THE THEOLOGICAL VERITAT

Thomas:
Recuerdos de infancia de un monje de Montserrat
Introducción: "Los Senderos Oblicuos"
En 1972, en Suiza se publicó una novela sobre la “historia de un monje en un país latino de nuestro siglo” ("Les Sentiers Obliques", por Michel Goeldlin, © 1972 Editions Bertil Galland, Lausanne). Al final de esta página hallarán un resumen de la introducción del editor de la novela.
Esta novela está inspirada en la vida de mi padre, Manuel Franquesa i Lluelles 1906-1978). A finales de los años 1960, el autor pasó varias semanas en Castelldefels interrogando a mi padre sobre su pasado. Recuerdo como Michel Goeldlin y mi padre pasaban largas horas conversando en el jardín sobre el pasado del que fue monje de Montserrat durante más de 20 años.
Después de la muerte de mi padre, mi hermana encontró unos apuntes fotocopiados entre el caos de su pequeño despacho, en el que pasó más de 12 años escribiendo lo que él llamaba su “aportación a la cultura catalana” (“Diccionari de Sinònims Franquesa, Enciclopedia Catalana)”, rodeado de miles de fichas ordenadas en pequeños cajones de fabricación casera apilados hasta el techo.
Estos apuntes, que mi padre había escrito en francés para Michel Goeldlin, trataban de sus recuerdos de la infancia y juventud. Ahora, más de un cuarto de siglo después de su muerte, siento que es mi obligación traducir y depositar este documento en la nueva “Biblioteca de Alejandría” (Internet), porque describe muy humanamente el ambiente social y religioso de una ciudad rural catalana a principios del Siglo XX.

Un extracto de los apuntes
Al final del documento hemos añadido una “plegaria” (“Entrenyor”), que mi padre escribió en el año 1967 en un sanatorio cuando estaba a punto de morir. Pero se recuperó y durante los once años de vida que le quedaron terminó su amado “diccionari de sinònims”. Creo que esta oración resume todo el pensamiento teológico de un monje crítico al final de su vida. Mi padre solía decir que él era un monje que había dado la vuelta completa: la primera mitad de su vida en austera soledad, y la segunda rodeado de una familia, que incluía gatos y perros, animales que nunca faltaron en número considerable en Can Franquesa.

Armas de Franquesa : ¡Libertad!
Solíamos enterrar a los animales que morían en casa en un hermoso rincón del jardín, que la familia llamaba “el cementerio de los animales”. En los últimos años de su vida, a mi padre le encantaba escandalizar a lo que él llamaba “els carcas”, diciendo que quería que sus cenizas fueran enterradas junto a sus animales. Así se hizo. Y cuando diez años más tarde le tocó el turno a nuestra madre, ella tuvo el mismo deseo. Y así se volvió a hacer...
Thomas
Por Manuel Franquesa i Lluelles
Traducido del francés por su hijo, Manuel Franquesa i Voneschen
© 2004 Manuel Franquesa Voneschen, 08860 Castelldefels (Spain)
La familia de Thomas
Thomas era el último retoño de una vieja familia provinciana, establecida durante siglos en una pequeña ciudad , que todavía conservaba un espíritu medieval. A partir del Siglo XV, en todas las generaciones de esta familia hubo hombres de leyes. El más antiguo que se encuentra en los archivos se llamaba Joan, que fue notario real en el año 1456.
El abuelo de Thomas se dedicó a la jurisprudencia y durante trece años fue alcalde de la ciudad natal de Thomas. Joan, el padre de Thomas, también fue abogado. Se casó a la edad de dieciocho años con una muchacha, Ana, de la que estaba muy enamorado. Con veintiún años publicó un libro sobre la historia de su ciudad natal, obra* que aún hoy goza de gran reputación. También escribió algunas obras teatrales, que fueron representadas en el teatro de la villa.
*) "Anales de Cervera", Joan Franquesa i Gassol, 18??)
Más tarde fundó un pequeño banco local, del cual fue accionista, director y cajero en una persona, con un joven como único empleado.
Fue un apasionado coleccionista. Además de sellos y monedas, coleccionaba sellos antiguos, viejos grabados sobre madera y otros objetos que no recuerdo. También fue un apasionado del bricolaje y lo que más le gustaba era hacer trabajos con la madera.
Un día se le presentó la ocasión de comprar una vieja prensa, que utilizaba para imprimir grabados con las planchas de madera que coleccionaba. Entonces le vino la idea de abrir una imprenta, pues en la ciudad no existía ninguna. Esta imprenta todavía existe y se encuentra al lado de una papelería de arquitectura modernista.
También fundó una revista local, de la que era editor, redactor, tipógrafo y distribuidor.
Murió a los 45 años de edad.
