados dulces. El resultado fue una grave herida en la cabeza, la pérdida
de un litro y medio de sangre y a continuación unas cuantas horas de coma. ¿Y
sabe qué? Fue un estado muy agradable; un estado de vacío absoluto. Desde este
acontecimiento, al menos sé que después de la muerte no hay nada. Un nada
absoluto. Como ateo que soy, una expectativa harto tranquilizante.
Con
usted no se puede evitar un diagnóstico general; su transformación de
visionario de ciencia ficción a crítico y escéptico del progreso.
Cierto.
Porque un progreso absolutamente predefinido se convierte automáticamente en un
regreso. A todos los niveles posibles –ético, técnico, político. Como
individuo, usted puede gritar tanto como le venga en gana. Pero no será
escuchado. ¡Ya no puede hacer nada!
No
hace mucho, usted dijo ser un “pesimista con optimismo”. Sin embargo,
leyendo sus últimos textos, el elemento optimista falta casi por completo.
En
parte tiene motivos puramente biológicos. Tanto los humanos como los animales,
al nacer reciben una inyección de optimismo. Observe como saltan los cachorros
de los perros. Pero cuando uno es viejo, y sólo le queda esperar a la muerte,
mirar constructivamente hacia delante es difícil. Por favor, no me malentienda:
como ya dije, la muerte me agrada. Si no fuera porque mi familia se opone con
vehemencia, hace tiempo que hubiera acabado con esto. Y con respecto a mis
escritos, la cosa tampoco es muy prometedora: en cuanto la tapa del ataúd se
cierra sobre un autor, éste ya empieza a caer en el olvido colectivo, por más
visionario que haya sido. Existe un proverbio muy auténtico; “Nadie lee. Y si lee, no entiende nada. Y si entiende algo, enseguida
lo olvida.”
Sin
embargo, mucho de lo que usted escribió hace decenios, en el siglo 21 ha
adquirido más actualidad y relevancia que nunca. Por ejemplo, en “Solaris”
aparece la sabia frase: “No necesitamos otros mundos, necesitamos espejos”.
En
esto tiene usted razón. Pero a pesar de ello, las personas no se cansan de
fantasear sobre alienígenas y planetas lejanos. Con un entusiasmo
inquebrantable, los americanos siguen produciendo series como “Star Trek”.
Antes, en los años cincuenta, la gente moría preferentemente a bordo de un
submarino encallado en el fondo del mar, pero hoy prefieren hacerlo en los
espacios cósmicos. Pero al final, todos mueren a causa de lo mismo: la falta de
oxígeno. ¡Cómo su no hubieran cosas más importantes que hacer! Recuerde los
disturbios en Francia, los 40 mil millones de euros de déficit presupuestario
en Alemania o la estupidez con la que Bush sigue escenificando su película en Irak. Lo más tarde
en 1986, cuando apareció mi último libro sobre ficción “Fiasco”, para mí
el tema hubo concluido. Estaba harto. Lo que desde entonces he publicado en
forma de ensayos científicos, sólo fue capaz de satisfacer mis propios
intereses. Y que cada texto publicado demostraba que yo seguía vivo. (ríe)
¿La
tecnología también está en crisis?
¡Y cómo!
Si abre usted el “National Herald”, será bombardeado por innovaciones técnicas.
Pero lo único que hoy parece contar es que las cosas cada vez sean más pequeñas.
La nano tecnología tiene poco sentido para la vida cotidiana. ¡No necesitamos
todo esto!
¿Se
le ocurre algún invento que el mundo necesitaría de verdad?
Sí,
uno: me encantaría poder apagar todos los anuncios de la televisión. ¡Es
horrible! Está usted viendo una catástrofe, un terremoto –y de pronto se oye
una voz que le cuenta con qué papel de váter se limpian el trasero los osos.
¡Por favor! Esto no me gusta. Me siento como informativamente violado. Pero
contra esto no hay remedio
¿Y
desde el punto de vista global? ¿Algún desarrollo que podría hacer avanzar a
la humanidad?
Lo que
concierne al hombre, prefiero callar. La humanidad no existe –sólo diferentes
pueblos. Algunos explotan demográficamente, mientras otros se vuelven demasiado
viejos y se extinguen. Todos juntos nos hundimos en este mar humanoide. Somos
demasiados; a mediados del siglo seremos nueve mil millones.
¿Es
por eso que le interesan los libros como aquel de allí, con un título tan
esperanzador como “Entering Space” (Entrando en el espacio)?
No.
Leo estas cosas porque considero que el tema de la emigración al espacio es una
de las mayores aberraciones de los tiempos modernos. Hasta la fecha, el mayor logro
que ha conseguido la muy distinguida NASA ha sido el pegamento que aglutina el escudo térmico
de su nave Space Shuttle. (ríe con sarcasmo) ¿Por qué motivo debería
interesarnos colonizar otros planetas como Marte –prescindiendo del hecho de
que en el fondo somos animales depredadores? ¡Lo que hay ahí arriba es una
especie de Gulag! Un desierto horriblemente frío, sin aire ni agua. Sería
mejor intentar resolver los problemas terráqueos. Quizás nos quede una pequeña
oportunidad antes de extinguirnos a nosotros mismos –después de los mamuts y
las ballenas-, aunque lo dudo. Parece que nos guste asesinar. La historia
humana parece un océano de sangre, y el hecho de que sigamos trabajando para
prolongar artificialmente nuestras vidas, es el colmo de los colmos.
¿Usted
cree que algo así sería posible?
Si es
realizable, no lo sé. Pero lo considero absolutamente irrelevante. Vivir
eternamente sería contraproductivo y extremadamente aburrido. (cambia de tema)
¿Le gusta el halva?
Si,
¿por qué me lo pregunta?
¿Quiere
cien kilos? ¿No? Usted se lo pierde.
En
uno de los últimos libros, usted también defiende la tesis de que la bomba de
la tecnología de la información, que usted describe como “descendiendo en plena
fase de metralla”, es más peligrosa que la bomba demográfica.
Existen
muchos diluvios, no sólo uno. También hay uno tecnológico. Cada día salen al
mercado nuevos
modelos de coches - ¿para qué? Hace 25 años que conduzco el mismo Mercedes.