Su matrimonio pasó por crisis dramáticas. Las bellas muchachas gustaban demasiado al padre de Thomas. Y Joan era un hombre de recursos. Hizo construir un minúsculo pabellón en una pequeña propiedad, donde iba de vez se “retiraba” para, como solía decir, “poder escribir mejor”.
Por el otro, estas cosas era muy habituales en un pueblo como el suyo. Pero su mujer se enteró de las infidelidades de su marido, y a los cuatro o cinco años de matrimonio la paz y armonía conyugales se hicieron añicos. Ana, de naturaleza extremadamente sensible y delicada, sufría en silencio. Ella, que tanto había amado la vida mundana, los bailes, el teatro, las pequeñas recepciones en su casa, durante las cuales cantaba y tocaba alegres melodías en el piano, instrumento que dominaba bastante bien, se convirtió poco a poco en una mujer introvertida y melancólica, que acabó refugiándose en un pietismo exclusivo, buscando en la persona de Jesús la fidelidad y la ternura que su marida ya no le podía dar. En alguna ocasión tuvo la intención de pedir la separación, pero temía el escándalo y la miseria que ello podría acarrear a sus hijos que tanto amaba.
El
padre de Thomas no era nada religioso. En su país, el catolicismo reinaba
como un
amos absoluto. No había otra elección. Un protestante, por más
piadoso que fuera, era considerado más peligroso y despreciable que
un mal católico, que por cierto abundaban. Joan no podía entender
cómo un hombre inteligente podía ser católico. Prácticamente
era un pagano, honesto pero cínico, que no perdía el tiempo,
como él mismo decía, en “comerse el coco con cosas absurdas”.
Thomas amaba a su madre con ternura, y sentía una gran admiración por su padre. Nunca fue muy sensible a las consideraciones piadosas de su madre y aún menos a las enseñanzas religiosas de sus profesores, que eran casi todos sacerdotes.
La adolescencia de Thomas
El padre de Thomas murió cuando éste contaba apenas diez años de edad. Su madre, que asumió la gerencia de la imprenta y de la papelería, que por fortuna su marido había montado como una especie de hobby y que ahora se había convertido en la única fuente de ingresos importante, apenas tenía tiempo de educar a Thomas, que en muchos aspectos era un niño muy precoz. Un día descubrió que Thomas a menudo sustraía algunas monedas de la caja de la tienda e incluso del armario de la casa, donde había descubierto que su madre guardaba el dinero bajo llave. Thomas consiguió hacer una copia de la llave. Aunque se trataba de cantidades modestas, ella estaba asustada. Un día cogió a su hijo a un lado y con los ojos llenos de lágrimas de dijo lo preocupada que estaba: “Si tu empiezas a robar a tan temprana edad y aunque sea a tu madre, un día acabarás en la cárcel, para el sufrimiento y pena de tu madre”. Thomas, que amaba mucho a su madre y que no soportaba verla llorar, prometió solemnemente no volver a hacer una cosa así. Sin embargo, escenas como ésta se volvieron a repetir en otras ocasionas, como por ejemplo el día que ella se enteró de que Thomas había apostado dinero en un café de mala reputación, en el que los hombres apostaban a cargo del presupuesto familiar.
Thomas era un joven pubertario muy precoz. No hubiera podido precisar a qué edad empezó a sentirse atraído por el sexo opuesto, pero se acordaba que a una edad muy tierna se sentía muy emocionado ante la presencia de una joven. A los doce años, jugando al escondite con los niños del barrio en las amplias bodegas y establos de su casa natal, Thomas se las apañaba para encontrarse a solas con una niña de su edad, a la que desnudaba con una euforia llena de sensualidad y que contemplaba y acariciaba con una especie de éxtasis infantil sin remordimientos y con una profunda alegría infantil.
Sin embargo, e esta edad ya no tenía la despreocupación normal de un niño de 12 años. Había niñas con las que jamás hubiera osado hacer estas cosas, ya fuera por falta de coraje o porque simplemente le dejaban insensible. En la casa a veces recibían la visita de una familia amiga que tenía un hijo de la misma edad, con el que Thomas jugaba a menudo, y una hija algo mayor que su hermano. Ella le parecía un ser sobrenatural, con sus largos cabellos sedosos y sus grandes ojos negros y una piel de un blanco resplandeciente. Ante ella Thomas se sentía tímido y sin palabras. Su mayor felicidad era tocarle la mano durante el saludo y la despedida y de rozar su cabello cuando podía acercarse a ella “por casualidad”. Él estaba seguro de que ella ni siquiera se daba cuenta.
Con su hermano y otro muchacho a menudo hacían escapadas al pequeño arroyo que transcurría a un kilómetro del pueblo. Fue durante una de estas excursiones fortuitas, cuando se estaban bañando completamente desnudos, que Thomas hizo conocimiento de esos pequeños vicios carnales de los muchachos. Su amigo se masturbaba, demostrando de este modo que ya era un “hombre”. Thomas, sin estar para nada escandalizado, pensaba que esto era algo perfectamente idiota, de modo que pasó mucho tiempo antes de que probara de imitar a su amigo.
El pensionado (El Collell)
Cuando
la madre de Thomas tuvo la impresión de que su hijo (el último)
estaba en peligro de volverse como su amiguito, que murió a los veinticinco
años después de una juventud desbordada, se asustó. Se
sentía incapaz de mantener a su hijo bajo control, de modo que decidió
ingresarlo en un pensionado bastante alejado de la civilización y dirigido
por sacerdotes seculares que gozaban de muy buena reputación. Thomas
aceptó de buen grado la proposición de su madre, que lo convenció
de que ella no podía ocuparse lo suficientemente de él porque
desde la muerte de su padre se tenía que dedicar plenamente a la imprenta
y muy especialmente a la papelería. La idea de hacer un largo viaje
y ver un poco de mundo (!) entusiasmó a Thomas. Tenía once años.
Cuando llegó el día, su madre lo acompañó hasta
el pensionado. El equipaje de Thomas consistía en un gran baúl
recubierto de cuero y decorado con pequeños clavos dorados, que se
cerraba con una llave y que contenía todas sus prendas. Toda la ropa
iba marcada por un número (65), que le había sido asignado después
de la matriculación. Al día siguiente, la madre emprendió
el viaje de vuelta, dejando a Thomas llena de confianza en un colegio que
le parecía ofrecer todas las garantías. El pensionado estaba
situado en un valle muy amplio, rodeado por altas montañas y frondosos
bosques, con un torrente que serpenteaba al fondo de la cuenca. El pueblo
más cercano se encontraba a más de dos kilómetros.
Durante los primeros días, Thomas se sentía algo solo y lloró un poco, pero muy pronto se acostumbró a la vida regular del colegio y a sus nuevos amigos. Se le asignó una pequeña habitación individual, con una pequeña ventana que daba a un patio interior, con la promesa de ofrecerle, si se portaba bien, una habitación más bonita al año siguiente. Todo el personal era eclesiástico. El pensionado era propiedad del Obispado. El director, el prefecto de los estudiantes, el administrador y los profesores eran sacerdotes. Los vigilantes de los sectores donde estaban alojados los internos eran seminaristas a punto de terminar sus estudios y que ya llevaban sotana. Los servicios corrían a cargo de seminaristas de posición social modesta, que pagaban su estancia y sus estudios mediante este trabajo. Entre los 180 alumnos de pago sólo había uno que hacía sus estudios como seminarista. Los internos estaban divididos entre estudiantes de bachillerato y de comercio. Los más jóvenes, que aún hacían estudios primarios, no tenían contacto alguno con el resto, a excepción de los actos religiosos en la capilla.
Los
profesores eran bastante buenos. Curiosamente no se impartían clases
de religión, pero a cambio era obligatorio asistir tres veces al día
a los actos religiosos en la capilla.
Por la mañana misa, en la que siempre comulgaban algunos alumnos, aunque
no muchos. Antes del almuerzo se volvía a la capilla para la llamada
“Visita del Santo Sacramento”. Esto no duraba más de cinco minutos.
Antes de la cena se iba a la capilla para rezar y después de cenar
se concedía un recreo de media hora para volver de nuevo al templo
a hacer un “examen de conciencia, que consistía en pasar revista a
todos los pecados y “pecadillos” que un niño es capaz de cometer. Había
una pregunta que a Tomás le parecía especialmente chocante:
“¿Te has tocado, solo o en presencia de otros?”. Thomas no tardaría
mucho en realizar plenamente el sentido de esta pregunta insidiosa.
Un día, uno de los profesores del pensionado (un joven sacerdote) invita a Thomas a hacerle una visita en su aposento, que era muy amplio y tenía un balcón abierto con vistas a una montaña. Otros alumnos también habían sido invitados. Thomas se dio cuenta que sólo él era nuevo, ya que los otros se movían por la habitación con la familiaridad del que está habituado. El sacerdote colma a Thomas con todo tipo de amabilidades y atenciones. De pronto, cuando los demás muchachos están ocupados contemplando una colección del joven profesor, éste aparta a Thomas del grupo, se abre la parte superior de la sotana y cogiendo la mano del muchacho la pone sobre su pecho, rogando ansiosamente que le acaricie los pezones. Cuando Thomas obedece, siente que el joven sacerdote se estremece casi imperceptiblemente y piensa que se trata de un juego algo estúpido, sin caer en la cuenta que hay una relación entre ambas cosas. Otro día que es invitado a una pequeña reunión del mismo tipo, el sacerdote le acaricia los brazos, las rodillas y los muslos hasta la altura que sus manos pueden alcanzar. A Thomas se le abren los ojos, pero no tiene el valor de detener estas caricias para él desagradables. Decide no volver a aceptar ninguna invitación del profesor.