Encima de la chimenea tengo cinco máquinas de escribir llenándose de polvo,
porque sigo utilizando con tozudez mi Remington mecánica. Si tenemos suerte, el
agotamiento de las materias primas acabará con el hechizo de forma natural. Y
con respecto a la trompa de información: incluso si usted consiguiera separar la
información relevante de la basura, la idea de asimilarla toda sería como
intentar vaciar el Atlántico con una cucharilla de café. Hoy acabo de recibir
el último número de “Scientific American” -¿y qué leo? “La gravedad es
una ilusión”. ¡Según los últimos descubrimientos, la gravedad de repente
ha dejado de existir! (ríe) Por suerte tengo a mi secretario, que hace una
preselección.
Ya
en 1996, usted escribió: “Siempre he tenido la esperanza de que el mundo
tiende a avanzar en la buena dirección, siempre que se le ofrezca una
posibilidad. Pero entretanto he perdido la esperanza.
Es
cierto. Yo le pregunto: ¿acaso algo ha mejorado en los últimos 50 años? Por
ejemplo las enfermedades como el cáncer: por lo menos 100 veces la prensa ha
declarado que ha sido vencido. Todo es un montaje.
¿Qué
es los que más le angustia a principios del siglo 21: mirar por la vent
Este mundo,
tan ordinario y corriente. En una palabra: la política me da miedo.
Asesinatos y homicidios. Internet es más bien desesperante; un escándalo, si
me pregunta. El que el llamado progreso técnico avance según las leyes de la
evolución, y por lo tanto irreversiblemente, es un hecho. Uno puede
no estar de acuerdo, pero no lo puede parar. Sin embargo, creer que por ello vayamos a estar en condiciones de resolverlo todo, es igual de ingenuo. O dicho de
otro modo: cuando uno llega a la cumbre de una montaña, al final sólo tiene la
certeza de que todos los caminos van hacia abajo.
Hay
pruebas de que durante mucho tiempo usted se negó a utilizar un ordenador, y
por añadidura, una conexión a Internet. ¿Hasta qué punto utiliza actualmente
estos componentes?
¡Dios
me libre, no los utilizo para nada! No soy capaz ni de conectar estos aparatos.
Mi secretario se encarga de ello.
¿Qué
quería usted exactamente expresar con frases como la siguiente: “Si el
infierno existe, está informatizado”. El ordenador en sí no tiene nada de
malo.
Eso
era una broma. Los ordenadores no son más que ganado mecanizado. Una vaca
electrónica que rumia datos. (ríe) Es una herramienta comparable con un
martillo. No espere de ellos una ocurrencia, al menos una que tenga sentido. Y
tampoco que tenga moral.
En
sus libros, usted se ha dedicado exhaustivamente al tema de la inteligencia
artificial. ¿Cree usted que algo así puede existir?
Es muy
fácil: no existe. Por lo menos en un cercano futuro. Lo que escribe en el
“Scientific American” ese tipo corto de mollera, que afirma que dentro de 20 años
estaremos en el umbral entre la fusión de la naturaleza biológica del hombre y
la tecnología, lo considero una pura estupidez. Como la inteligencia, palabra
que está de moda y que actualmente se aplica a todo y a cada uno, en su concepto
difuminado. Incluso mis tirantes son, si usted quiere, inteligentes. Porque, al fin y al cabo,
se pueden ajustar.
¿Podría
usted definir más estrechamente la diferencia entre inteligencia y razón?
Ya
estamos de nuevo con la cuchilla de afeitar: la inteligencia es la cuchilla, y la
razón la mano que la controla, la que decide en qué dirección se va a mover
la cuchilla. Y sin esa mano, cualquier capacidad gigantesca de cálculo poco
vale. Escribir, conversar, el extraordinario arte de pensar –todo esto vive en
una lejanía inalcanzable. Sólo es un sueño de los electrónicos. Un autómata
es capaz de calcular para usted la combinación ideal de trenes, diseñar una
estrategia de guerra para el Pentágono o hacerle un jaque mate en una partida
de ajedrez. Dentro de un marco de interrelaciones claramente definidas, incluso
es capaz de reaccionar. Pero fracasará en el momento de intentar interpretar
con palabras propias el contenido de un cuento de los hermanos Grimm. Para hacer
esto se precisa lo que se llama una “inteligencia moldeable”.
En
otras palabras: debería estar en condiciones de aprender. Pero, ¿qué es
exactamente lo que impide a la inteligencia artificial acceder al estado de lo
“general y de lo moldeable”?
Bueno,
el hecho de que no posee sensibilidad. Un cerebro que deja de sentir, se
atrofia. Se borra. Toda esta parafernalia sobre estos perros robot de los
japoneses es una total estupidez. ¡Un buen juguete, a lo más! Una máquina con
capacidades intelectuales humanas tendría que haber pasado por la fase de la niñez.
Tendría que ser capaz de enamorarse y de tener humor.
Sin
embargo, ya existen máquinas embrionarias con capacidad de aprender. Al menos,
en su ensayo “El espíritu de la máquina”, usted llega al punto de indicar
la posibilidad de rastrear una conciencia globalmente esparcida mediante
ordenadores conectado en red –e incluso usted lo evalúa como potencialmente
realizable.
Con
permiso: como raíz, todo existe. La cuestión es si es capaz de crecer. No hay
que olvidar, que este tipo de investigaciones son infinitamente costosas. Además,
el camino natural es el más sencillo: basta copular con una mujer para tener
descendencia nueve meses más tarde. Y unos meses más allá, podrá observar el
crecimiento y el bienestar de una inteligencia viviente. No conseguirá salir de
su asombro.
Sobre
lo que hoy llamamos “Ciberespacio” o “Realidad virtual”, a principios de
los años 60 usted ya lo llamaba “Fantomática”. ¿De qué sufre el Internet
tan odiado por usted?
De su
sobreabundancia y su potencial de búsqueda. Mi hijo no lee la prensa ni apenas
ve televisión. Se pasa el día enganchado a Internet. Yo lo llamo Internitis
-una enfermedad.
¿Por
qué?