Durante un tiempo el profesor le deja tranquilo, pero un día de vacaciones de pascua - se les dejaba dormir un poco más por las mañanas – se presenta muy temprano en la habitación de Thomas, que todavía estaba acostado, y le dice que lo quiere mucho y que le gustaría verlo completamente desnudo. Muy cortado, Thomas se niega. Entonces el sacerdote intenta introducir su mano por debajo de las sábanas. De pronto, Thomas se pone furioso y le grita al cura: “¡Pero qué esta usted haciendo. Salga inmediatamente de mi habitación o pediré auxilio!”. El sacerdote se queda atónito y desiste. Se pone a llorar y pide perdón a Thomas. Después sale de la habitación y nunca más intentará acercarse a Thomas. Las “amistades especiales” siempre florecen en un pensionado, al igual que en los conventos.
La diferencia es que mientras en el convento se las considera muy peligrosas e incompatibles con la vida religiosa, en los pensionados no inquietan hasta que degeneran en acciones reprobables y escandalosas. También Thomas tuvo algunos amigos que amaba con ternura. Le gustaba estar junto a ellos, se besaban en la boca, se escribían pequeñas cartas de amor o se hacían mutuamente pequeños regalos. Era, por decirlo de algún modo, un ensayo inconsciente del verdadero amor entre los sexos, pero sin sexo. Habían celos cuando el amigo amado frecuentaba otros niños de una manera demasiado íntima y se sufría por la ausencia del bien amado. Es natural que estas cosas ocurrieran en un pensionado. En casa, durante las vacaciones, uno apenas pensaba en el amigo tan querido cuando se juntaba con los viejos amigos y, sobre todo, con las pequeñas amiguitas, que ocupaban mucho más la mente del joven enamorado en estado embrional. Años más tarde, cuando Thomas reflexionaba sobre este periodo de su vida, casi le parecía extraño que aquellas tiernas amistades nunca degeneraran en tocamientos impúdicos o en actos de sexualidad precoces, aunque pasados muchos años, algunos amigos que se habían quedado en el pensionado después de Thomas le confesaron que hubieron algunos escándalos que obligaron al director del centro a expulsar a dos o tres alumnos, que habían ido demasiado lejos (o demasiado abajo).
Los estudiantes de bachillerato estaban divididos en dos grandes grupos, cada uno de los cuales abarcaba tres cursos. Cada grupo tenía un celador, que presidía la gran sala llena de mesas o pupitres, donde los estudiantes guardaban sus libros y cuadernos y trabajaban durante las horas destinadas al estudio. Las habitaciones sólo se utilizaban como dormitorios.
La cosa más detestable en el pensionado era la delación. Cuando un alumno delataba a un compañero al prefecto o al celador, los demás le condenaban a la “excomunión”. Nadie hablaba con el delator y se le excluía de los juegos. Tampoco se le saludaba. Esto ocurrió una sola vez con un alumno durante los cuatro años que Thomas estuvo en el pensionado. Pero una día, uno de los nuevos celadores, sospechoso de haber denunciado a los alumnos al prefecto cuando se sentía impotente – cosa que ocurría a menudo a causa de su debilidad de carácter – también fue condenado a la “excomunión”. No siendo posible aplicar el “castigo” con toda la severidad necesaria, la crueldad infantil inventó un nuevo método: durante las horas dedicadas al estudio en la sala controlada por el celador en cuestión, todos os niños se ponían a murmurar al mismo tiempo mientras hacían ver que estaban trabajando. Cuando el celador se levantaba de su silla para averiguar de donde venía el murmullo, los alumnos que se encontraban cerca de él se callaban, pero los demás continuaban. Si el prefecto se presentaba de improviso, todo el mundo callaba como un solo hombre. Al cabo de un mes, el celador sucumbió ante tan sofisticada tortura: se fue para no volver. Decían que pasó algún tiempo en un sanatorio mental.
Thomas había encontrado un método bastante simple para abrir la puerta de su célula desde el interior. Una vez libre, abría las puertas de sus amigos y todos se reunían en la habitación de uno de ellos para celebrar pequeños bacanales con licores y tabaco que habían comprado en el pueblo - a media hora de marcha – en los largos recreos dedicados a pasear por las praderas durante toda la tarde.
Thomas no tenía problemas con los estudios. A menudo era el primero de la clase. Trabajaba concienzudamente y aprendía con facilidad.
La conversión
Thomas
no era un niño piadoso. Realizaba sus actos piadosos maquinalmente,
como todos los demás. Incluso se burlaba, junto con sus compañeros,
del fervor religioso de algún alumno ejemplar. Sabía ayudar
en la misa un poco, como la mayoría de sus compañeros, pero
lo hacía con rutina, sin prestar demasiada atención a los que
hacía.
Nunca había tenido una educación religiosa muy sólida
y, sobre todo, temprana. Su padre no había sido un ejemplo de hombre
ocupado con o preocupado por las cuestiones religiosas y su madre, extremadamente
devota a causa de las decepciones matrimoniales, tampoco tenía una
formación religiosa muy sólida. Ella enviaba a Thomas a las
clases de catecismo todos los domingos, donde los niños tenían
que oír, sin prestar demasiada atención, infinidad de explicaciones
de cosas que no comprendían y que no les impresionaban para nada. Los
domingos a menudo se saltaba la misa. Para saber si había ido a misa,
su madre le interrogaba sobre el color de los hábitos del sacerdote,
pero Thomas era lo suficientemente malicioso para saber que bastaba preguntar
a uno de sus amigos que nunca faltaba a misa.
En
el pensionado, Thomas nunca se preocupó por las cosas de la religión
... hasta el día en que cayó entre sus manos un libro piadoso
que encendió la llama. Era una obra de un jesuita del Siglo XIII (?)
titulada “Diferencia entre las cosas temporales y eternas”.
Thomas era, por expresarlo así, tierra virgen. La veneración
germinó en él con una fuerza enorme. Thomas descubre un mundo
maravilloso que le invade lentamente. Tiene dieciséis años y
es, además de sentimental, muy impresionable. Cuando acaba de leer
la obra decide abandonar las cosas temporales para buscar las eternas. Comprende
que todas las cosas de este mundo son efímeras y falsas, y que sólo
la vida espiritual merece el nombre de vida. Comprende la sublimación
de la santidad y de la virtud practicada hasta el heroísmo. Decide
seguir la vocación religiosa, haciendo caso omiso de las objeciones
de su propio corazón. Su director espiritual, que Thomas se había
buscado y en el que confiaba plenamente –como aconsejaba el libro providencial
que Dios había depositado en sus manos- le decía que esto era
lo que Dios esperaba de él. Si no seguía a esa voz divina tan
clara, se arriesgaría a perder su alma por toda la eternidad... que
Dios no quiere que todo el mundo emprenda este camino de la perfección,
pero que cuando llama a alguien, el camino indicado es el único capaz
de salvar su alma. Thomas decide seguir el llamamiento de Dios lleno de entusiasmo
y de fervor religioso. No sólo aspiraba a salvar su alma, sino que
deseaba alcanzar un alto ideal: quería sacrificarse, hacer penitencia
por sus pecados y por los pecados de los demás, practicar la austeridad
y mortificarse, orar, llevar una vida llena de renuncias y negarse a sí
mismo.
Thomas
piensa en un principio en ingresar en el orden de los Cartujos, el más
austero que conocía y se regocija con el pensamiento de anunciar la
grande nueva a su madre. Sabía que ella sería inmensamente feliz
de ver a su hijo –el único que le quedaba- consagrado a Dios para el
resto de su vida. Thomas le escribe una larga carta, comunicándole
su reciente vocación y conversión. La madre va inmediatamente
a verle en el pensionado. Estaba verdaderamente feliz. “Pero hijo mío,
te suplico que cambies de parecer. Por el amor de Dios, no te vayas a un monasterio
cartujo. Allí la vida es demasiado dura para tu tierna edad y piensa
que no podré verte nunca más. Será terrible para mí.
Recuerda que eres lo único que me queda. Soy feliz sabiéndote
consagrado a Dios, pero yo también deseo tenerte un poco, poder visitarte,
escribirte, sentirte un poco cerca de mí”...
Thomas consulta a uno de sus antiguos profesores, un sacerdote que conocía
desde su infancia. Éste intenta primero disuadirlo de su idea de entrar
en un orden. Conocía el temperamento de fogoso e impresionable de Thomas.
No confiaba plenamente en la solidez de las decisiones de Thomas. Sabía
de su sensibilidad y algo de su familia, donde los hombres siempre fueron
muy sensibles hacia los encantos sensibles y poco fieles dentro de sus vidas
conyugales.
Ante la obstinación de Thomas, que por nada del mundo quería
renunciar a su proyecto, el sacerdote intenta convencerlo de que aplace su
decisión un año para visitar un curso en la universidad, asegurándole
que esto no sería una pérdida tiempo, pues estos estudios siempre
le serían útiles en su nueva vida, pero Thomas se niega a seguir
el consejo. No quería perder tiempo haciendo unos estudios sobre las
cosas de este mundo.
El buen padre, viendo la inutilidad de sus esfuerzos, renuncia a convencerlo. Sin embargo, recomienda a Thomas de ingresar en un orden donde los estudios ocuparan un sitio de honor y no en los Cartujos, donde la vida era tan inhumanamente dura y tan poco apropiada para un joven como él.