Porque
al final resulta ser una especie de narcótico, que nos despista de lo esencial,
Y sé de lo que hablo, porque bajo control médico durante años estuve
experimentando con hongos a base de psilocibin –por pura curiosidad. Todo se
volvió maravilloso, pero no quise repetir, porque consideré que la soberanía
de mi cerebro es sagrada. El pensamiento de que cualquier sustancia química
podría alterar mis habilidades cognitivas no me agradó para nada.
Otro
aspecto, que usted diagnostica y extiende a los juegos virtuales de ordenador,
es la tendencia al embrutecimiento, a la escalada de la violencia. Entretanto,
¿hasta qué punto esta visión se ha radicalizado?
En
efecto, este peligro está creciendo. Imagínese: hace poco, una empresa
japonesa me pidió que escribiera para ella mis experiencias con el régimen
soviético. Cuando les pregunté con qué finalidad, me confesaron que era para
desarrollar un juego de ordenador. ¡No estoy bromeando! Primero quise negarme,
pero al final su generoso cheque acabó convenciéndome. (ríe) Más tarde me
enviaron el resultado, pero no quise verlo.
¿Aniquilan
estos juegos la fantasía?
En
tendencia, seguro. ¿Pero sabe usted lo que considero una catástrofe aún
mayor? ¡Los libros de Harry Potter! Dicen que de las cuatro entregas entretanto
se han vendido 200 millones de libros! ¡Una locura inabarcable! Esta trama de
fuerzas mágicas genera más trastornos en los cerebros de nuestros niños que
la mayoría de los juegos. ¿Para qué necesitamos escobas voladoras y toda la
parafernalia? Pues huir a un mundo de sueños, en lugar de dedicarnos a
pensamientos más útiles.
Suena
como si estuviera usted algo envidioso.
No,
por el amor de Dios. Pero la inclinación del buque es impresionante. Las obras
de Einstein no han sido leídas ni por una centésima parte de esta masa de
humanos.
¿Es
ese el concepto que usted llama “Ignorántica”?
(reflexiona)
Con su permiso, se me había olvidado. 90 por ciento de lo que alguna vez pensé
o escribí ha desaparecido. Es humano. Hasta el saber es pasajero: o se olvida o
se corrige mediante una teoría más actual.
Pero
permítame regresar a sus pronósticos. En parte, usted pronosticó determinados
desarrollos decenios antes de que ocurrieran: las tecnologías genéticas y nano,
el flujo pecuniario sin dinero líquido o los chips cerebrales (Brainchips).
Usted diseña un mundo, en el que la contaminación con datos llega a adquirir
dimensiones catastróficas y que como ruido blanco incluso se utiliza
militarmente.
Pues
eso es lo que hay. Basta echar una ojeada al “Spiegel”: entretanto se
dispara con cañones de ruido contra los piratas que quieren abordar un barco de
crucero. Salieron escampados a griterío. Por favor, ahí tiene usted su
contaminación a cargo de los militares. Pero, paralelamente, lo problemático
es el potencial desbordamiento de los datos contenidos a nivel mundial. En otras
palabras: curiosamente, el pensar mismo se ha convertido en un problema. Y el
que consiga resolver este problema, será alguien con mucho poder.
Por
consiguiente, y según usted, la totalidad del movimiento global de la “Open
Source” (fuente abierta), con proyectos como Wikipedia, no son más que un motón
de mierda?
Todo
esto es muy nocivo. Porque la mayoría de la gente es necia, psíquicamente
limitadas. ¿Cómo puede usted filtrar de este montón los más inteligentes y
divertidos pensamientos? Desde luego, un programa informático no estaría
capacitado para ello. Habría que crear un gremio.
Al
menos, en la mejor interpretación posible, el concepto es democrático.
Sea
usted honrado: la democracia sólo está de moda por un solo motivo: porque no
hay nada mejor. Pero me atrevo a dudar de que por ello haya menos conflictos.
Para nuestro mundo exclusivamente subyugado a la velocidad –declarada
absoluta-, al filósofo francés Paul Virilio se le ocurrió el concepto de
“paro a toda velocidad” (o “detención histérica). También podríamos
llamarlo “comunicación sin entendimiento.
Pues
eso.
Otra
entrevista con Stanislaw Lem
"¡Nos
dirigimos hacia una guerra nuclear!"
En
una de sus últimas entrevistas, el autor de ciencia ficción Stanislaw Lem dio
rienda suelta a su frustración sobre el mundo. Blasfemó contra el presidente
Bush y se quejó sobre su país Polonia. Al final de su vida, este genio de la
novela futurística se ha convertido mayormente en un pesimista.
Pregunta: Le quería preguntar si la vida tiene sentido. Pero supongo que esta pregunta es demasiado general y banal, por lo que prefiero preguntarle: ¿Tiene futuro la vida?
Lem:
Cada vez que me preguntan sobre el futuro de la vida me invade una cierta
intranquilidad. Porque nos dirigimos imparablemente hacia una guerra nuclear.
Desgraciadamente desconozco cuándo tendrá lugar el choque definitivo. Si lo
supiera, intentaría sentarme dentro de la caja fuerte del presidente
estadounidense.
Pregunta:
Esto es un pronóstico espantoso...
Lem:
Espantoso, pero basado en hechos. Basta observar parte de la escena política:
cuando Teherán anunció que iba a proseguir con su programa nuclear, el político
israelí Benjamin Netanyahu anunció que tenía un plan para bombardear las
instalaciones atómicas iraníes. Como reacción, Teherán compró a Rusia mísiles
de mediano y largo alcance para utilizarlas en caso de un ataque. Tensiones de
este tipo no anuncian precisamente una paz duradera.
Pregunta:
¿Usted cree que los Estados Unidos podrían perder el control sobre este
conflicto?
Lem:
Los Estados Unidos son – como ya dijo el primer ministro canadiense – un
gigante sin cabeza. El presidente Bush tiene la propiedad de ser necio. Prueba
de ello por ejemplo es su oposición a la teoría de la evolución a cambio del
llamado “proyecto inteligente”, sobre el cual nadie sabe lo que postula.
Toda su administración defiende esta teoría idiota, y sus miembros han perdido
la razón.
Pregunta:
Bajo “proyecto inteligente” de Bush ¿se refiere usted a la idea de que Dios
tiene algo que ver con la evolución? La ciencia lo niega, pero no la derecha.