Anexo: Cartas de Thomas a un amigo
Primera carta
Montserrat, 15 de octubre de 1923
Mi
querido amigo: hace tres días que estoy en Montserrat. Supongo que
sabías que tomaría esta decisión después de esas
largas conversaciones que mantuvimos en el pensionado. No te abrí mi
corazón del todo porque temía un poco que intentarías
hacerme desistir de mi proyecto, que he estado madurando durante más
de un año. Tu que me conoces tan bien, sabes perfectamente que soy
muy débil en los asuntos del corazón. He reflexionado mucho
durante este último año de bachillerato y he rezado incesantemente
para hallar una luz que me iluminara. Mi confesor estaba seguro de mí
y de mi vocación y yo he seguido su consejo de ingresar en Montserrat,
donde estoy seguro de que podré consagrarme plenamente a mi santificación
y a los estudios, que como bien sabes me apasionan. Nuestro profesor de francés,
el Padre B., que dice conocerme muy bien, ha intentado de hacerme cambiar
de parecer, diciéndome que tengo un temperamento muy impulsivo y demasiado
accesible al entusiasmo. Me aconsejó de ir un año a la universidad
antes de tomar una decisión. Seguramente se hacía la ilusión
de que después de un año yo cambiaría de idea. Yo le
respondí que mi decisión era irrevocable y que jamás
sería infiel a mi vocación. Soy feliz de haber seguido fielmente
la voz de Dios, que me quiere aquí y aquí me quedaré
hasta mi muerte.
He pasado las vacaciones lejos de mi pueblo. He visitado a algunos amigos
del pensionado, he ido a algunos lugares de nuestra Catalunya que quizás
nunca más tendré ocasión de visitar –porque quiero renunciar
a este mundo-, he hecho un peregrinaje a Lourdes, que por cierto me ha decepcionado
profundamente, en todos los aspectos. En una palabra, he dicho un pequeño
adiós al mundo. Y, por fin, he emprendido el viaje a Montserrat. Solo,
porque tenía miedo de una despedida demasiado sentimental de mi madre,
que está muy orgullosa de tener un hijo consagrado a Dios, pero que
al mismo tiempo me quiere demasiado para poder separarse de mí sin
lágrimas en los ojos.
Mientras el pequeño tren se acercaba al valle donde se encuentra el
monasterio, me invadió una alegría indescriptible, que no obstante
no pudo reprimir un profundo sentimiento de melancolía, que yo intentaba
echar lejos de mí, pero que seguía latiendo en el fondo de mi
corazón. Ya lo ves, el espíritu estaba fortalecido, pero la
carne era débil.
En el convento fui recibido por el abad en persona, que me acompañó
y me presentó al prefecto de los postulantes, un monje bastante joven
y muy amable. Se me asignó una pequeña celda, desde donde te
estoy escribiendo estas líneas. Es muy pequeña, pero es “una
celda”, al fin y al cabo, donde tendré que comenzar con mi búsqueda
de Dios. Hay una pequeña cama de hierro sin somier. En lugar de un
colchón hay una especie de saco lleno de paja de maíz. No es
muy confortable, pero no es eso lo que uno viene a buscar aquí, sino
todo lo contrario. Tengo una pequeña mesa con una silla y un pequeño
mueble de hierro con un gran cuenco y un jarrón de agua para lavarme.
Thomas
Segunda carta
Montserrat, 30 de noviembre de 1924
Querido
amigo: Hace más de un año que no te escribo. Sabes, aquí
no pasa nada especial que merezca ser contado.
Durante los primeros días sentí un poco de nostalgia de las
personas amadas que he abandonado: primero de mi madre, que como tu sabes
amo con ternura. Una vez incluso tu llegaste a estar celoso de ella (¿recuerdas?)...
Y también de algunos amigos, entre los que te encuentras tu. Pero creo
que ahora ya lo he superado. En cuanto a mi madre, pienso en la inmensa alegría
que siente al ver a su hijo consagrado a Dios. Esto la debe consolar, pero
también pienso en la soledad que ahora la debe acompañar. Pero
ella tiene mucha fe y halla consolación en la religión. En cuanto
a los amigos, pienso que los avatares de la vida de todas formas nos habrían
separado. Yo siempre seré un amigo fiel que os amará en Dios.
Poco después de escribirte mi primera carta me pusieron los hábitos
de postulante en una pequeña ceremonia que tuvo lugar en la capilla,
mientras orábamos en presencia de otros postulantes. Se parece mucho
al hábito de los religiosos, pero es un poco más simple. Estuve
orgullosa de verme vestido así. Tenía la impresión de
llevar el uniforme de un oficial: es que ahora soy un soldado del Cristo.
Precisamente esto es lo que me dijo el prefecto de los postulantes después
de haberme vestido con estos hábitos. Pensé que era una idea
maravillosa.
Hay muchos postulantes muy jóvenes (12 años) y los que tienen
más o menos mi edad ya llevan varios años aquí. Piensa
que con mis diecisiete años me siento un poco como un veterano. Parece
ser que hay muy pocos que ingresan en el monasterio después de haber
acabado el bachillerato. Pienso que son un poco jóvenes para saber
lo que quieren ser, pero me han dicho que Dios hace su llamada cuando quiere
y que Él no sigue los mismos criterios que los humanos.
Mis compañeros hacen unos estudios similares a los que se hacen en
el instituto, pero como yo ya los he terminado me dedico exclusivamente a
estudiar (o mejor dicho perfeccionar) el latín y el griego.
Aquí tenemos que pedir permiso para escribir cartas y solamente las
recibimos abiertas. Prometiendo escribirte de vez en cuando y cuando me lo
permitan, te digo adiós en la esperanza de que algún día
me vendrás a visitar.
Thomas
Prólogo del editor de la novela "LES SENTIERS OBLIQUES" (1972)
Es la historia de un monje, que en un país latino de nuestro siglo vive una experiencia medieval. Thomas no duda del camino. Se somete a una regla despiadada. Reza. Lee mucho, demasiado. No puede dejar de observar.
Esta comunidad entregada a Dios vive al ritmo sagrado de sus ritos, se flagela para avivar su fe, destruye las ternuras (las peligrosas, que nacen entre los hombres, incluso el cariño por una tórtola, por un gatito). Thomas, diecisiete años, anda y resbala por el camino.
Thomas existe. Michel Goeldlin, durante tres meses, lo ha interrogado. Ha revivido con él la vida en un célebre monasterio y, minuciosamente, con una precisión llena de pudor, ha descrito el drama de un pueblo, el drama de un hombre luchando hasta la depresión en el silencio de su célula entre sus aspiraciones íntimas y los rigores terribles del orden.
Pero,
de pronto, el siglo irrumpe estrepitosamente en su vida (...). ¡La guerra!
Los monjes se visten con ropa civil, se mezclan entre las masas de laicos
e intentan salvar la piel y la fe.
De pronto irrumpen en su vida una sociedad sin ritos, los alimentos, los viajes, la violencia, la dulzura, las mujeres. El libro acompaña a Thomas en este terreno descubierto, en el que la vida recta desaparece bajo los arbustos y las flores. Donde se abren, quizás atrayentes, peligrosos, necesarios, los senderos oblicuos (...)
Bertil Galland
(Traducido del francés por Manuel Franquesa Voneschen)
La novela termina con el siguiente epílogo:
“Thomas
sana.
Vuelve con los suyos.
Para Thomas, la iglesia ha dejado de existir”

Thomas : Manuel Franquesa i Lluelles ("Pare Basili", Davos 1942)
ENTRENYOR
(cant espiritual)
Tu no tens nom, Senyor, p’rò et diem déu
ignot,
incognoscible, inefable.
No ets com Iahuè ni com els déus de Grecia
que tenien
un nom forjat de lletres
com els homes, les coses o el meu gos,
mesquins, rancuniosos, rampelluts,
que tenien narius que s’eixamplaven
a les olors del greix del holocaustes,
que jugaven amb vents i amb els destins
que creaven un món (que ja existia,
perquè és tan vell com Tu i sempitern,
perquè és Tu mateix, i no n’hi ha d’altre).
Perdona
la protèrvia inflada
de l’home, que vol escondrinyar-Te
i vol saber què penses i què dius
o et té a la boca toixa per negar-Te.
Jo crec
només en Tu i sé que no erro,
i no sé res de Tu, pero T’estimo,
i sé que ets, Senyor, perquè jo Et sento
i sento fam de Tu i m’entrenyoro.
Als uns els fas el do de l’harmonia,
a d’altres dónes ulls per veure el Bell ...
a mi em deixas sentir-Te, i ja en tinc prou.
Tu ets
la mar ampla i fonsa, sempiterna,
jo, un escatxic que surt de Tu,
que mentre es mou i alena a aquesta terra
deleja i doloreja fins que torna
a fondre’s dins de Tu.
Sóc una gota d’un torrent que cerca
morir dintre de Tu
i trobar pau dintre ta pau eterna
sens ni saber que sóc un tros de Tu.
Sóc un infant que Et cerca i no Et retroba
en aquest món tan ple de llum,
perquè la llum m’encega i m’enlluerna...
Ja sé que un dia Et trobaré, sens falla,
el jorn que tornaré a la teva erma
tancant els ulls en la foscor.
Perquè Tu T’embolcalles de tenebres
i no Et fas trobadis més que en la fosca
i en el silenci de la nit eterna...
I mentrestant em deixes sense Tu!
Tota la
vida T’he cercat, a palpes
i he famejat de Tu,
p’rò m’han pascut amb faules i amb quimeres
i m’han
contat insensateses teves
tot prenent saber-ne molt, de Tu...