¿Consulta Bush con el Creador antes de tomar decisiones?
Lem:
No toda la derecha es necia. También hay gentes de derecha sensatas. Por
ejemplo, los conservadores británicos no son idiotas.
Pregunta:
¿Y la derecha polaca, que acaba de acceder al poder?
Lem:
¿De qué estamos hablando? Disculpe, pero Polonia está en el culo del mundo
-en lo que concierne la civilización- y en el mundo no cuenta para nada. A
nadie le interesa que aquí tengamos unos patos (gobernando). Si yo tuviera 30 años
menos, volvería a irme de Polonia. ¿Pero a dónde? Todos los lugares son
desagradables. Suiza es aburrida, los Estados Unidos estúpidos ...
Pregunta:
¿Qué opina usted de la lustración, de la “limpieza” de la sociedad que
propugnan los hermanos Kaczynski?
Lem:
Esto no tiene sentido. Hay que mirar al futuro, no al pasado (...) Estamos ante
otras retos. Las hordas de portadoras de las boinas de mohair no nos podrán
ayudar si los islamistas colocan una bomba en el metro de Varsovia. Hace poco
hicieron un experimento para evaluar la reacción de la sociedad polaca ante un
ataque terrorista. Pusieron un paquete en un lugar público. ¿Y qué pasó? ¿Alguien
llamó a la policía? ¡No! ¡Alguien robó el paquete! Esta es nuestra postura
ciudadana. En esto deberíamos trabajar, y no en el pasado, que ya no existe ni
existirá nunca más.
(...)
El mundo cada día está más dividido. Irak está en una situación espantosa.
Teherán no se dejará asustar por el consejo de seguridad de la ONU. De verdad
que creo que no importa quien sea presidente de Polonia. Lo que es importante es
quien sea el presidente de los Estados Unidos. Cada día mueren docenas de
personas en Irak y este necio dice que cada vez va mejor. ¿Qué se puede
esperar de una persona así?
Pregunta:
¿Tiene usted esperanzas de que Bush sea suspendido del cargo?
Lem:
Para ello no existen bases legales. Incluso si fuera alcanzado por un árabe
malo, todavía nos quedaría el vicepresidente Cheney, que no es mejor que Bush.
Por culpa de esas gentes, el mundo cada día está peor.
Pregunta:
¿No hay esperanza?
Lem:
¿Para el mundo? Malas espectativas. ¿Cómo se puede combatir eficazmente el
terrorismo si ni siquiera ayuda la pena de muerte? Los terroristas sólo esperan
morir. Como ya dije al comienzo: lenta, pero inexorablemente, nos dirigimos
hacia un conflicto nuclear. Esto no es una conclusión especial, sino lógica.
Stanislaw
Lem fue entrevistado por Przemyslaw Szubartowicz. La entrevista apareció el
16.12.2005 en el periódico polaco
"Przeglad".
La presente versión fue publicada por SPIEGEL ONLINE (http://www.spiegel.de/politik/ausland/0,1518,400622,00.html) y traducida del alemán por Manuel Franquesa.
Y otra entrevista con Stanislaw Lem
"Los
humanos somos depredadores"
Sus
novelas de ciencia ficción fueron éxitos mundiales. Durante años, el escritor
y filósofo polaco no concedió entrevistas. Ahora habla con la revista CICERO
sobre las sociedades envejecidas, el futuro de los vuelos espaciales y la
esencia de la humanidad.
Señor Lem, a usted siempre le ha gustado filosofar sobre el futuro.
Sí, y
me sigue gustando.
¿Qué
desarrollos tecnológicos serán decisivos en el siglo 21?
En
primer lugar la biotecnología. El proyecto Human Genome nos ofrece la
oportunidad de regular nuestra propia especie. Esto conlleva grandes peligros y
una enorme responsabilidad. Teóricamente, hoy ya estamos en condiciones de
determinar el sexo de un innato. Y esto sólo es el principio.
¿Considera usted un error limitar las posibilidades de investigación de los los biotecnólogos?
Si.
Tonemos como ejemplo la investigación de las células madre. Tarde o temprano
será una realidad. Existe un enorme foso entre el desarrollo tecnológico y la
madurez de la naturaleza humana.
¿Qué
quiere decir con esto?
Los
humanos actuales están exactamente construidos como los de hace 100.000 años,
es decir, en el eolítico. La evolución nos ha formado de tal manera, que en
aquellos tiempos éramos capaces de resolver problemas relativamente sencillos
para sobrevivir. Es increíble que esta masa genética baste para dedicarse a
temas tan complicados como la nanotecnología o la investigación del espacio.
En
nuestra economía, el trabajo cada día se mecaniza más. ¿Qué significa esto
para la sociedad del futuro?
Cierto,
cada vez más máquinas e incluso robots se encargarán de hacer los trabajos de
los humanos. Pero quien crea que un robot podría sustituir enteramente al
hombre, vive en la utopía. Mejor sería hablar de los desarrollos tecnológicos
que nunca existirán.
¿Cuáles?
Lo que
no existirán son los viajes en el tiempo, ya que esto es absolutamente
imposible. Y ahora todos estamos escribiendo sobre la prolongación de la vida
humana. Creo que es una enorme exageración. Quizás diez o veinte años más
sean posibles, pero el sueño de la inmortalidad jamás se hará realidad. Lo único
inmortal en el cuerpo humano son las células de cáncer. Por lo demás, la cosa
desgraciadamente funciona así: en el momento que el hombre nace, empieza a
envejecer. Por cierto, yo he estado totalmente muerto una vez. Estaba en coma,
porque a causa de un golpe en la cabeza perdí un litro y medio de sangre. El
accidente no fue muy agradable, pero el estado que siguió fue asombrosamente
agradable. Me hallaba en un nada absoluto. “La nada”, dice Heidegger, „es
que nada es”. Por lo tanto, esta nada existe. Yo lo he averiguado. El universo
tiene 14 o 15 mil millones de años. De repente –durante un tiempo que en
comparación parece una ínfima parte de un segundo- alcanzamos la iluminación.
Y en enseguida vuelve a desaparecer. Eso es todo.
No
es usted nada religioso.
Así
es.
La
sociedad europea cada día envejece más –cada día hay más ancianos y menos
jóvenes.
Sí,
es un fenómeno que crece a escala mundial.
¿Es
una amenaza?
Es la
realidad. ¿Qué se puede hacer? El peligro de la eutanasia probablemente
existe. Hay médicos que dicen que hay que dejar morir a los ancianos. Otros
dicen que hay que dejarlos vivir mientras puedan hacerlo. ¿Ha visto alguna vez
a una persona de noventa años? La gente muy anciana generalmente es poco
interesante, hasta diría aburrida. También son poco atractivos y su
creatividad es igual a cero. Los humanos hacen sus grandes inventos durante el
segundo y tercer decenio de vida –poemas o teoría de la relatividad. Después
nada. El cerebro está construido así.
¿Significa
esto que después de los cuarenta valemos menos?
¿Usted
cree?
Esto
es lo que le estoy preguntando.
Personalmente,
con cincuenta he escrito alguna que otra cosa utilizable y después he fabricado
esto y lo otro, pero a los setenta lo he dejado definitivamente. Cuando uno ya
no tiene nada que decir, es mejor guardar silencio.
Según
esto, en el año 2060 la mayoría de la gente no valdrá nada, porque serán
demasiado viejos.
Bueno,
estas apreciaciones globales son difíciles. Sin embargo, sigo opinando que en
promedio servimos hasta los cincuenta o sesenta años, pero más no. A esta
edad, el espíritu ya está muy marchito. Naturalmente podríamos hacernos
pensamientos de hundir en el Atlántico a todas las personas mayores de 70, pero
supongo que sería poco apetitoso.
Está
usted apelando al buen gusto y no a la moral.
¿Moral?
¿Qué moral? La ética como ciencia no es demostrable. Un filósofo polaco lo
demostró con varios ejemplos en un ensayo sobre la “ética sin código”.
También existen situaciones complicadas y complejas, ante las que nadie puede
afirmar con certeza cómo uno puede, debe o debería obrar.
Para
usted no hay un saber moral.
No. Conozco un vegetariano. Un día me contó que no come carne de animales superiores. ¿Pero qué es un animal superior? No quise preguntarle si comía carne de conejo. Hace muchos años, las arañas no me agradaban demasiado, hasta que leí el libro “The life of the Spider“ (la vida de las arañas). Me impresionó tanto, que desde entonces intento no hacerles daño. Pero no hago lo mismo con las moscas, los mosquitos y los gusanos. Hay muchos problemas que no pueden ser solucionados moralmente. Sólo podemos tener opiniones muy dispares.
¿Cree
usted que hay vida anímica más allá de la tierra ?
Llámelo
vida inteligente. Sí, creo en ello. Pero no tiene por qué ser inteligencia
humana. La inteligencia humana es un tipo especial de inteligencia, de la que se
puede decir que ha logrado sobrevivir durante algunos millones de años. Pero
los insectos han sobrevivido durante caso 400 millones de años.
¿Cómo
sería esta vida inteligente?
Sobre
esto sólo se puede hablar en parábolas, como yo lo hice en mi novela “Solaris”.
Nuestro tiempo va muy rápido. Antes, en Polonia yo era un escritor conocido,
pero hoy soy como los círculos que se crean en la superficie después de tirar
una piedra al agua. Hoy la gente lee libros sobre Harry Potter. ¿Usted los ha
leído?
No
todos, pero algunos.
¿Qué
es tan interesante en estos libros? ¿Usted cree en esa escoba, en ese Voldemort?
No.
¿Acaso usted cree lo que lo que ha escrito en sus obras literarias?
No,
por Dios. Pero es otra cosa.
¿Por
qué?
Astrología,
astros, brujas etcétera – estos temas no tienen una base seria. Para mí esto
no es género para la cultura. El género es tan efímero como las histories
sobre catástrofes, sangre o esperma.
¿Sigue
usted escribiendo?
No.
Una editorial suiza me ha propuesto escribir algo nuevo, pero no he aceptado.
Por Dios, uno no debe vivir demasiado tiempo. Ya he perdido la cuenta de lo que
se publica sobre mí, de quién lo hace y por qué se hace. Sin embargo, se que
me tengo que defender de estos derechos de filmación. De Hollywood sólo pueden
salir cosas horribles. Los millones de indemnización tampoco ayudan. Vea usted
la película de Clooney
sobre mi novela „Solaris“. Me ahorraré los improperios. Pero bueno, los
actores eran bastante buenos.
¿Y
qué opina hoy sobre la película de Andrej Tarkowskij basada en su libro „Solaris“?
Antes
de ver la película americana, pensaba que Tarkowskij también era terrible.
Pero naturalmente ahora lo he relativizado. La película de Tarkowskij se puede
aguantar si se mira en ruso sin entender ruso –esto deja mucho lugar para
hacerse sus propios pensamientos.
Usted
ha vivido cuarenta años bajo el sistema soviético. Hace seis que experimenta
el capitalismo en Polonia. ¿Qué opina al respecto?
Primero
quiero decirle que el renacimiento de Marx en Alemania me ha extrañado un poco.
Opino que incluso los científicos no hacen suficiente hincapié en el hecho de
que los pronósticos de Marx no se han materializado. Y rechazo todas las
sociedades totalitarias, y la soviética fue una de ellas. Bueno, y el
capitalismo... Lo peor del capitalismo son los anuncios en la televisión. Una
vez, un polaco escribió con malvada ironía: “Oh, estos maravillosos spots
publicitarios, que siempre son interrumpidos por estos estúpidos programas."
Yo
postularía: cuanto más capitalismo, tanto menos la sociedad se ocupa de las
cosas que serían buenas para su supervivencia. A muchos fetichistas del mercado
les encantaría que ya no hubieran gobiernos y que todo sería regulado
por esa máquina llamada capitalismo. Obviamente una idea absurda, porque estas
personas son depredadores.
¿Qué
opina usted del giro del gobierno polaco hacia la derecha?
No
quisiera hablar sobre la situación política en Polonia, porque no me gusta
para nada. Es una decepción como la situación en Berlín para la señora
Merkel -¿cómo puede gobernar con esos ocho ministros del SPD? Como dice el
proverbio romano: Senatores boni viri, senatus autem mala bestia – los
senadores son buenas personas, pero el senado romano es una bestia.