P’rò és d’un altre, que saben com se diu
i, cada hora, ells saben el que pensa
i el que vol avui i el que voldrà,
i diuen que ell els ha dit tot el que ells diuen
i diuen que ell els ha dat les claus i tot...
Tu no
tens portes, ni parets, ni tanques,
Tu no tens fills ni mare ni parents,
Tu ets el gran Solitari, Tu ho ets tot
i tot és Tu, i tot retorna a Tu,
i tota vida i tota mort és teva
i no hi ha mort ni vida sense Tu.
I tota vida gemega d’enyorança
fins que retorna a Tu.
Tu ets
mon pare, ma mare i mon germà,
Tu ets la sang meva, el cor i el meu destí,
Tu ets la llumeta que crema dins de mi,
Tu ets el meu tot i el tot de tota cosa,
la pregonesa de mon ésser, Tu.
Mon cor, que ho sent, deleja nit i dia
i no troba repòs fora de Tu.
I ara
que els anys em fugen i s’escolen
i el torrent d’on soc gota ja s’atansa
a les ribes que són Tu
sento més fam de Tu que mai fins ara
i tinc pau, perquè em semble que entrelluco,
amb els ulls lloscos que m’has dat aquí
allò que Tu no ets, oh Inconegut!
Manuel Franquesa i Lluelles
Terrassa, octubre de 1967
AÑORANZA
(canto espiritual)
Tu no
tienes nombre, Señor, pero te llamamos Dios
ignoto, misterioso, inefable.
No eres como Yahvé ni como los dioses de Grecia
que tenían un nombre forjado de letras
como los hombres, las cosas o mi perro,
mezquinos, rencorosos, antojadizos,
que tenían narices que se ensanchaban
con los olores de la grasa de los holocaustos,
que jugaban con vientos y con los destinos
que creaban un mundo (que ya existía,
porque es tan viejo como Tu y sempiterno,
porque es Tu mismo, y no hay otro).
Perdona
la obstinación inflada
del hombre, que quiere escudriñarte
y quiere saber lo que piensas y dices
o te tiene en la tosca boca para negarte.
Yo sólo
creo en Ti y sé que no yerro,
y no sé nada de Ti, pero te amo,
y sé que eres, Señor, porque yo Te siento
y siento hambre de Ti y me acongoja.
A unos les das el don de la armonía,
a otros les das ojos para ver lo Bello...
a mi me dejas sentirte, y ya tengo bastante.
Tu eres
la mar amplia y profunda, sempiterna,
yo, una hoja que sale de Ti,
que mientras se mueve y alienta esta tierra
anhela y sufre hasta que vuelve
a fundirse dentro de Ti.
Soy una gota de un torrente que busca
morir dentro de Ti
y encontrar paz dentro de tu paz eterna
sin siquiera saber que soy un trozo de Ti.
Soy un niño que Te busca y no Te encuentra
en este mundo lleno de luz,
porque la luz me ciega y me deslumbra...
Ya sé que un día Te encontraré, sin falta,
el día que vuelva a tu soledad
cerrando los ojos en la oscuridad.
Porque Tu te envuelves de tinieblas
y no Te haces visible más que en la oscuridad
y en el silencio de la noche eterna...
¡Y mientras tanto me dejas sin Ti!
Toda la
vida Te he buscado, a tientas
y he tenido hambre de Ti,
pero me han engañado con fábulas y con quimeras
y me han contado insensateces tuyas
pretendiendo saber mucho, de Ti...
Pero es de otro, que saben como se llama
y, cada hora, ellos saben lo que piensa
y lo que quiere hoy y lo que querrá,
y dicen que él les ha dicho todo lo que ellos dicen
y dicen que él les ha dado las llaves y todo...
Tu no
tienes puertas, ni paredes, ni vallas,
Tu no tienes hijos, ni madre ni parientes,
Tu eres el gran Solitario, Tu lo eres todo
y todo es Tu, y todo retorna a Ti,
y toda vida y toda muerte es tuya
y no hay muerte ni vida sin Ti.
Y toda vida se lamenta de añoranza
hasta que vuelve a Ti.
Tu eres
mi padre, mi madre y mi hermano,
Tu eres la sangre mía, el corazón y mi destino,
Tu eres la pequeña luz que arde dentro de mí,
Tu eres mi todo y el todo de toda cosa,
la profundidad de mi ser, Tu.
Mi corazón, que lo siente, anhela noche y día
y no encuentra reposo fuera de Ti.
Y ahora
que los años se fugan y se vacían
y el torrente del que soy gota ya se acerca
a las riberas que son Tu
siento más hambre de Ti que nunca
y tengo paz, porque me parece que entreveo,
con los ojos cegados que me has dado aquí
aquello que Tu no eres, oh Desconocido!
Manuel Franquesa i Lluelles
Terrassa, octubre de 1967
Traducido del catalán -sin pretensiones literarias- por su hijo Manuel Franquesa i Voneschen el 7 de octubre de 2004
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