Usted
sigue interesándose por la investigación del espacio. ¿Qué opina del plan
del señor Bush de que para 2020 habrá viajes tripulados a Marte?
Poca
cosa. El plan es muy ambicioso. Probablemente habrán muchos percances y
accidentes antes de que el hombre pueda aterrizar en Marte. Somos una especie
curiosa. En Marte no hay más que arena y un espacio sin aire. No me explico por
qué tenemos estas ansias de ir más y más lejos. Quizás esto sea lo
irracional en nosotros. A mí, personalmente, no me gustaría irme de la Tierra.
¿Qué
es lo irracional en usted?
¿Ve
esta máquina electrostática sobre el escritorio? ¿Por qué la compró mi
hijo? Porque me gusta ese largo arco voltaico que genera. ¿Me trae esto un
beneficio? Lo dudo, pero es muy bonito.
¿Opina
usted que es correcta que la NASA siga explorando el espacio con naves cada
No.
Estos veteranos tienen que desaparecer, pero esto cuesta dinero. El problema es
que los estadounidenses no tienen dinero. Estamos acostumbrados a creer que los
Estados Unidos son ricos y poderosos. Ese Bush también lo creyó. Hasta que
vinieron la guerra de Irak y el huracán „Katrina“...
¿Está
seriamente amenazado el futuro de la NASA?
Pienso
que sí, porque sólo un reducido grupo de personas se interesa de verdad por la
investigación del espacio. Y la NASA es una enorme jungla burocrática. La
gente, que de verdad se ocupa de las naves y que entiende algo del tema, son una
rara excepción.
Para mí,
el gran éxito de la NASA en los últimos tiempos ha sido lo que yo llamo
“operación pegamento”. Han logrado desarrollar un pegamento capaz de
aglutinar las piezas que se sueltan de las lanzaderas durante el vuelo. Muchas de las
cosas, que ellos consideran un progreso, en realidad no lo son. Los
norteamericanos aterrizaron en la luna. Pero esto sólo fue una carrera contra
los rusos durante la guerra fría. Los rusos perdieron, y punto. En
realidad no fue un progreso, sino un enorme logro técnico.
En
su libro “La trampa tecnológica” („Technologiefalle“), usted escribe
que el progreso sumado siempre se convierte en “una nueva desgracia”. Por lo
tanto, su tesis sería: Todo progreso que suma no es progreso.
En el
sentido más estrecho, esto es así. El progreso ofrece más posibilidades, pero
también contiene muchos peligros y, por lo tanto, exige más responsabilidad.
Si usted quiere, el progreso es el mal menor de la humanidad. Esto es así,
porque vivimos en el siglo 21. En el siglo 15 ya era un progreso el hecho de que
a la hora de ser quemado en una hoguera alguien acudiera para salvarle.
¿Cree usted que la investigación del espacio no es más que una costosa aventura escenificada por un puñado de freaks?
Si el
presidente de Polonia le dijera a su pueblo: „A lo más tardar, en el 2020
estaremos en Marte“ – probablemente los polacos se preguntarían: ¿Acaso
allí hay petróleo o diamantes? Bueno... ¿por qué estos asuntos tan costosos
e innecesarios nos ocupan tanto?
¿Acaso
es la ansia de Fausto?
El número
de preguntas que soy capaz de responder es muy inferior al número de preguntas
que no soy capaz de responder.
Pero
esto ya le ocurrió a Sócrates.
Espere
a tener mis años. Entonces verá el mundo con otros ojos. Los humanos deberíamos
ser modestos. No podemos creer que hemos encontrado una respuesta definitiva a
cualquier pregunta, tanto filosófica como no filosófica. No hemos encontrado
respuesta definitiva alguna –por esto existen tantas religiones.
¿Será
culpa del aznar, si andando por el camino del progreso un día de estos nos autodestruimos?
Seguramente
sí. Nosotros, los humanos, todos ciudadanos de la Tierra, al fin y al cabo
fuimos creados por una cadena continua de casualidades. Pero tenemos la extraña
suerte o el extraño destino de encontrarnos en un universo en el que la creación
de la vida fue posible. El que nos haya tocado precisamente a nosotros, es una
especie de lotería, en la que por lo menos un número gana. Y el ganador no dirá
que ha sido gracias a un principio cósmico, sino por pura casualidad. Es decir,
que podría haber ocurrido sin que los humanos hubiésemos existido. Obviamente,
un pensamiento desagradable, pero sumamente probable.
Entrevista
a cargo de Vanessa De L‘Or
Traducción:
Manuel Franquesa, humano made by Hipano Suiza
Fuente: Revista CICERO
(http://www.cicero.de/97.php?ress_id=1&item=869)
Primera entrevista con Stanislaw Lem en Cracovia
Los tirantes también son inteligentes
En realidad, a sus 83 años Stanislaw Lem no quería dar más entrevistas. El autor polaco no tenía ganas de acabar en el cajón de la ciencia ficción. Hoy, este antiguo visionario cree muchos de sus anteriores inventos no son más que una ilusión. Primer entrevista con Stanislaw en Cracovia.
Por Joscha Remus
(Traducido
del alemán por Manuel Franquesa)
Señor
Lem, si yo le preguntara cómo está usted en polaco, podría utilizar la
formulación „Jak leci?“ Pero esto no significa “cómo está usted”,
sino, traducido literalmente “¿cómo vuela usted?”
Lem: Bueno – para empezar estoy bien, gracias. Pero tiene usted razón. En casi todos los idiomas europeos se pregunta “¿cómo estás? o “¿qué cuentas?”. Unos conceptos muy arraigados a la tierra. Sólo el polaco utiliza esta forma tan etérea de preguntar. Pero no tengo ni idea de por qué en polaco esto se ha desarrollado etimológicamente de esta manera.
Uno
podría sospechar, que detrás de la pregunta “¿cómo vuela usted?” se
esconde una profunda reverencia el la lengua polaca ante el escritor Stanislaw
Lem. Al fin y al cabo, muchos de sus libros tratan del volar y de los
pensamientos elevados.
Lem: No, ni mucho menos. Existe la teoría de que en el fondo todos los idiomas son muy parecidos. Seguramente debido a nuestra existencia corporal. Por esto, en polaco existen conceptos que hacen referencia a ella. Contemplemos una palabra alemana tan corporal como “begreifen” (nota del traductor: “comprender”, del latín “cum prendere” o “agarrar conjunta o simultáneamente” ). La palabra polaca equivalente no sólo significa “comprender”, sino también “abrazar” . Por lo tanto, en polaco “comprender” va más allá del mero hecho de tocar superficialmente un concepto, sino de asimilar su esencia.
Mientras el alemán sólo lo “agarra” el concepto, el polaco se lo apropia enteramente. Pero, por favor, no vaya usted a sacar de esto conclusiones criminológicas.
¿Tiene
usted idea de cómo se creó la lengua humana?
Lem: Probablemente, primero fue un idioma corporal. Llevo más de 50 años casado y a veces, cuando quiero decir algo y antes de abrir la boca, mi mujer ya me responde. Parece que lee mi expresión. La lengua podría haber comenzado como expresión corporal. Reconocer lo que el otro quiere siente, esa sensibilidad enfática, sería el siguiente paso.
Pero
cuando pienso en el finlandés y el húngaro, tengo la sospecha de que nuestra
lengua podría venir de seres de otros planetas.
Pasemos
a la lengua de la literatura y de la ciencia, que con el tiempo usted ha ido
observando con ojos cada vez más críticos. Como ha hecho con su propia
persona. ¿Por qué?
Lem: Siempre fui muy crítico, incluso conmigo mismo. Vino un tiempo en el que cada vez creía menos en las ideas que me pasaban por la cabeza y que utilizaba como materia literaria o científica útil.
Ciertas universidades norteamericanas me pidieron que les enviara todos mis notas. Querían comprender el hilo de mis pensamientos y reconstruir el modo que se crearon mis novelas. Pero no tenía nada para enviarles, porque lo destruyo todo inmediatamente. Lo único que queda en pie es la obra pura, como en los escultores. ¿A quién le interesan los residuos y los cascotes?
Siempre intento desmontar todos los andamios y rampas de mis pirámides espirituales, para que al final sólo quede algo de lo que no me tenga que avergonzar.
Tampoco
la lengua de la filosofía se salvó de sus críticas.
Lem: Mire usted, yo nací para filosofar en un tiempo en el que en el mundo de la filosofía ya no era posible desarrollar sistemas globales. El mundo de la filosofía se ha fragmentado por la invasión de la ciencia, de modo que los filosofos ya no pueden aparecer como creadores soberanos de una imagen del mundo (Weltbild).
Todas las complicaciones modernas aparecen porque nuestra lengua no es concreta. De este modo, con su deconstructivismo, Derrida intentó demostrar que es imposible sacarle a una frase un único sentido.
Sin embargo, lo que se le pasó por alto es que este procedimiento también se puede utilizar contra él mismo, por lo que Derrida siempre puede interpretarse de varias maneras, y con respecto a si mismo dice cosas sin sentido. Este personaje nunca fue de mi agrado.
Me mueven otras cosas. Las cosas exactas. Desde siempre me han interesado las preguntas sobre las causalidades de la vida, de la conciencia y de la muerte, es decir, las preguntas sobre los límites de lo que somos capaces de hacer y sobre la moldeabilidad de la inteligencia.
¿Qué
quiere usted decir con “moldeabilidad de la inteligencia”?
Lem: La primera pregunta sería: ¿qué es la inteligencia? Un radioastrónomo norteamericano con visión de túnel una vez dijo que inteligencia es la capacidad de construir un radiotelescopio.
Las definiciones siempre dependen del contexto de la civilización y de los tiempos que corren.
Seguramente, los chinos definirían la inteligencia de otro modo que los norteamericanos.
A pesar de todas las mediciones psicométricas y curvas de distribución, no debemos olvidar una cosa: la inteligencia siempre depende de la capacidad de extrapolar en diferentes modalidades de los sentidos – es decir, de la movilidad. Es un comportamiento adaptativo.
Por cierto, Douglas R.Hofstaedter, al que aprecio mucho, se ha esforzado enormemente en definir la inteligencia. Su bello libro “Fluid Concepts and Creative Analogies” contiene más de 40 ensayos de definir la inteligencia, pero desgraciadamente todos han fallado.
Parece que ser inteligente es más fácil que hablar de la inteligencia.
¿Son
inteligentes los ordenadores que juegan al ajedrez?
Lem: ¡Ojo! Ha habido personas que fueron genios del cálculo, pero que en el fondo eran estúpidas. Una parte de su cerebro funcionaba con la rapidez de un ordenador. Pero me cuesta llamar inteligente a una persona tan altamente especializada. El hombre en sí no es un ser especializado. Nuestra inteligencia en una inteligencia general y moldeable.
Las máquinas no son capaces de desarrollar una inteligencia así. Sólo poseen un aspecto altamente desarrollado de la inteligencia.
Por cierto, también ha habido gente que después de sufrir un trastorno cerebral se convirtieron en calculadoras geniales.
Antes usted habló de idiotas altamente especializados. ¿Es por lo tanto la inteligencia una cosa absoluta?

Lem: Ciertamente. Pero existen muchos tipos de comportamientos inteligentes. Como los perros, que al ser olfateadores tienen otra visión del mundo que nosotros. En cambio, los humanos somos seres ópticos, por lo que vivimos más bien en nuestra percepción del espacio. Sin cuerpo, la inteligencia humana es impensable. La inteligencia depende de muchos factores, incluso de la gravedad. Los seres en otros planetas con una gravedad distinta habrán desarrollado una inteligencia diferente.
El neurólogo norteamericano Howard Gardner postula que existen ocho diferentes tipos de inteligencia.
¿Se
ha convertido entretanto la inteligencia en un concepto inflacionario?
Lem: Ciertamente, porque hoy llamamos inteligente a un termostato o a un sinfín de aparatos de cocina. Hace poco, en Der Spiegel leía sobre una aspiradora inteligente, que cuando está averiada envía una señal de radio, de modo que el fabricante puede saber la causa y posible reparación del fallo. Pero, por el amor de Dios, esto no es inteligencia, sólo se le llama así.
Mis tirantes también son inteligentes, porque se dejan ajustar. Tienen un comportamiento adaptativo. Aunque yo midiera dos metros de altura podría llevar los mismos tirantes. Ahora todo es inteligente.
Los investigadores modernos de la inteligencia artificial han puesto de moda el concepto „Embodyment“.
O
sea, que la inteligencia no es pensable sin la presencia de un cuerpo.
Lem: Pero si todo esto es lógico. Mire, cuando alguien está hablando por teléfono, si usted presta la suficiente atención, podrá escuchar su idioma corporal. Porque el hombre no habla sólo con la boca, sino con todo el cuerpo. Los movimientos tocan conjuntamente, como si fueran una orquesta del cuerpo. ¿Cómo podría una máquina llegar a hacer algo así?
¿Son
posibles y realizables los robots con inteligencia artificial?
Lem: Yo he escrito historias sobre robots. Pero, por favor, no saque usted falsas conclusiones. Eso fue pura „licencia poetica“, „licencia fantastica“. Los japoneses han construido perros cerámicos “inteligentes”. Una estupidez. Jamás compraría una cosa así. Ese pequeño robot llamado ASIMO incluso es capaz de decir algunas palabras. Pero lo decisivo es: ¡no entiende nada de nada! ¿Y qué vemos cuando miramos detrás del telón? ¡Una serie de gramófonos!
Entretanto existe una enorme biblioteca sobre los intentos vanos de crear inteligencia artificial.
Sería mejor si el hombre se dedicara a volverse inteligente él mismo. Sabemos mucho más sobre el espacio que sobre lo que ocurre dentro de nuestro propio cráneo.
Por
favor, cuénteme algo sobre el proceso de escribir. ¿Cómo se crearon sus
libros?
Lem: Yo soy motórico. Cuando al escribir tenía que imaginarme algo complicado, hacía movimientos involuntarios con las manos. Nadie me creía cuando decía que soy absolutamente incapaz de imaginarme algo en tres dimensiones. Y aún menos un universo en una novela fantástica. Me preguntaban: ¿cómo ve usted este espacio, este planeta? Y yo respondía: no he visto nada, sólo lo sentí. Es increíble. Pero es así. Sólo sentía las cosas, pero no veía nada. La lengua me bastaba como material de construcción. ¿Y como lo controla? Respuesta: bueno, haciendo determinados movimientos con las manos.
¿De
dónde saca la imaginación?
Lem: Mi escribir era un automatismo. Intento y error. ¡Por Dios, lo que he llegado a tirar! El escribir sólo es la punta visible del iceberg. El escritor vive de las nueve partes del iceberg que no se ven, del subconsciente bajo el agua.
Muchos autores son capaces arrancarse de la cabeza un pensamiento, pero yo sólo soy capaz de mover los dedos para conseguir –curiosamente- lo mismo. Siempre me he defendido de la suposición de que yo fuera capaz de ver paisajes literarios. Sólo los atravesé en palabras.
¿Le
persiguen sus temas hasta en el sueño?
Lem: ¡Por el amor de Dios, no! Por la noche simplemente duermo. Pero un día le dije a mi mujer: a veces tengo seños interesantes, de los cuales quizás podría utilizar algo para escribir. Pero, desgraciadamente, soy demasiado perezoso para levantarme en medio de la noche. A raíz de esto, mi mujer me regaló un pequeño magnetófono, diciendo: este aparato también puede grabar en la oscuridad, y se conecta automáticamente cuando empiezas a hablar. Pero nunca grabé una sola palabra. ¿Para qué? Cuando me despierto, doy media vuelta y me vuelvo a dormir. Esto es mucho más fácil que hablarle a la oscuridad en plena noche.
¿No
tiene usted miedo de olvidar las cosas?
Lem: Pues claro. Por las mañanas me digo: he tenido una idea interesante que se me ha olvidado completamente. Pero no me altero por ello. Porque soy escéptico de que la idea haya valido la pena. A veces uno cree haber hecho un maravilloso descubrimiento durante el sueño, pero cuando te levantas realizas de que fue una tontería.
Me acuerdo muy bien de cuando alucinaba bajo los efectos de la psilobicina. Aún veo los colores, el esquema de mi propio cuerpo, mis piernas, que me parecían enormemente largas. Pero todo esto no fue lo suficientemente interesante para repetir la experiencia. No me gusta que una sustancia controle mis pensamientos.
En
una ocasión, usted dijo que la Feria de Libros de Frankfurt era como un váter
embozado lleno de papel. ¿Qué quiso expresar con ello?
Lem: Tengo una edad, en la que he comprendido que uno no es capaz de leer uni una milésima parte de los libros más importantes. En la vieja Grecia, una persona era capaz de meter en su cerebro casi todo lo que la humanidad había inventado. Ahora esto ya no es posible. Sólo podemos acceder a unas gotas del océano de la información. Simplemente, existen demasiados libros y autores estúpidos. Pero esto no se puede cambiar.
Intento alimentarme exclusivamente de nutrientes espirituales de máxima calidad. Hace poco me aboné a cinco revistas científicas. Pero en realidad ya no soy capaz de digerir todas estas informaciones. Por esto al final tuve de darme de baja como abonado de la revista Science. Es tan gruesa, que me daba estreñimiento informativo.
¿Tiene
usted un "catador", una persona que selecciona para usted tanta
información?
Lem:
Claro que tengo un catador. Primero mi secretario, y luego mi hijo, que estudió
física teórica en Princeton. Él se dedica al sector angloparlante. No sólo
tengo una red de recaudadores de información. Y lo más importante hoy en día:
todas estas personas actúan como un filtro contra la información basura.
Destrás
suyo veo un perpetuum mobile. ¿Por qué?
Lem: Este perpetuum mobile me lo regaló mi secretario. Contiene una pequeña batería, que de vez en cuando tengo que reemplazar. Pero soy muy supersticioso. Mientras el perpetuum mobile se mueva, yo seguiré con vida. Así de fácil. De modo que mi secretario cambiará la batería por la noche, en secreto. Tengo una enorme reserva de pilas en el armario, de modo que no tema usted por mí.
Fuente: http://www.zeit.de/zeit-wissen/2005/03/g_lem_hosentraeger
Segunda entrevista con Stanislaw Lem en Cracovia
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